Bajo la lluvia del dolor Capítulo 22
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Capítulo 22

Hubo un tiempo en el que la vida se redujo a lo esencial.

Tan esencial que dolía.

En Murcia, los días empezaron a medirse en monedas, en comidas improvisadas, en decisiones imposibles.

Apenas teníamos para comer.

No había margen.

No había despensa.

No había reservas.

Cada cosa era un lujo y todo parecía un exceso.

Había días en los que no había pan.

Otros en los que no había leche.

Ni siquiera unas tristes galletas para engañar el hambre.

Aprendí a estirar lo poco que tenía como nunca. A racionar, a inventar comidas con casi nada, a beber agua para llenar el estómago.

Begoña era siempre la prioridad.

Si había algo, era para ella.

Yo comía después.

O no comía.

No me quejaba.

No podía permitírmelo.

La pobreza no era solo material.

Era mental.

Era vivir con el miedo constante de que cualquier imprevisto lo derrumbara todo.

Una enfermedad.

Un recibo inesperado.

Un día sin trabajo.

Todo parecía una amenaza.

La peluquería empezó a convertirse en un salvavidas.

Mi jefa, viendo mi situación, me amplió las horas poco a poco.

No me hizo promesas grandilocuentes, de hecho, ni siquiera estaba asegurada.

Me dio algo mejor: continuidad.

Más horas significaban más dinero, aunque siguiera siendo poco.

Una compañera fue clave.

Un día, mientras barríamos juntas al cerrar, me habló de una empresa de limpieza que buscaba gente para limpiar comunidades.

No era un trabajo bonito, ni cómodo, ni bien pagado. Pero era trabajo.

Y yo ya no soñaba con más que eso.

Gracias a contactos —siempre contactos, siempre favores — me ofrecieron algunas horas.

Madrugones.

Escaleras.

Cubos de agua.

Suelos ajenos.

Yo acepté sin dudar.

Cada comunidad limpiada era una noche más de comida.

También apareció una solución para Begoña.

A través de esos mismos contactos, conseguí acceso a un colegio subvencionado para madres trabajadoras.

No era perfecto, pero era seguro, estaba cerca de la pensión.

Y me permitía trabajar.

Dejar a mi hija allí cada mañana me rompía un poco por dentro, pero también me daba la posibilidad de seguir adelante.

Empecé a vivir agotada.

Limpiaba comunidades desde las cinco de la mañana.

Dejaba la niña dormida en la pensión, aunque no estaba del todo sola. La dueña era una buena mujer y sabía de nuestra situación.

Salía a las nueve y media, recogía a la niña y la llevaba al colegio.

Trabajaba en la peluquería de diez y media de la mañana a cinco de la tarde. Cuando salía, me iba a recoger a la niña al colegio.

Corría de un sitio a otro con el reloj clavado en el pecho.

Pero avanzaba.

El pasado, sin embargo, no se quedaba quieto.

Había noches en las que me despertaba sobresaltada, con el corazón acelerado, convencida de haber oído su voz.

El miedo seguía viviendo en mí, aunque ya no estuviera allí. Me perseguía en forma de recuerdos, de pensamientos intrusivos, de una culpa que no siempre sabía explicar.

Un día, supe que Pedro había intentado localizarme.

No fue directamente.

No se atrevió.

Me llegó la noticia a través de las únicas personas con las que aún mantenía contacto: mi hermana Irene y la vecina.

Había preguntado.

Había insinuado.

Había querido saber dónde estaba.

Cuando lo supe, el cuerpo me reaccionó antes que la cabeza.

Sudor frío.

Temblores.

Un miedo antiguo que regresaba sin avisar.

Pensé que podía aparecer en cualquier momento.

Que podía encontrarme.

Que todo podía volver a empezar.

Pero no pasó.

El intento fue fallido.

No tenía mi dirección.

No tenía acceso a mi nueva vida.

Aun así, el miedo se quedó unos días conmigo, recordándome que el pasado no desaparece porque una cambie de ciudad.

Hay que aprender a convivir con él sin dejar que mande.

Mi familia, mientras tanto, estaba lejos.

Mis padres habían empezado una nueva vida en el extranjero, ajenos a todo aquello.

No sabían nada.

O no querían saberlo.

Mi hermana Ana estaba con ellos, Ana era la eterna soltera, a la que no le gustaban las fiestas, no le apetecía salir con chicos. Era la típica chica que no tenía amigos y que, ya desde pequeña, se intuía que iba a quedarse siempre con mis padres. Y ellos también lo sabían.

Por eso todos los privilegios eran para ella.

Todos.

El resto de mis hermanos mayores tenían sus propias vidas.

Sus propios problemas.

Sus propios demonios.

Yo no era prioridad para nadie.

Y, por primera vez, entendí que quizá nunca lo había sido.

Esa certeza dolió, pero también me liberó.

Dejé de esperar.

Fui totalmente consciente de que solo estábamos ella y yo en esta batalla.

Empecé a apoyarme solo en lo que estaba construyendo con mis propias manos.

Era poco.

Era frágil.

Pero era real.

Había días en los que la desesperación me rozaba.

Días en los que me preguntaba si había hecho bien, si no había condenado a mi hija a una vida demasiado dura.

Pero luego la veía jugar con cualquier cosa, reír con nada, dormirse tranquila… y recordaba por qué estaba allí.

No tenía casi nada.

Pero tenía paz.

Una paz pobre, cansada, llena de sacrificios.

Pero una paz sin miedo.

Y eso, en aquel momento, lo valía todo.