Bajo la lluvia del dolor Capítulo 21
33%

Capítulo 21

Murcia me recibió sin preguntas.

No había nadie esperándome.

No había brazos abiertos ni promesas de ayuda.

Solo una ciudad desconocida, calles nuevas y la sensación de haber llegado al final de una huida que, en realidad, era apenas el comienzo de algo mucho más difícil.

Los primeros días fueron duros.

Mucho más de lo que había imaginado.

Encontré una pensión barata, de esas que huelen a humedad y a historias pasadas, donde nadie pregunta demasiado y cada cual carga con lo suyo.

La habitación era grande, con dos camas estrechas, una mesa prestada, un armario y una ventana que daba a un patio interior.

No era hogar, pero era refugio.

Y eso, en aquel momento, era suficiente.

La dueña de la pensión, Adela, que así se llamaba, era una mujer afable y bonachona.

Begoña se adaptó mejor que yo.

Dormía tranquila, como si intuyera que, pese a todo, estaba a salvo.

Yo la miraba y sentía una mezcla de alivio y vértigo.

Había hecho lo correcto, lo sabía.

Pero ahora tenía que sostenerlo.

La falta de dinero empezaba a pesarme como una losa.

Cada gasto era una decisión calculada.

Contaba y recontaba los billetes por la noche, cuando la niña dormía, intentando estirarlos como si el tiempo también pudiera estirarse.

No había margen para errores.

Salía cada mañana con Begoña de la mano y recorría las calles buscando trabajo.

Preguntaba en peluquerías, una tras otra.

Algunas ni siquiera me dejaban terminar la frase. Otras me miraban con compasión.

Alguna prometía llamar.

Yo sonreía, daba las gracias y seguía caminando.

No me permitía derrumbarme delante de mi hija.

Por las tardes, volvía a la pensión agotada, con los pies doloridos y la cabeza llena de dudas.

Había momentos en los que el miedo me asaltaba sin aviso.

Pensaba en qué pasaría si el dinero se acababa.

Si enfermábamos.

Si no encontraba trabajo.

Me obligaba a respirar despacio, a pensar solo en el siguiente paso.

Un día más.

Solo un día más.

Empecé a conocer a la gente del lugar.

La dueña de la pensión me ofrecía café alguna mañana.

Una vecina me dio ropa de su hija.

Pequeños gestos que no solucionaban nada, pero lo hacían todo un poco más llevadero.

Por primera vez en mucho tiempo, nadie me controlaba.

Nadie me preguntaba a qué hora volvía.

Nadie me reprochaba nada.

Esa libertad tenía un precio alto, pero también un sabor nuevo.

Agridulce.

Necesario.

Por las noches, cuando todo quedaba en silencio, me asaltaban los recuerdos.

Pensaba en Valencia, en la casa, en todo lo que había dejado atrás. pensaba en ese matrimonio que sin darme cuenta me había robado once años de mi vida.

Sentía culpa.

Dudas.

Miedo a haberme equivocado.

Pero entonces miraba a Begoña dormida y la culpa se transformaba en determinación.

Había elegido esto para ella.

No era una vida fácil.

No era una vida cómoda.

Pero era una vida sin miedo constante.

A los pocos días, una peluquería pequeña me dio una oportunidad.

Nada fijo.

Nada seguro.

Tres mañanas a la semana, a prueba.

Acepté sin dudar.

Agradecí más de lo que hubiera querido mostrar.

Aquello era el principio de algo.

Volví a casa esa tarde con una sonrisa cansada, pero real. Me senté en la cama con Begoña entre mis brazos y le susurré que lo íbamos a conseguir.

No sabía cómo ni cuándo, pero por primera vez no sonaba a mentira.

Murcia no me ofreció milagros.

Me ofreció espacio.

Espacio para equivocarme sin miedo.

Espacio para aprender.

Espacio para volver a ser.

Y aunque cada día era una batalla pequeña, empecé a sentir algo que creía perdido: esperanza.

No la ilusión ingenua de antes, sino una esperanza sobria, trabajada, que se construye paso a paso.

Había salido con nada.

Pero había llegado con lo más importante:

Mi hija.

Y la certeza de que nunca más volvería a callar por miedo.