Capítulo 11
La boda fue una fiesta por todo lo alto, tal y como mis padres habían querido.
Nada se dejó al azar. Cada detalle estaba pensado para celebrar, para deslumbrar, para convertir aquel día en un recuerdo imborrable.
Fueron ellos quienes lo hicieron posible, quienes asumieron cada gasto con la intención de regalarme un comienzo limpio, brillante, casi perfecto.
Había cientos de invitados. Y, aun así, yo apenas conocía a nadie.
Más allá de los familiares más cercanos, el salón se llenó de clientes de los negocios de mi padre, proveedores, amistades suyas, personas que me felicitaban con una familiaridad que me resultaba extraña.
Me llamaban por mi nombre, me deseaban felicidad eterna, me hablaban como si me conocieran de toda la vida.
Yo sonreía, asentía, daba las gracias.
Aprendí aquel día que una boda también puede ser un escenario donde una interpreta su propio papel.
Aun así, fue un día inolvidable.
Cuando llegó el momento de vestirme, sentí un nudo en el estómago.
El vestido colgaba frente a mí, blanco, delicado, precioso.
Al ponérmelo, algo cambió.
Me miré al espejo y, por primera vez en mucho tiempo, me gustó la mujer que vi reflejada
Me sentí especial, elegante, casi irreal.
Como si durante unas horas pudiera ser otra persona.
Para mí aquel vestido era mucho más que una prenda bonita.
Era el comienzo de un nuevo ciclo.
La promesa de una vida distinta.
Recuerdo una anécdota que aún hoy me hace sonreír.
Justo antes de salir, una de las invitadas —una señora mayor, amiga de mi padre, a la que yo veía por primera vez— se acercó emocionadísima y me dijo que estaba segura de que yo sería «una esposa ejemplar, como las de antes».
Yo no supe qué contestar y asentí con una sonrisa nerviosa, mientras pensaba que ojalá supiera lo poco preparada que me sentía para todo aquello.
Durante la celebración, uno de mis primos se equivocó al brindar y levantó la copa por «los novios más tranquilos y obedientes que había conocido», provocando una carcajada general.
Aquello relajó el ambiente y me hizo reír de verdad, sin pensar, sin miedo.
Fue uno de esos instantes ligeros que quedan flotando en la memoria.
Bailé mucho.
Reí.
Me dejé llevar por la música y por el entusiasmo colectivo. Durante horas conseguí silenciar cualquier duda, cualquier sombra.
Me sentí querida, observada, celebrada.
Como la princesa de un cuento que, por fin, llega a su final feliz.
Pensé que todo lo vivido hasta entonces había quedado atrás. Que aquel día marcaba una frontera clara entre el pasado y el futuro.
Que había cerrado un capítulo largo y doloroso y estaba empezando otro lleno de luz.
Esa noche, cuando la fiesta terminó y el vestido aún conservaba el olor de las flores y del baile, todavía estaba convencida de que había hecho lo correcto.
De que el amor y la familia serían, a partir de entonces, mi refugio definitivo.
No sabía que algunos comienzos brillan tanto porque necesitan ocultar demasiadas dudas.
Pero ese día no quise pensar en ello.
Ese día solo quise creer.
Y creí.