Bajo la lluvia del dolor Capítulo 10
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Capítulo 10

Los preparativos ocuparon mis días y mis pensamientos.

Por primera vez en mucho tiempo, mi cabeza estaba llena de planes que no dolían: elegir el vestido, los complementos, imaginarme caminando hacia una vida nueva… Todo eso se convirtió en un refugio.

Me permití disfrutarlo.

Me permití ilusionarme.

Recuerdo la primera vez que me probé el vestido.

Me miré al espejo y, durante unos segundos, vi a una mujer distinta.

Más serena.

Más segura.

Una mujer que estaba a punto de empezar de nuevo.

El tejido blanco rozaba mi piel y, sin saber por qué, pensé que quizá esa pureza también podría extenderse a mi futuro.

Dentro de mí, una vida crecía.

Y eso lo cambiaba todo.

Cada prueba, cada elección, cada detalle tenía un significado especial.

No solo estaba preparando una boda; estaba preparando un hogar, una familia, un espacio donde mi hijo o mi hija crecería sin los miedos que me habían acompañado a mí.

Me hablaba a mí misma con dulzura, como si, por primera vez, mereciera palabras amables.

Mis padres nos regalaron una casa para empezar nuestra nueva vida.

Cuando me dieron las llaves, sentí una emoción difícil de describir.

Aquellas paredes vacías representaban todas las posibilidades que nunca había tenido.

No había recuerdos allí, ni sombras del pasado.

Solo espacio.

Poco a poco empecé a llevar cosas. Primero alguna caja pequeña, luego ropa, objetos cotidianos, detalles que hacían que la casa empezara a parecer un hogar.

Cada viaje era una promesa.

Cada objeto colocado, una declaración silenciosa de esperanza.

Imaginaba las habitaciones llenas de vida.

Pensaba en mañanas tranquilas, en risas, en rutinas sencillas.

Me veía construyendo algo firme, algo que pudiera sostenerse con el tiempo.

Me repetía que estaba haciendo lo correcto, que esta vez todo iba a ser diferente.

Había cansancio, claro.

El cuerpo cambiaba, el embarazo avanzaba, pero el cansancio no me pesaba.

Era un cansancio dulce, ilusionado, lleno de sentido.

Me sentía acompañada, protegida, encaminada hacia algo bueno.

No sabía entonces que la ilusión también puede ser frágil.

Que a veces se construye sobre silencios que preferimos no escuchar.

Pero, en aquel momento, mientras doblaba ropa y colocaba cajas, mientras acariciaba mi vientre y soñaba despierta, solo había una certeza en mí:

Estaba a punto de empezar la vida que siempre había deseado.

La ilusión no se quedaba solo en el vestido o en la boda. Empezó a colarse en los gestos pequeños, en las decisiones cotidianas que, sin darme cuenta, estaban construyendo una vida.

La casa ya no era solo un regalo; era un proyecto.

Un espacio en blanco donde podía escribir algo distinto.

Recorría las habitaciones despacio, imaginando cómo sería cada una.

Pensaba dónde entraría mejor la luz por la mañana, dónde pondría una mesa para desayunar sin prisas, en qué rincón me sentaría a leer cuando el silencio fuera amable.

Por primera vez, el futuro no me parecía una amenaza.

Elegir los muebles fue casi un juego.

No buscaba nada ostentoso, solo cosas sencillas, prácticas, acogedoras.

Quería un hogar que respirara calma.

Que no gritara.

Que no diera miedo.

Me sorprendía a mí misma disfrutando de esas elecciones, sintiéndome adulta, responsable, capaz.

Y luego estaba el bebé.

Entrar en tiendas de cosas pequeñas me emocionaba de una manera que no sabría explicar.

Ropita diminuta, mantas suaves, objetos pensados para proteger.

Cada elección era una promesa silenciosa.

Me detenía mucho tiempo frente a las cunas, imaginando noches tranquilas, sus primeros sonidos, sus primeras sonrisas.

Acariciaba mi vientre sin darme cuenta.

Le hablaba en voz baja, como si pudiera escucharme.

Le decía que todo iba a estar bien, que había llegado para cambiarlo todo, que tendría una vida distinta a la mía.

Yo misma necesitaba creerlo.

Llevaba cajas a la casa nueva con una dedicación casi ritual.

Colocaba cada objeto con cuidado, como si, al hacerlo, estuviera ordenando también mis propios miedos.

La cocina empezaba a tener forma, el salón dejaba de parecer vacío, el dormitorio se llenaba de textiles suaves y colores claros.

Me gustaba quedarme allí a solas, sentada en el suelo, respirando aquel silencio nuevo.

Un silencio que no pesaba.

Un silencio que no amenazaba.

Me decía que eso era la paz.

Que así debía sentirse un hogar feliz.

Soñaba despierta.

Me veía cocinando, cuidando, celebrando cumpleaños sencillos, construyendo recuerdos limpios.

Me veía siendo una madre presente, atenta, amorosa.

Una madre que no se iría nunca, que no miraría hacia otro lado.

Creí, con una convicción casi absoluta, que estaba rompiendo el ciclo.

No sabía entonces que algunas ilusiones son tan intensas porque necesitan compensar demasiadas heridas.

Pero, en aquel momento, mientras colocaba una manta sobre una cuna aún vacía, solo sentía gratitud.

Había esperanza.

Había proyecto.

Había hogar.

Y yo estaba dispuesta a defenderlo con todo lo que tenía.