Bajo el mismo techo contigo Capitulo 1
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Bajo el mismo techo contigo

Bajo el mismo techo contigo

Por Jane .M. Lovel

© inepub.com

Capitulo 1

El extraño en casa

Era tarde.

Un ruido abajo me arrancó del sueño.

Abrí los ojos lentamente, todavía atrapado entre la oscuridad de la habitación y el eco confuso de un sueño que ya no podía recordar.

Entonces escuché voces.

Me quedé quieto unos segundos, conteniendo la respiración.

La voz de Dean.

Bajé las escaleras en silencio, cuidando cada paso para que la madera no crujiera bajo mis pies.

—Puedes quedarte el tiempo que quieras, lo sabes, ¿cierto?

Me detuve a mitad del pasillo.

¿En serio...? ¿Ahora?

Escuché pasos. Alguien se movía hacia una de las habitaciones de abajo.

Esto tenía que ser una broma.

Fui directo a la cocina.

—¿Qué sucede? —pregunté, sin rodeos.

Dean levantó la vista, claramente sorprendido de verme despierto.

—Ey... Kai. Pensé que estabas dormido.

Había cansancio en su voz.

—Es mi amigo, Lucian.

Fruncí el ceño.

—¿Vamos a vivir con un extraño en la casa?

La expresión de Dean cambió apenas.

—Baja la voz. No es un extraño... al menos no para mí. Es un buen amigo.

Hizo una breve pausa antes de agregar:

—Además, nos va a ayudar con los gastos.

Las palabras me golpearon más de lo que esperaba.

Sabía que tenía razón.

Después de nuestros padres, las cosas nunca volvieron a ser fáciles.

Aun así, algo en mi pecho se tensó.

Como si alguien acabara de entrar en un lugar que todavía sentía solo nuestro.

Bajé la mirada.

—Lo siento, Dean.

Su expresión se suavizó casi al instante.

—Solo vuelve a dormir.

Asentí, aunque sabía que no iba a ser tan sencillo.

Dean nunca llevaba gente a la casa. Era demasiado reservado para eso.

Por eso me resultaba extraño que alguien apareciera a esa hora de la noche... y todavía más extraño que se quedara.

Dean debía confiar mucho en él.

Pero...

La idea de vivir con alguien más me incomodaba.

♦

La alarma me sacudió horas después.

No sabía en qué momento había conseguido dormirme.

Todavía era temprano.

Preparé mis cosas para la universidad y bajé a la cocina, aún medio adormecido.

Había una nota pegada en la heladera.

"No olvides comer algo antes de irte, dormilón. Vuelvo a la noche.

Dean."

Podría haberme enviado un mensaje.

Aunque...

Mamá solía hacer eso.

La nostalgia me atravesó sin previo aviso.

Abrí la heladera buscando algo para desayunar. Había olvidado que ya no estábamos solos en la casa.

Giré demasiado rápido y choqué contra alguien.

El impacto me hizo perder el equilibrio, pero unas manos firmes me sostuvieron antes de caer.

Por unos segundos me quedé inmóvil.

Entonces levanté la mirada.

Y lo vi.

Ojos oscuros.

Como una noche sin estrellas.

Su mirada era fría.

La distancia entre nosotros era mínima.

Estaba demasiado cerca.

Y algo en esa cercanía hizo que el aire se volviera extraño.

No pude reaccionar hasta que él habló.

—Deberías fijarte por dónde vas.

Su voz era baja.

No sonaba preocupado. Ni amable.

—Si me sueltas, podría hacerlo.

Lucian me soltó de inmediato.

Fruncí apenas el ceño.

¿Qué le pasa?

Debería ser más amable con el hermano de su casero.

Aunque recordé lo que Dean había dicho.

"Es un buen amigo."

Tragué saliva.

—Lo siento... Soy Kai Foster. El hermano menor de Dean.

—Lucian.

Solo eso.

Ni siquiera apartó la mirada al decirlo.

Y no supe explicar por qué, pero algo en él me puso incómodo desde el primer instante.

Como si su sola presencia hubiera cambiado el ambiente de la casa.

Se alejó un par de pasos de mí.

Luego me miró de arriba abajo, sin disimulo.

Fruncí el ceño.

¿Qué le pasa a este tipo? No podría ser más descortés.

Estaba por decir algo cuando desvió la mirada hacia la mesa y me interrumpió.

—¿Quieres desayunar? Compré algunas provisiones.

Parpadeé, desconcertado.

¿Descortés un momento y amable al siguiente?

—Un café cortado está bien —respondí, sin pensarlo demasiado.

Me senté en la mesa y lo observé en silencio mientras se movía por la cocina con naturalidad.

Era alto.

Uno ochenta y cinco, quizás.

Abría cajones, encontraba lo que buscaba sin dudar, como si conociera el lugar.

Entonces la curiosidad pudo más.

—¿De dónde conoces a mi hermano?

No respondió enseguida.

Continuó con lo que estaba haciendo, como si la pregunta no fuera urgente.

—Lo conocí en la universidad —dijo, pasándome la taza de café.

La tomé con cuidado.

Debo admitir que sabía bien.

—¿Eres agente de viajes también?

Tomó su propia bebida y le dio un sorbo sin prisa, sin apartar la mirada de mí.

Luego respondió, con el mismo tono tranquilo:

—No. Lo dejé a tiempo. No era lo mío.

Me quedé esperando que continuara.

Pero no lo hizo.

Esto empezaba a sentirse más como un interrogatorio que como una conversación.

No pude evitar decir:

—¿Siempre respondes con lo justo?

Por un instante, su expresión cambió.

Creí ver el amago de una sonrisa.

Me descolocó.

—Soy mecánico —dijo al fin—. Trabajo con vehículos de alta gama.

Se acercó sin apuro.

Antes de que pudiera reaccionar, desordenó mi cabello con la mano, como si tuviera derecho a hacerlo.

Me tensé de inmediato.

—Te pareces a esos idols que salen en la televisión.

Fruncí el ceño.

—Me voy al trabajo, kid.

Y se fue sin más, con lo que parecía una sonrisa apenas contenida.

—¡Oye...! No soy un niño. Cumpliré diecinueve dentro de poco, ¿sabes?

Pero ya no estaba.

Exhalé con fastidio.

Me saca de quicio.

¿Idol? ¿Qué se supone que quiere decir con eso?

Sentí un leve calor en el rostro, incómodo.

♦

Ya era el atardecer cuando salí de clases.

Los pasillos estaban llenos de estudiantes y, en el campus, las mesas seguían ocupadas.

El murmullo constante de voces y risas se mezclaba con el sonido lejano del tránsito.

Caminaba absorto en mis pensamientos cuando alguien me sacó de golpe de mi propio mundo.

—¡Kai! Oye, te estuve llamando un buen rato.

Giré apenas, sorprendido.

Erin estaba a mi lado, con una mano aún sobre mi hombro. Su expresión era una mezcla de reproche y diversión.

—Lo siento... No te escuché.

—Sí que estás en la luna hoy —dijo, soltando una risa suave.

Desvié la mirada por un momento.

No estaba equivocada. Sin darme cuenta, mi cabeza volvía una y otra vez a la misma persona.

—Ha sido un día largo y... raro —murmuré.

Erin me miró con curiosidad, una ceja arqueada.

—¿A qué te refieres? ¿Ahora qué hiciste?

Fruncí el ceño.

—¿Por qué debería ser yo el que hizo algo?

—Porque te conozco —soltó sin filtros.

Antes de que pudiera apartarme, me apretó las mejillas con ambas manos.

—Oye...

Tomé sus muñecas y aparté sus manos de mi rostro.

En ese momento, algo llamó su atención.

Seguí la dirección de su mirada.

Un chico se alejaba al final del pasillo.

No pude sostenerla.

Simplemente giré el rostro.

Erin volvió a buscar mis ojos.

—Oye... ¿Qué pasó con ustedes? No te hagas el tonto. Hablo de Bill.

Sentí una ligera presión en el pecho.

—Nada. Simplemente nos distanciamos. No quiero hablar de eso.

—Ustedes solían ser cercanos... —murmuró—. Está bien, ya no insistiré con eso. Supongo que algún día me lo dirás.

Sabía que Erin estaba preocupada. Podía notarlo en su voz.

—Vamos, o se hará más tarde —añadió, sin darme tiempo a responder.

Erin y yo éramos amigos desde la escuela primaria. De hecho, vivíamos a unas pocas cuadras de distancia, así que hacíamos el mismo trayecto de regreso a casa.

El atardecer se extendía en el horizonte cuando ya estábamos cerca.

—Ey, ¿cómo te está yendo en los exámenes?

—Bien —respondí, sin más.

—¿Solo bien? —soltó, buscando mi mirada.

—Algún día serás tan bueno como yo —Añadió

Erin soltó una risa traviesa.

—¿Debería adorarte?

—Por supuesto que sí.

Y, como si nada, me despeinó con una palmada.

A veces podía ser tan infantil...

Y, aun así, me divertía.

—No puedo esperar a las vacaciones de mitad de semestre —dije, medio en broma, medio en serio.

Ella sonrió.

Parecía a punto de decir algo, pero su mirada se desvió hacia el frente.

Su expresión cambió.

Más seria.

Más... interesada.

—Kai... —murmuró—. ¿Quién es él? El que está con tu hermano.

Seguí la dirección de su mirada.

Lucian.

—Creo que mi corazón dio un vuelco —añadió, con una sonrisa.

—¿De qué estás hablando? Ni siquiera lo conoces —solté más rápido de lo que pretendía.

Erin no respondió enseguida.

Seguía mirando al frente.

—Conocerlo es lo que quiero... —murmuró—. Cielos... solo míralo.

Su voz tenía algo distinto.

Casi... fascinación.

Por pura inercia, seguí la dirección de su mirada.

Mi hermano estaba en la entrada de la casa con él.

Parecía que acababan de llegar. Dean decía algo, ofreciéndole una cerveza.

Y Lucian...

Llevaba una camiseta sin mangas blanca, apenas limpia.

Manchada de grasa en algunos puntos, igual que sus brazos.

Marcas oscuras que contrastaban con su piel.

Jeans desgastados.

Había algo en él que no terminaba de entender.

Aparté la mirada de golpe.

—No es para tanto —murmuré, más bajo de lo necesario.

No estaba seguro de a quién intentaba convencer.