Bajo el corazón frío del multimillonario (Serie Votos del multimillonario) EPÍLOGO
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EPÍLOGO

Cinco años después

Si alguien me hubiera dicho que estaría casado, sería padre de tres hijos y pasaría mis mañanas cubierto de zumo derramado y pintura de dedos, me habría reído en su cara.

Pero aquí estaba yo, el CEO que antes vivía obsesionado con el trabajo, sentado a la mesa del desayuno en mi casa de Malibú, con una niña pequeña en mi regazo y dos gemelos revoltosos corriendo en círculos alrededor de la isla de la cocina.

—¡Papi, me quitaron mi tortita! —Ava, mi hija de tres años, hizo un puchero dramático; sus rizos dorados rebotaron cuando dio un pisotón con su piececito. Se parecía tanto a su madre cuando se enfadaba que no pude evitar sonreír.

—No te la quitaron, princesa. Solo la tomaron prestada —dije, mirando a los culpables, los gemelos Justin y Liam, de dieciocho meses, que se reían como locos con las mejillas embadurnadas de sirope.

Victoria apareció en la puerta, descalza, con una de mis camisas puesta, el pelo revuelto del sueño y una taza de café en la mano.

—¿Prestada? Brendan, se la están zampando.

En su voz había diversión, no reproche, y aún me estremecía cada vez que la oía pronunciar mi nombre: suave, cálido, como un hogar.

—Chicos —dije, intentando sonar severo—. Devolvedle la tortita a vuestra hermana.

Se quedaron quietos un segundo, se miraron y volvieron a estallar en carcajadas. Victoria se apoyó en la encimera y negó con la cabeza.

—Eres un caso perdido —dijo, sonriéndome.

Sonreí.

—Eso dices ahora, pero te enamoraste de este hombre sin remedio.

—Hmm —bromeó mientras daba un sorbo al café—. Debía de estar loca.

Me levanté, dejé a Ava en su silla y me acerqué a Victoria.

—Y sin embargo —murmuré mientras le apartaba un mechón de pelo de la cara—, sigues despertándote a mi lado cada día.

—Solo porque los niños se te suben encima a las seis de la mañana —replicó, pero su mirada se suavizó.

Me incliné para besarla, despacio, con calma, uno de esos besos que aún conseguían recomponerme el mundo por muy caótica que fuera la mañana.

Después del desayuno, la casa era un campo de batalla de juguetes, pinturas y risas.

Victoria había conseguido meter a los gemelos en petos a juego, y Ava insistía en «ayudar a papi a trabajar».

El trabajo era muy diferente ahora. Hacía tres años que me había retirado de las operaciones diarias de la empresa y había cedido el puesto de CEO a mi mano derecha.

Seguía asistiendo a reuniones del consejo y supervisando proyectos importantes, pero la mayoría de los días trabajaba desde casa o desde donde Victoria quisiera llevar a la familia.

El yo de antes habría pensado que frenar significaba perder, pero allí de pie, mientras veía a Victoria perseguir a nuestros chicos por el pasillo y Ava me tiraba de la manga, comprendí que esto, que ellos, eran la verdadera victoria.

—Papi, ¿puedo pintar en tu despacho hoy? —preguntó Ava, clavándome esos ojazos marrones que siempre me hacían ceder.

—Solo si prometes no pintar las paredes esta vez.

Asintió con solemnidad, pero enseguida se le dibujó una sonrisa traviesa.

—¡Voy a pintar tu portátil!

Victoria se rio desde la puerta.

—La has liado, Sr. Smith.

Suspiré con dramatismo.

—Llevo metido en líos desde el día que te conocí.

Esa tarde quedamos con Lydia, su marido Daniel y Oliver para comer en un complejo turístico junto al mar.

Se había convertido en tradición reunirnos todos una vez al mes con nuestras familias, por muy ocupados que estuviéramos.

Lydia seguía tan radiante como siempre, y Daniel la trataba como si fuera de cristal.

Oliver, que ya tenía siete años, se había convertido en un niño brillante y seguro de sí mismo, que adoraba a Victoria y tenía un vínculo especial con Ava y los gemelos.

Mientras los adultos nos reuníamos en la terraza, los niños jugaban en la arena y el sonido de sus risas llegaba con la brisa del mar.

—Vosotros dos estáis asquerosamente felices —bromeó Lydia mientras se servía una copa de champán.

Victoria se rio.

—Hacemos lo que podemos.

Busqué su mano bajo la mesa y entrelacé mis dedos con los suyos. Ella me la apretó y me dedicó esa sonrisa íntima que aún tenía el poder de desarmarme.

Daniel sonrió.

—Por Brendan y Victoria: cinco años, tres hijos y, no sé cómo, todavía cuerdos.

—Por la familia y por perdonar a quienes disfrutan metiéndose con nosotros.

Todos se rieron y brindaron. Momentos como aquel me recordaban lo lejos que habíamos llegado, dejando atrás el desamor, la confusión y el miedo.

Esa noche, después de acostar a los niños, Victoria y yo nos sentamos en la terraza con vistas al océano.

La casa estaba en silencio; solo se oía el romper rítmico de las olas.

Ella se recostó contra mi pecho, con la cabeza apoyada bajo mi barbilla.

La rodeé con los brazos e inspiré el aroma familiar de su piel: lavanda y un toque de vainilla.

—¿Sabes? —murmuró—. A veces todavía no me creo que esta sea nuestra vida.

Le besé la sien.

—Yo sí. Pasé años imaginando cómo sería tener esto contigo.

Sonrió suavemente.

—¿Incluso entonces?

—Sobre todo entonces —dije en voz baja—. Entraste en mi vida cuando menos lo merecía y no me dejaste huir.

Victoria se giró para mirarme; sus ojos brillaban en la tenue luz.

—Tú fuiste quien se quedó cuando importaba.

Nos quedamos así un rato, contemplando las estrellas. El aire estaba fresco y ella se estremeció, así que la atraje hacia mí.

—Nunca pensé que se me daría bien esto —admití en voz baja—. Ser marido. Padre. Querer a alguien como se debe.

Me miró con esa mirada firme e inquebrantable que siempre me hacía sentir que alguien me veía de verdad.

—Lo eres, Brendan. Siempre lo fuiste, solo necesitabas una razón.

—Tú y los niños —dije.

—Nosotros —corrigió suavemente—. Todos nosotros.

Volví a buscar su mano y entrelacé nuestros dedos.

—Me cambiaste, Vic. Me hiciste querer construir algo duradero.

Sonrió.

—Y mira lo que construimos.

Tres hijos. Un hogar lleno de amor y caos. Un matrimonio que había sobrevivido contra todo pronóstico. Me incliné y la besé profundamente, con ternura y gratitud. Cuando por fin nos separamos, la miré a los ojos y dije:

—Si tuviera que volver a hacerlo todo, cada parte complicada y caótica, volvería a elegirte a ti.

Sus ojos centellearon.

—Siempre sabes qué decir.

—Solo porque es la verdad.

Se acercó a mí y habló con voz suave:

—Entonces dilo otra vez.

—Te elegiría a ti —susurré contra sus labios—. Siempre.

Mientras la noche avanzaba, las olas cantaban allá abajo y las estrellas brillaban como diamantes esparcidos.

Dentro, nuestros hijos dormían, la prueba viviente de todo aquello por lo que habíamos luchado, de todo en lo que nos habíamos convertido.

Victoria se quedó dormida en mis brazos y la sostuve, grabando en mi memoria el peso del momento.

El hombre que fui habría llamado a esta vida tranquila ordinaria, pero ahora lo sabía bien.

Este amor, las risas, el caos... todo era extraordinario.

Y mientras contemplaba el horizonte infinito, comprendí algo simple y verdadero: tenía todo lo que siempre había deseado y, por primera vez en mi vida, no tenía miedo de perderlo.