Bajo el corazón frío del multimillonario (Serie Votos del multimillonario) CAPÍTULO UNO
12%

CAPÍTULO UNO

La ciudad era un borrón a mis pies, con luces doradas y tráfico lento que se extendía hacia el horizonte como un pulso vivo.

Estaba frente al ventanal de mi ático, una mano en el bolsillo, la otra sosteniendo un vaso de whisky que no había tocado.

La mujer con la que había estado saliendo, ¿cómo se llamaba?

¿Elise? ¿Eliza? Algo con E, acababa de irse hacía veinte minutos.

Su perfume aún flotaba en el aire. Dulce, caro, empalagoso.

Ella había llorado. Yo no.

—Simplemente no te entiendo, Brendan —había dicho—. No sientes nada. Ni siquiera lo intentas.

No estaba equivocada.

No me molesté en discutir. La dejé decir lo que necesitaba, la vi caminar hacia el ascensor descalza, tacones en mano, ojos enrojecidos, y cuando las puertas se cerraron, no sentí nada.

Ni culpa. Ni tristeza. Solo ese mismo vacío silencioso al que me había acostumbrado.

El silencio del ático era absoluto. Sin música.

Sin eco de risas. Solo el zumbido constante de la ciudad en el exterior.

Miré el vaso en mi mano y finalmente di un sorbo.

El whisky quemaba al bajar, como me gustaba.

Lo bastante áspero para recordarme que seguía siendo humano.

Entonces llegó el inevitable pitido del código de seguridad de la puerta, seguido del portazo y de voces que rompían el silencio estéril.

—Dios, Smith, ¿estás muerto aquí dentro? —la voz de Max Killian resonó por el salón.

No me di la vuelta. —¿No sabes llamar a la puerta, Max?

—¿Para qué, si me sé el código?

Suspiré. Claro que se lo sabía.

Max entró pavoneándose como si fuera el dueño del lugar, con un traje azul marino a medida, sin corbata, y una sonrisa que nunca auguraba nada bueno.

Detrás venía Lucas, callado, de mirada aguda, quitándose ya la chaqueta; luego Connor, escandaloso y encantador sin esfuerzo, seguido de Adrian, que llenaba la habitación con su sola presencia.

Los cinco. Cada maldita vez.

—¿Estamos interrumpiendo otro momento emocional entre tú y tu reflejo? —preguntó Connor, dejándose caer en el sofá.

Miré por encima del hombro. —Qué gracioso. Deberías intentar quedarte quieto el tiempo suficiente para tener uno tú.

Lucas soltó una risa seca. —Touché.

Max hizo una mueca. —Suenas como un hombre al que acaban de dejar.

—No me han dejado.

—Claro —dijo, arrastrando la palabra—. Solo lo dejaste tú porque te aburriste otra vez.

Connor se sirvió una copa de mi bar como si viviera allí. —¿Cómo se llamaba esta vez?

—Eliza.

Adrian, que había permanecido en silencio junto a la ventana, enarcó una ceja. —¿Eliza? ¿La modelo rubia de Milán?

Asentí.

Max silbó. —Joder. Ni siquiera duró un mes. Un nuevo récord, incluso para ti.

—Tres semanas —corregí.

Connor se rio. —Joder, ¿de verdad las contaste?

—Yo no —dije, dejando el vaso—. Mi asistente. Tenía que programar la retirada de los permisos de seguridad.

Aquello arrancó una carcajada general. No era burla, pero sí algo familiar. Era el ritmo habitual entre nosotros: ellos bromeando, yo fingiendo que no me importaba.

Adrian se apoyó en la barra, con los brazos cruzados. —¿Y qué pasó?

—Lo mismo de siempre —dije—. Ella quería más. Yo no.

—Quizá deberías salir con mujeres que quieran menos —dijo Lucas.

—Quizá debería dejar de salir del todo.

Max sonrió. —¿Y privar a la población femenina de Nueva York de tu encanto? Impensable.

—Seguro que sobreviven.

La conversación siguió fluyendo, pero notaba sus miradas sobre mí, esa preocupación que nunca expresaban en voz alta.

Connor se rellenó la copa y echó un vistazo al ático. —Este sitio sigue pareciendo un puto museo. ¿No te cansas de volver a casa y encontrarte con el silencio?

—No.

—Y una mierda.

Me volví hacia él. —A algunos nos gusta la tranquilidad.

—Sí —dijo Max—, pero a ti te gusta el vacío.

Eso dolió más de lo que debería. Le sostuve la mirada, pero no apartó la vista.

Se inclinó hacia delante, con los codos en las rodillas. —¿Alguna vez piensas que quizá todo se te desmorona porque no dejas entrar a nadie, Brendan?

No respondí.

Lucas intentó rebajar la tensión. —Max, no todo el mundo quiere casarse y tener tres hijos como tú finges querer un fin de semana sí y otro no.

Max le lanzó una mirada fulminante. —Hablo en serio.

—Pues no lo hagas —murmuré.

Adrian por fin habló, con voz serena y grave. —No se equivoca.

Lo miré. Adrian no hablaba mucho, pero cuando lo hacía, la gente escuchaba.

Me sostuvo la mirada y dijo en voz baja: —Alejas a todo el mundo antes de que tengan la oportunidad de hacerte daño.

Ese silencio volvió, más pesado esta vez. Me giré hacia la ciudad. Nadie habló por un momento. El tintineo de los vasos era lo único que rompía la quietud.

Connor fue el primero en soltar el aire, despacio. —Joder. Qué deprimente.

—Es verdad —dijo Max, recostándose—. Él lo ha vivido.

No tuve que preguntar a qué se refería. Todos conocían la historia de mi padre, cómo había destruido a mi madre, cómo su matrimonio no había sido más que dinero, traición y silencio.

Aún recordaba cuando tenía catorce años y oí a mi madre decir: «Tu padre ama la idea del amor, no a las personas que arruina por él».

Esas cosas se te quedan grabadas.

—En fin —dije, rompiendo la tensión—. Si habéis venido a hacer de terapeutas, ya sabéis dónde está la puerta.

Lucas esbozó una leve sonrisa. —Hemos venido porque es jueves. Noche de póker.

—Creía que la noche de póker era en casa de Connor.

—Lo era —dijo Connor, sacando ya una baraja del bolsillo de la chaqueta—. Pero hemos decidido traértela, ya que nunca sales de este maldito ático.

Max sonrió. —De nada.

Movieron la mesa de cristal, prepararon las fichas y sirvieron más whisky.

En cuestión de minutos, mi sala, antes en completo silencio, se llenó de risas, tacos y el golpeteo de las cartas contra la mesa.

No quería que estuvieran allí, pero tampoco quería que se fueran, porque cuando las risas cesaran y por fin se marcharan, el silencio volvería, y con él, ese dolor familiar que fingía no sentir.

—Smith, ¿entras? —la voz de Connor me sacó de mis pensamientos.

Parpadeé. —Sí.

Repartió las cartas. Media hora después, Max contaba una historia sobre una actriz que había conocido en Mónaco cuando Connor se inclinó hacia mí y preguntó en voz baja: —¿Alguna vez piensas en sentar cabeza?

—No.

—¿Nunca?

—No.

Sonrió con sorna. —¿Ni siquiera con la mujer adecuada?

—No existe la mujer adecuada —dije tajante.

Max lo oyó y se rio. —Por eso morirás solo en ese ataúd de mármol que tienes por casa.

—Probablemente.

Lucas soltó una risita. —Al menos morirá rico.

Adrian alzó el vaso. —E inquebrantable.

Le lancé una mirada. —¿Y eso qué significa?

Se encogió de hombros. —Tú. Eres el que nunca se rompe. Da igual lo que pase. Que se hunda el mercado, que las mujeres te dejen, que se congele el infierno... tú ni te inmutas.

Connor asintió. —El inquebrantable.

El apodo cuajó. Todos se rieron.

Max chocó su vaso contra el mío. —Por el inquebrantable. Y que algún día encuentre algo por lo que merezca la pena romperse.

Puse los ojos en blanco. —Sois todos unos idiotas.

—Puede ser —dijo Connor con una sonrisa—. Pero al menos nosotros sentimos algo.

Esa frase me golpeó más de lo que habría querido.

Bajé la vista a mis cartas, fingiendo concentrarme en el juego, pero mi mente ya volvía al reflejo en la ventana, a ese hombre que lo tenía todo y no tenía nada.

Quizás Max tenía razón. Quizás el vacío era lo único con lo que había aprendido a convivir.

Max se recuesta en el sofá, haciendo girar la copa. —¿Os acordáis de cuando pensábamos que acabaríamos todos arruinados y trabajando en aquella gasolinera cerca del colegio de Archer?

Connor resopla. —Tú pensabas eso. Si ni siquiera aprobabas matemáticas.

—Sigo sin poder —dice Max con una sonrisa—. Pero mírame ahora. Soy dueño de tres discotecas y sigo sin saber dar las vueltas.

Brendan suelta una risita. —Para eso pagas a otro.

Max alza el vaso. —Y tanto.

Los mira, a los cuatro hombres que han construido imperios a su lado, que han luchado contra sus propios demonios y que, de algún modo, han logrado seguir siendo los mismos en el fondo.

Aún le asombra a veces recordar cómo empezó todo.

Conoció a Lucas primero. Los dos tenían diez años, esperando a la puerta del despacho del director por haberse peleado.

Lucas tenía un ojo morado y una sonrisa desafiante.

Brendan, los nudillos partidos. Apenas hablaron aquel día, solo intercambiaron una mirada que decía: «¿Tú también?

». Desde ese momento fueron inseparables, dos críos que aprendieron muy pronto que el silencio podía ser un arma.

Max llegó después. Ruidoso, temerario, el chaval que robaba cervezas del escondite de su hermano y convencía a todos para tirarse desde el muelle a medianoche. Brendan pensaba que Max se consumiría antes de cumplir los dieciocho. En cambio, construyó un imperio con ese mismo fuego.

Connor era el encantador, con labia incluso a los doce años. Los sacaba de líos tan a menudo como los metía en ellos. Brendan recuerda cómo Connor cargó una vez con la culpa de una ventana rota solo para evitarle una expulsión. Nunca lo olvidó.

Y luego estaba Adrian. El protector silencioso.

Un año mayor que ellos, siempre el que se interponía entre el grupo y cualquiera que osara meterse con ellos.

Cuando murió el padre de Brendan, Adrian fue quien se sentó con él en el porche durante horas, sin decir palabra.

Simplemente se quedó allí porque sabía que las palabras no servirían de nada.

Eso fue hace veinte años. Ahora están sentados en su ático, bebiendo whisky de quince mil dólares la botella, con la ciudad desplegada a sus pies. Cinco chavales que salieron de la nada y que fingen no seguir huyendo de algo.

—¿Alguna vez pensáis en ello? —pregunta Lucas en voz baja—. ¿En lo lejos que hemos llegado?

Brendan lo mira. —A veces. Sobre todo cuando no puedo dormir.

Connor sonríe con suficiencia. —Así que... ¿todas las noches?

Brendan no responde. Se limita a dar un sorbo a su copa porque todos saben a qué se refiere. Cada uno de ellos tiene sus fantasmas, pero los de Brendan tienen dientes.

Max se inclina hacia delante, rompiendo el silencio. —¿Sabes? Creo que eres el último de nosotros al que imaginaría ablandándose.

Brendan arquea una ceja. —¿Ablandarme?

—Sí —dice Max con una sonrisa—. Ya sabes... enamorarte, casarte, tener dos hijos y un golden retriever.

Los demás se ríen. Brendan no. Se limita a dejar la copa con cuidado sobre la mesa. —El amor es para quienes no saben lo que es perder.

Eso hace callar a todos.

Adrian lo observa un instante y luego dice: —¿Todavía crees que eso es fortaleza?

Brendan mira por la ventana: las luces, los rascacielos, la extensión interminable de una ciudad que nunca duerme. —Es supervivencia.

Las palabras quedan flotando entre ellos, cargadas de peso.

Connor exhala despacio y se pasa una mano por la mandíbula. —Tío, a veces olvido que de verdad te crees eso.

—¿Creerme qué? —pregunta Brendan.

—Que puedes vivir así para siempre —dice Connor—. Puro control, cero sentimientos. Crees que te protege, pero un día... se va a resquebrajar.

Brendan aprieta la mandíbula. —No si no lo permites.

Max sonríe, intentando aligerar el ambiente. —Pareces sacado de uno de esos libros de autoayuda que llevo leyendo.

Lucas se ríe entre dientes, pero no le quita los ojos de encima a Brendan.

Lo conoce demasiado bien. Todos lo conocen, y por un segundo Brendan lo siente: el peso de su preocupación, los años de historia compartida que lo oprimen.

Los mira, cuatro hombres que darían la sangre por él si se lo pidiera.

No lo dice, pero lo siente. La gratitud. El amor que se niega a nombrar.

En lugar de eso, coge la copa y la alza. —Por sobrevivir.

Los demás alzan las suyas.

—Por sobrevivir —corean.

Beben, y la habitación vuelve a sumirse en ese silencio cómodo.

Más tarde, cuando ya se habían marchado y el ático había quedado en silencio de nuevo, se sirvió una última copa.

La ciudad seguía despierta, con gente que reía en algún lugar, que se enamoraba, que rompía corazones y vivía.

Se quedó allí, solo, rodeado de cristal y silencio, y se dijo que no importaba.

Porque los hombres como él no se enamoran.