Pista 16l #3
Mientras tanto, dentro de la cabina de pasajeros, Lori y los demás auxiliares de vuelo se movían rápidamente, preparando a los pasajeros para lo que sabían iba a ser un aterrizaje de emergencia.
Sus voces eran firmes, aunque su propio miedo era evidente en sus ojos.
Les instruyeron que inclinaran la cabeza hacia adelante, sobre sus rodillas, y abrazaran sus piernas con los brazos.
Les recordaron no desabrocharse los cinturones de seguridad y mantener los pies firmemente apoyados en el suelo.
La tensión era palpable, el aire pesado por el temor colectivo.
Una vez que todos los pasajeros estuvieron preparados, los auxiliares tomaron sus posiciones, firmes en sus puestos, y colocados casi en la misma posición que los pasajeros. En ese momento, todos sabían que lo que sucediera a continuación estaba fuera de sus manos.
La intranquilidad de Jim lo impulsó a beber más café de lo habitual. Algunos fuman cuando están nerviosos; Jim, en cambio, tomaba café. Dimitri, observando en silencio, le advirtió que el exceso de cafeína solo aumentaría su ansiedad, pero Jim ya no prestaba atención a sus palabras.
Dimitri comprendía perfectamente lo que estaba pasando, entendía la preocupación que consumía a su amigo, pero no podía evitar ver cómo su mente quedaba atrapada en un mar de incertidumbre.
Aún les quedaban dos horas de patrullaje, pero Jim no podía concentrarse en nada más que en las noticias sobre el vuelo de Lori.
Dimitri, conociendo la mente de su amigo y compañero, le sugirió que intentara dejar de pensar en ello, aunque sabía que era una tarea casi imposible. Era como pedirle que dejara de respirar.
Mientras no recibieran ninguna alerta de emergencia, su única misión era clara: mantenerse allí, en ese café, sin apartar la vista de la televisión.
Las noticias no dejaban de repetir las actualizaciones sobre el aterrizaje de emergencia del vuelo HA4925.
Jim, con la mirada fija en la pantalla, apenas parpadeaba, temeroso de perder cualquier fragmento de información crucial.
Dimitri, por su parte, intentaba calmarlo con su habitual pragmatismo.
Si surgía algún problema en la comisaría, él cubriría a Jim, entendiendo la excepcionalidad de la situación.
Sabía que seguro comprenderían. Pero a pesar de sus esfuerzos, la tensión flotaba en el aire, densa y palpable.
Jim apenas registraba las palabras de Dimitri; su mente no dejaba de repetirse la misma pregunta: «¿Cómo estará Lori? ».
Y allí estuvieron, los dos en silencio, escuchando cada nuevo informe con una mezcla de ansiedad y esperanza, aferrándose a la idea de que la tragedia no sería el final de la historia.
Jim no tenía intención de irse de allí hasta que no supiera con certeza qué había sucedido, hasta que supiera que Lori había llegado a salvo.
Los camiones de bomberos del aeropuerto, así como las ambulancias, avanzaban por la pista con velocidad, dirigiéndose al lugar del aterrizaje de emergencia. Desde la distancia, observaban cómo el vuelo HA4925 se acercaba peligrosamente.
Justo antes de tocar la pista, Cummings, con las manos firmemente en los controles, levantó ligeramente el morro del avión, frenando con decisión e intentando mantener la nave recta mientras se deslizaba sobre la espuma que cubría la pista.
El impacto al tocar el suelo fue brutal, un golpe fuerte que resonó en todo el fuselaje.
El avión continuó su deslizamiento, chocando con el asfalto, emitiendo chispas a su alrededor.
La espesa capa de espuma y el hecho de que el combustible estaba casi agotado evitaron que se desatara un incendio, aunque el fuselaje sufrió daños severos durante el frenazo, con fragmentos de la panza desprendiéndose mientras el avión seguía su curso a gran velocidad.
La pista estaba por terminarse cuando, finalmente, el avión logró frenar. Llegó a un punto de detención total, apenas a unos metros del final de la pista.
Dentro del avión, el caos de la evacuación comenzó de inmediato.
Los auxiliares de vuelo se dirigieron rápidamente hacia las salidas de emergencia, donde las rampas se desplegaron sin contratiempos.
Lori y sus compañeros daban órdenes claras: dejar las pertenencias atrás, quitarse los zapatos para poder deslizarse con mayor rapidez y evacuar sin demora, pero sin perder la calma.
Asistían y guiaban a los pasajeros hacia las salidas, asegurándose de que abandonaban la aeronave de manera ordenada.
Algunos de los auxiliares se habían deslizado por las rampas antes para ayudar a los pasajeros al llegar al suelo.
Había ambulancias, bomberos y equipos de rescate listos para intervenir.
Uno a uno, los pasajeros comenzaron a descender por las rampas.
El primero en bajar fue el hombre con apendicitis, quien fue evacuado junto con el paramédico y su esposa.
Afortunadamente, todos los demás pasajeros salieron ilesos, salvo algunos rasguños y moretones. La tripulación, aunque magullada, también logró evacuar sin mayores problemas. Los últimos en salir fueron ellos, tras asegurarse de que todos los pasajeros estuvieran fuera y a salvo.
Una multitud de periodistas se había filtrado en la pista para acercarse al lugar del accidente y transmitir la situación en tiempo real.
Una vez fuera del avión, todos los pasajeros y la tripulación fueron trasladados en autobuses a la terminal, donde se les sometió a un reconocimiento médico antes de autorizar su salida.
Luego, fueron llevados a la sala de espera, donde pudieron recuperar las pertenencias que habían dejado en el interior del avión, así como algunos restos recuperados de la bodega que no salieron despedidos ni se perdieron.
Después del reconocimiento médico, toda la tripulación, incluidos Cummings y Monroe, se reunió para tomar algo caliente.
Algunos, en busca de consuelo, optaron por una copa más fuerte, tratando de calmar los nervios y disipar la tensión que aún los envolvía.
Agradecidos de que todo hubiera salido bien, se sentaron juntos, rodeados de una profunda camaradería, dejando atrás el caos y la incertidumbre de la aterradora experiencia.
La sensación de alivio los unió aún más, como si el peso de lo sucedido se desvaneciera con cada palabra y cada gesto compartido.
Fue en esos momentos de relajación y alivio cuando algunos aprovecharon para llamar a sus familias.
Lori, aliviada, no dudó en sacar su teléfono y, sin pensarlo mucho, marcó el número de Jim.