CAPÍTULO 20
Junio llegó con sus días largos y la feria de primavera del condado y los pastos más verdes que Adaia había visto en años, aunque Bram decía que siempre lo decía y que siempre era lo mismo y que el verde de los pastos de Kellerman no dependía del año sino de los ojos con que se miraba.
Era posible que Bram tuviera razón.
Lucas había decidido quedarse el verano.
No lo anunció, simplemente siguió apareciendo al trabajo cada mañana y dejó de hablar de irse como de algo que iba a pasar pronto.
Oliver le preguntó directamente una tarde y Lucas dijo que no tenía prisa y que Harlow Creek era el único sitio donde había dormido bien en tres años, y Oliver no le preguntó más porque era suficiente respuesta.
La semana de la feria, Nora Vance fue al rancho a buscar a Adaia con una expresión que no era la habitual.
—Le dije a Rhett que el hombre del diner era mi primo —anunció, sentada en la cerca del potrero con los pies colgando.
—¿Y?
Nora sonrió. Era una sonrisa que Adaia le conocía pero no había visto muy seguido.
—Y tuvimos una conversación muy larga.
—¿Bien o mal?
—Bien. —Una pausa—. Muy bien.
—Bien.
—Me preguntó si quería ir a la feria.
—¿Y?
—Le dije que sí.
Adaia se apoyó en la cerca a su lado.
—¿Tardaste mucho?
—En decir que sí o en decirle lo del primo?
—Las dos cosas.
Nora lo pensó.
—Demasiado en las dos.
—Pero lo hiciste.
—Sí.
Adaia asintió.
—Bien hecho.
En la feria, el sábado, Harlow Creek salió entero.
Dotty llevó su ponche de verano, que era naranja con menta en lugar de canela, y lo vendió en un puesto junto al de los quesos del rancho Patterson.
June ganó el concurso de tiro al blanco por tercer año consecutivo y aceptó el premio con la modestia de quien sabe que no ha sido suerte.
Bram estuvo dos horas en el puesto de los Hollis hablando de cercas y termino en el puesto de Dotty hasta que ella le dijo que ya era suficiente café y se fuera a sentar.
El señor Angler vino con Chester, que saludó a todo el pueblo con el entusiasmo de un perro que lleva meses sin ver tanta gente junta.
Oliver estaba de servicio pero con turno reducido, y cuando terminó a las cuatro se pasó por la feria con el uniforme todavía puesto y encontró a Adaia junto al puesto de los melocotones de los Sully, que eran los primeros de la temporada y tenían esa fragilidad azucarada de las cosas que solo duran lo que duran.
—¿Cómo ha ido el turno? —preguntó ella.
—Sin novedad.
—Bien.
Le ofreció el melocotón que tenía en la mano. Él le dio un mordisco, directo, sin hacer el gesto de cogerlo.
Adaia lo miró.
—¿No podrías haber pedido el tuyo?
—El tuyo estaba aquí.
—Oliver.
Él la miró con esa media sonrisa que todavía le producía exactamente lo mismo que el primer día.
—Cómprame uno y empate.
Adaia compró dos melocotones y le dio uno. Se los comieron de pie, junto al puesto, con el sol de junio cayendo caliente y el ruido de la feria alrededor.
—¿Estás bien? —preguntó Oliver.
—Perfectamente.
—¿El rancho bien?
—El rancho bien. Bram bien. Rosalind bien. Wren está dejando que June se acerque.
—¿Y Rhett?
Adaia lo miró con algo que era satisfacción.
—Rhett fue a buscar a Nora al consultorio el miércoles con flores.
—¿Qué flores?
—No lo sé. Pero Nora me llamó para contármelo, así que fueron las flores correctas.
Oliver terminó el melocotón.
—¿Y nosotros? —dijo, mirándola.
Era la primera vez que lo decía así, en esos términos, con ese plural que lo incluía todo.
Adaia lo miró.
—¿Nosotros qué?
—¿Estamos bien?
Adaia lo pensó. Pensó en octubre y en la barra del diner y en el cristal de la ventana.
En la nevada de noviembre y el Ford clavado en el barro.
En la cocina de Bram y los documentos sobre la mesa y las fotos del buzón.
En el establo a las once de la noche y los dedos que le temblaban.
En enero y el beso de la cocina. En el porche de la cabaña en abril.
En las mañanas de mayo con el sol entrando horizontal y el té ya hecho.
—Sí —dijo—. Estamos bien.
Oliver la miró durante un momento, y luego hizo lo que habría hecho de todas formas aunque hubieran estado en mitad de la calle principal de Harlow Creek en plena feria: la besó, con el sabor a melocotón todavía en la boca de los dos y el sol de junio caliente en los hombros.
Dotty lo vio desde el puesto del ponche y no dijo nada, pero la sonrisa que le salió no la disimulaba nadie.
Bram lo vio desde el banco junto al puesto de los quesos y bebió su café.
Rhett lo vio desde donde estaba con Nora y levantó la mano hacia Adaia en ese gesto que no era aplauso sino algo más tranquilo y más real.
Y Harlow Creek siguió con su feria, con sus melocotones y su ponche y sus perros y su tiro al blanco, como hacía cada junio, como haría cada junio que viniera, en ese ritmo suyo propio que no se parecía al de ningún otro sitio del mundo.