Bajo el abanico Capítulo 6 – La primera caída #4
32%

Capítulo 6 – La primera caída #4

Guardé el abanico bajo la almohada. Esta vez no como escudo, sino como recordatorio de que aún quedaba aire por abrir.

Me dormí escuchando en la memoria no las carcajadas, sino la voz de Nico diciéndome: ‘El escenario es más noble que la plaza’.

Y me prometí que, aunque doliera, iba a comprobar si tenía razón.

El domingo amaneció con cielo de lata y viento caliente. Me desperté con la rodilla tiesa y la risa pegada al paladar. El abanico estaba sobre el escritorio, abierto a la mitad, como si me esperara. Toqué la varilla con el punto violeta. No dolía. Milagro pequeño.

Nico escribió temprano: “Tengo llaves. Bar vacío. 11 am. Trae tenis y agua”. Dudé dos minutos, lo justo para recordar que el eco crece cuando te quedas. Me puse shorts, metí el abanico y salí.

La Cámara de Humo sin público parecía iglesia entre semana.

Olía a madera dormida. Pachuca en la primera mesa con café y su abanico dorado.

Lupita ordenaba un botiquín sobre el tocador.

—Llegó la criatura valiente —dijo Pachuca—.

Eso no se ensaya, y ya lo traes. —Hoy no vengo a caerme —bromeé.

—Hoy vienes a aprender a caerte —corrigió Lupita—.

Y a levantarte en ocho, no en eternidad.

Nico salió con una bocina. Tenía cara de domingo: ojeras suaves y calma.

—Pies primero —dijo—. Sin música. Conoce la tabla: talón, metatarso, peso.

Caminamos el rectángulo una y otra vez. Nico tocaba con la punta del pie cada junta y me pedía sentirla.

“Ahí patina”, “ahí agarra”, “aquí respira”.

Era un mapa nuevo sin teléfono. A la quinta vuelta, la rodilla dejó de quejarse y se volvió brújula maltratada pero útil.

—Ahora abanico. Abrir al pecho no como escudo, sino como decir tu nombre. Cerrar sin pedir perdón. Abrí. Clack. Cerré. Clack. —Otra vez. Tras veinte, el sonido dejó de ser truco y se volvió respiración. La pañoleta roja ponía comas en el aire.

—Vamos con la caída —anunció Lupita, entrando con colchonetas delgadas—.

No vengo por tragedia, vengo por técnica.

Flexionar, cadera atrás, repartir peso, palma firme.

Hicimos “amagues” y “aterrizajes” controlados.

Cada intento desintoxicaba el recuerdo. —Aquí no te humillas —dijo Pachuca—.

Te ensayas. La humillación es accidente cuando no dominas. El ensayo es tu póliza.

Con música, Nico puso un beat lento: ocho de entrada, cuatro de pausa, dos de mirada.

“La mirada sostiene.” Me ajustó omóplatos con dos toques.

Sin avisar, mandó: “Cae”. Caí como me enseñaron.

No fue elegante, pero fue mío. Me levanté en ocho y abrí.

Clack. Los ojos me ardieron por una razón nueva.

—Eso —sonrió—. Ya no es accidente. Es decisión.

Dos niños se asomaron por la puerta con una pelota desinflada. Les regalé un clack chiquito. Aplaudieron tímidos y se fueron corriendo. Tonto y perfecto.

—Te vas a reír de esto un día —dijo Lupita, acomodándome la venda—. Y si no, al menos lo usarás para reírte mejor en escena. —¿Y si no vuelvo? —pregunté. —Entonces te irás después de aprender, no cuando el miedo iba ganando —contestó Pachuca.

Paramos. Pachuca sacó del bolso tacones negros, gastados pero firmes. —Me quedaron chicos. A otra, grandes. A ti quizá te queden como verdad. Me los calcé. Media talla arriba de los del viernes. El pie no se quejó. —Ahí está —dijo Nico—. Ya te reconoció el piso.

Montamos una secuencia mínima: entrada izquierda, apertura, giro corto, pausa de mirada, cierre lateral. Sin saltos, sin chiflón: pura intención. Cuando fallaba, repetíamos; cuando salía, solo respirábamos. El triunfo tímido dura más.

Al mediodía, el proveedor de cerveza abrió la puerta.

Nosotros recogimos colchonetas y cinta, como desmontar escena de crimen.

Mi rodilla lucía un morado redondo. Me tomé una foto, solo para mí.

—Marca de guerra —dijo Nico—. No para presumir: para reconocerte cuando dudes. Lo abracé. No hubo beso. Hubo tiempo.

Salí con una lista en el cuaderno: “pies, mirar aire, caída en ocho, clack sin miedo, hidratación, no leer comentarios”.

Caminé por Barrio Antiguo hasta Morelos.

En una zapatería de liquidación, encontré tacones de segunda, negros mate, con correa misericordiosa.

La señora me hizo precio y me deseó “suerte en su fiesta”.

No corregí. A veces el mundo entiende con palabras equivocadas.

En el Oxxo compré hielos y curitas. Dos chavos vieron mi rodilla y rieron bajito. Alcancé a oír “el del video”. Quise encogerme. Abrí el abanico. Clack. Nadie dijo nada. Salí con la dignidad haciendo equilibrio sobre el hielo.

En casa, el silencio seguía en la sala. Mi mamá miró la rodilla y negó suave.

No dijo “te lo dije”, no dijo “vergüenza”.

Puso una cubeta con agua salada y una toalla limpia.

Mi papá ajustaba una bici vieja en la cochera.

No me miró. Yo tampoco lo busqué. No todavía.

Pensé que a veces el hogar es donde nada se dice y todo se hace.

Por la tarde abrí el cuaderno. Escribí nombres: “Norteña”, “Brasa”, “Sie7e”, “Estrella del Norte”. Ese último me miró desde el papel. Lo subrayé. No lo contaría aún: moneda guardada para antojo, no para deuda. Dibujé dos abanicos cruzados y, sobre ellos, el Cerro de la Silla como pestaña.

Sonó el celular. Número desconocido: enlace al clip con stickers. “¿Eres tú?”. Bloqueé. Luego otro: una tía compartiendo en Facebook “miren lo que me mandaron”. Me helé. Imaginé la telaraña hacia primos, vecinos, mi papá. Cerré la app. Respiré. Casa, ciudad, yo. Abrí el abanico. Clack.

Nico escribió: “Mañana 7 pm, Fundidora. Caminata en plano y luego hielo. Trae los tacones nuevos”. Le mandé foto de la correa. “Hermosos”, respondió con corazón violeta. El mundo se hizo menos grande.

Al caer la tarde subí a la azotea con una silla, el abanico y agua.

Monterrey abajo era un horno que encendía su tablero.

Practiqué clacks al viento hasta aflojar muñeca y mente.

Improvisé la secuencia de la mañana. Imaginé la risa y la dejé pasar como nube.

El vecino salió a tender ropa; me saludó con la barbilla, neutro.

Neutro es un lujo. Le devolví el saludo y seguí.

Antes de dormir, até la pañoleta roja al respaldo de la silla. Quería ese aviso de color: el rojo no solo alarma; también es sangre, labial, salida. Me lavé la cara, acomodé vendas, me metí a la cama sin golpear la rodilla.

Escribí:

“Hoy el bar fue iglesia y gimnasio. Pachuca dijo: la humillación es accidente cuando no dominas; el ensayo, póliza. Lupita domesticó mi caída con colchonetas. Nico me enseñó a mirar el aire. Yo creí que la risa me definía; hoy aprendí que la decisión hace más ruido si le das tiempo.

No sé si pediré la revancha pronto. Mañana caminaré Fundidora con tacones nuevos y miedo viejo, y eso ya es oración.

Si alguien me llama ‘el del video’, abriré. Si aplauden, no me distraigo. Si se ríen, que se rían: mi aire no depende de esa boca.

Firmo: A., el de la caída que se levanta en ocho, el que guarda un nombre entre páginas: Estrella del Norte.”

Apagué la luz. El punto violeta de la varilla pareció brillar un segundo en la memoria. Sonreí en la oscuridad. No había decidido todo, pero había decidido algo: mañana no me escondo. Y cuando el miedo pida pista, le voy a contestar con un golpe limpio: clack.