Capítulo 6 – La primera caída #3
“¡Así se habla!”, gritaron. Violeta miró hacia el lateral. —Criatura, no te me escondas. Escucha: cada golpe de abanico tiene tu nombre si decides quedarte. Asentí. Avancé dos pasos hasta que me vio. Su mirada era abrazo.
La música subió. Violeta bailó con verdad: línea, respiración, escucha. En el puente, se arrodilló despacio, tocó el piso con la palma y lo besó con el abanico. Clack. El bar se vino abajo. No por el truco, por lo que decía.
Al terminar, Pachuca la levantó del brazo como quien alza corona. Las veteranas golpearon abanicos en aire. Veneno aplaudió, correcta, ojos afilados.
El presentador: —Esta casa es de ustedes, pero la construimos todos.
Un aplauso de esos que curan: para la criatura que no se fue; para quien se cae y se levanta; para quien aprende a clackear su miedo.
El aplauso tuvo peso. No me sentí perdonado; me sentí visto.
Me limpié una lágrima que no pidió permiso.
En el camerino, el ruido del bar se hizo algodón. Violeta entró aún con abanico, pero ya era Nico en los ojos. Me extendió agua. —¿La rodilla? —Late. —Entonces está viva. Nosotros también. Reí, al borde del llanto.
—Quiero irme —confesé—. Guardar el abanico en el clóset y fingir que nunca pasó.
—Puedes, y te acompaño si quieres —dijo—.
Pero te cuento: yo me caí la primera y la segunda.
Hasta la tercera no besé el suelo. ¿Sabes qué aplaudieron?
Que regresé. —¿Y si no quiero regresar? —Entonces decide mañana.
No le regales a la risa el poder de decidir por ti. Hoy habla la herida.
Lupita llegó con una cajita de aritos. Me puso uno sencillo en la oreja. —Para que recuerdes que hoy también te adornaste. Las caídas con aretes se sienten menos solas. —Gracias —dije, tocándolo como botón secreto.
Pachuca asomó la cabeza. —A las novatas se les concede una canción de revancha —anunció—. No hoy. Cuando estén listas. Las reglas son mías; la dignidad, de ustedes. —Me la guardo —respondí. —Guárdala y pule el abanico. La próxima, que el piso te bese a ti.
Veneno apareció en el marco, ya sin labial.
—No vine a lastimar —dijo—. Vine a recordar que el escenario muerde.
A veces muerde injusto. —Me miró—. Te reíste de mí la primera vez que me caí.
Yo escuché tu risa. Hoy pagaste. —Pausa—.
Ya quedó. La siguiente caminamos parejo.
—Trato —dije. —Trato —repitió, y se fue dejando perfume dulce.
Toqué el punto violeta de la varilla. Estaba tibio, como al sol. Nico me quitó el hielo. —Mañana vas a presumir ese moretón —sonrió—. Marca de guerra de casa. —Qué glamour. —El verdadero. El que no se ve desde la barra.
Al cerrar, Pachuca reunió a todos en el escenario vacío.
Las luces en modo salida eran menos crueles.
—Gracias —dijo—. Por las risas bien puestas y las que faltan.
Por las caídas que no se esconden. La casa queda abierta para quien entienda que el abanico sirve para darse aire, sí, pero también para abrir espacio al de al lado.
Buenas noches, criaturas. Aplaudimos bajito, como quien cierra una iglesia.
En la puerta lateral, Nico me tocó la muñeca.
—Te prometí que si me vaciaba dijeras mi nombre.
Hoy me tocó decir el tuyo sin decirlo. —Lo escuché —dije—.
Y no me caí más hondo gracias a eso. —Mañana ensayamos —propuso, sin exigir—.
No para repetir, para descubrir dónde pones el peso cuando tiembla el mundo.
Asentí. No sabía si quería volver, pero me gustó tener a dónde ir mientras decidía.
Salimos al callejón. El calor seguía, pero había vientecito de madrugada. Abrí el abanico. Clack. Sonó bajo. Nico abrió el suyo y respondió. Los dos golpes se encontraron en medio. Por primera vez desde la caída, no me dolió el eco.
Caminé hacia la esquina. La rodilla protestó y luego se calló.
El bar quedó atrás con sus luces apagándose.
Guardé el abanico en la mochila, cuidando la varilla con el punto violeta como quien guarda una carta.
No estaba listo para decir “regreso”. Pero ya no decía “me voy”. Por ahora, eso alcanzaba.
La mañana siguiente olía a frijoles refritos y a silencio.
Mi mamá cocinaba con la radio encendida bajito, como si las cumbias pudieran tapar lo que no se decía.
Mi papá hojeaba el periódico en la mesa, dando vuelta a las páginas sin leerlas.
Yo llegué cojeando un poco, con el abanico escondido en la mochila.
La rodilla me dolía menos que el orgullo, pero igual me hacía caminar distinto.
—¿Qué te pasó? —preguntó mi papá, sin mirarme. —Me tropecé en la escuela.
La mentira salió rápido, automática. Nadie discutió. Mi mamá me sirvió huevos con tortilla y los puso frente a mí como quien coloca un escudo. No hubo más preguntas. El silencio se acomodó a desayunar con nosotros.
En el celular ya circulaban videos. Un compañero de la prepa me mandó un clip: yo cayendo de rodillas, el abanico abierto de golpe, el público riéndose.
Lo acompañó con un emoji de payaso. Después llegaron más: comentarios en grupos, frases como “qué oso” o “eso pasa cuando quieren jugar a ser otra cosa”.
No respondí. Apagué el celular y lo guardé en la mochila, junto al abanico.
Sentí que las dos cosas se hablaban entre ellas, burlándose.
Pasé el sábado entero encerrado en mi cuarto.
El eco de las risas me seguía como mosquitos.
Cerraba los ojos y lo escuchaba otra vez: primero el silencio, luego el murmullo, después la carcajada.
Me tapaba los oídos y ahí seguía. Abría el abanico y el clack me parecía un insulto.
Lo cerraba y el silencio era peor. Me tumbé en la cama con las cortinas cerradas, mirando el techo como si ahí estuviera escrita una salida. No había ninguna.
En algún momento, mi hermana tocó la puerta. —Oye, ¿saliste en un video? —preguntó, dudosa. —No es nada. —Se están burlando. —Dijo bajito, como si me protegiera al no gritarlo. No supe qué contestar. Ella me dejó una paleta en el escritorio y se fue. Ese gesto me dolió más que las burlas.
En la tarde, Nico me escribió: “¿Quieres caminar? Macroplaza, seis”.
Dudé. Tenía miedo de salir, de encontrarme con alguien que hubiera visto el video.
Miedo de que alguien me señalara en la calle.
Pero también tenía miedo de quedarme solo con mi eco.
Al final, el segundo miedo ganó. Guardé el abanico en la mochila, me puse sudadera y salí.
El calor de Monterrey bajaba apenas. El cielo estaba pintado de naranja sucio y humo.
La Macroplaza tenía familias, vendedores de elotes, parejitas en bancas.
El sonido de los globos inflados, las burbujas de jabón en el aire, todo parecía tan normal que me incomodaba.
Yo llegué cojeando todavía. Nico ya estaba ahí, sentado en la orilla de la fuente, sin peluca, sin lentejuelas.
Solo él, con camiseta sencilla y tenis gastados.
—¿Cómo va la rodilla? —Terca. —Como debe ser. —Me sonrió leve—. Si no eres terco, no haces drag.
Caminamos despacio. Me contó un chisme del bar para distraerme: que Lupita había perdido una pestaña en medio de un lip y la usó como abanico improvisado. Reí un poco, aunque la risa me salió rota. El aire se sintió menos pesado.
—No sé si quiero volver —confesé, mirando las luces de los edificios.
—Entonces no vuelvas. —Nico se encogió de hombros—.
Pero tampoco decidas en caliente. Las caídas no son finales, son pausas.
El problema es que el público confunde pausa con final.
—Yo también lo confundí. —Pues ahí está tu revancha: enseñarles que no.
Nos sentamos en una banca. Un niño pasó corriendo con un globo y casi se tropieza.
Se levantó rápido, sacudiéndose las manos.
Nadie se rió. Todos siguieron como si nada.
Nico lo señaló con la barbilla. —¿Ves? El mundo no se acaba cuando alguien tropieza.
Nomás sigue. —Pero yo no soy un niño en la Macroplaza.
Yo estaba en un escenario. —Y el escenario es más noble que la plaza.
Te da segundas oportunidades si las buscas.
Me quedé mirando el Cerro de la Silla, que se recortaba oscuro contra el cielo naranja. Pensé en el aplauso tibio que recibí después de caer, en la voz de Violeta defendiendo mi nombre sin decirlo, en el micrófono como espada contra la burla. Sentí un poco de gratitud mezclada con vergüenza.
—La gente ya me etiquetó —dije, bajo—. Soy el de la caída. —Un video no es una biografía. —Nico me apretó la mano—. Hoy eres el de la caída. Mañana puedes ser el del regreso. Nadie controla qué se queda, salvo tú.
Un vendedor ambulante se acercó ofreciendo algodones de azúcar. Compramos uno entre los dos. Nos manchamos los dedos de rosa y reímos como niños. Ese azúcar pegajoso me hizo recordar que todavía había dulzura afuera, incluso cuando dentro todo estaba amargo.
—No tienes que decidir ahora —dijo Nico—.
Nomás no cierres el abanico todavía. Abrí la mochila.
El abanico estaba ahí, doblado. Lo saqué despacio.
Lo abrí. Clack. El sonido rebotó contra las paredes de la Macroplaza y se perdió entre las risas de los niños.
Nadie se burló. Nadie se detuvo a grabar.
Fue solo un sonido más en la ciudad. Eso me calmó.
Caminamos hasta que la rodilla protestó. Me despedí de Nico con un abrazo torpe, sin atreverme a más. Volví a casa más ligero, aunque no del todo. El eco de las risas aún estaba, pero ya no tan alto. Al menos ahora se mezclaba con un clack distinto, uno que había abierto en la plaza sin miedo.
Esa noche escribí en mi cuaderno:
“La risa no me pertenece, pero el abanico sí. Caí, sí. Pero no se cerró el aire. Sigue abierto, aunque tiemble. Quizá la caída es la primera página y no el final.”