Bajo contrato (Dos son mejor que uno nº 2) Gianna
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Bajo contrato (Dos son mejor que uno nº 2)

Bajo contrato (Dos son mejor que uno nº 2)

Por Amber Chase

© inepub.com

Gianna

Quedan catorce segundos en el reloj y mi padre tiene las dos manos apoyadas en el cristal de la suite.

—Vamos —le dice a la ventana entre dientes.

Cuando está nervioso, mantiene la suite del propietario tan fría como una cámara frigorífica, y el aire acondicionado me pone la piel de gallina en los hombros desnudos.

Llevo seda azul marino, el mismo vestido que me pongo en cada primer partido en casa, y en la palma de la mano sostengo en equilibrio un plato de mini sándwiches de brisket que hace tres jugadas olvidé que llevaba.

Setenta mil personas están de pie debajo de nosotros.

A través del cristal, el ruido llega amortiguado y enorme.

Mi madre está a su lado, de lino blanco y con las gafas de sol subidas sobre el pelo. No mira el campo. Lo mira a él, con una mano ya dentro del bolso.

Darius Gaines se coloca abierto a la izquierda.

El número once, la camiseta que puse en una valla publicitaria sobre la interestatal antes de que nadie en esta ciudad supiera pronunciar bien su nombre.

Sacan el balón. Nuestro quarterback se escapa hacia la derecha, gana un segundo, gana otro y lanza el balón hacia tres camisetas blancas de Denver al fondo de la zona de anotación.

Darius salta en medio de todos ellos.

Uno lo golpea por arriba. Otro, por abajo. Cae de espaldas bajo dos cuerpos y, durante un largo segundo, nadie en el estadio sabe qué ha ocurrido.

Entonces el árbitro levanta los dos brazos en alto.

La suite estalla. Mi padre se gira desde el cristal con lágrimas que le corren hasta la barba gris y me abraza con tanta fuerza que dos mini sándwiches se aplastan contra mis costillas. Huele a bourbon y al puro del descanso que le juró a mi madre que no se fumaba.

—Ese es nuestro chico —dice contra mi pelo—. ¿Has visto cómo lo ha agarrado, cariño?

—Lo he visto, papá.

Mi madre le tiende una servilleta de cóctel. Él la coge sin mirar y se seca la cara mientras media suite hace cola para darle palmadas en la espalda.

Dejo el plato en la barra, doy unos toques a la salsa barbacoa que se está filtrando en el vestido y luego me rindo, porque el tiempo muerto está a punto de llegar. Sé qué sale en la pantalla gigante durante este tiempo muerto. Compré yo el espacio.

Vuelvo hasta el cristal y alzo la vista hacia el marcador.

Es Darius en la cocina de su abuela, en el sur de Dallas, comiendo cereales de pie junto a la encimera, en pantalón corto de entrenamiento, mientras Miss Ruby le lee las estadísticas del partido en el periódico, con las gafas de leer puestas y una bata estampada de limones.

No hay música, solo su voz. Después, sobre la ventana de la cocina, se elevan unas letras doradas: Marshals Monday.

Lo grabé en su cocina de verdad, con un equipo de cuatro personas, y ella los obligó a desayunar a todos antes de empezar.

Setenta mil personas se ríen al mismo tiempo. Después vitorean, y lo siento subir por las suelas de los tacones.

Cuatro años de mi trabajo, ahí arriba, en una pantalla del tamaño de un edificio.

Algo me hace volver la cabeza.

Al fondo de la suite, un hombre está apoyado en la pared, junto a la puerta, con un vaso de algo transparente en la mano.

No se ha separado de esa pared en todo el rato que la sala ha estado dando saltos.

Traje oscuro, sin corbata, camisa blanca abierta en el cuello.

Pelo oscuro, corto a los lados, y una sombra en la mandíbula que mantiene exactamente a esa longitud a propósito.

Roman Lockwood no mira el marcador. Me mira a mí.

Sé que está aquí desde la primera parte, cuando entró con dos primos de Darius y mi padre dijo esa serpiente de Odessa lo bastante alto como para que lo oyera el camarero. Llevo dos horas esquivándolo, siempre al otro lado de la sala. Se me ha dado tan bien que casi he olvidado por qué.

Hace dos años, en la escalera de un hotel de Nueva Orleans, me besó hasta que fui incapaz de recordar mi propio número de teléfono. Entonces el móvil me vibró con el nombre de mi hermano. Roman se apartó, dijo vete y nunca llamó.

Ahora alza el vaso hacia mí, un centímetro, no más. Sus ojos bajan hasta la salsa del vestido y vuelven a mi cara. No sonríe.

Me vuelvo de nuevo hacia el cristal y observo al equipo de saque inicial salir al campo.

—Te está mirando —dice Camille a mi lado.

Me planta en la mano una copa de champán fría sin preguntar. Es mi mejor amiga desde que teníamos dieciocho años y compartíamos una habitación de residencia del tamaño de un armario en la SMU. Esta noche lleva un mono rojo y un pintalabios color baya oscura que nunca le había visto.

—¿Color nuevo? —pregunto.

—No cambies de tema. El de la puerta. Tiene pinta de ir cobrando deudas. —Da un sorbo y me observa por encima del borde de la copa—. Se termina la copa cada vez que te ríes. Llevo la cuenta.

Doy un trago largo de champán. Me quema un poco al bajar.

—Hay historia —digo.

Camille gira todo el cuerpo hacia mí.

—¿Hay qué?

—Luego.

—¿Tienes una historia con un hombre así y me entero en un partido de fútbol americano? —Me rodea la muñeca con la mano—. Vale, pero dime qué llevaba puesto. En la historia.

—Camille.

—Necesito imaginármelo.

—Luego —repito, porque mi padre está golpeando la copa con un tenedor al frente de la sala.

Todo el mundo se vuelve. Está de pie con el campo iluminado a su espalda, la corbata floja y la cara todavía sonrosada.

Mi hermano Rhett está a su derecha, con los brazos cruzados sobre el traje azul marino: el director general más joven de la liga, con la mandíbula de mi padre y la paciencia de mi madre.

A su izquierda está Everett Langston, el presidente del equipo, veinte años codo con codo con mi padre, con el pelo plateado, gafas sin montura y una voz tan suave que hay que inclinarse hacia él para oírla.

—Seré breve —dice mi padre—. No lo seré, pero lo intentaré.

La sala se ríe. Da las gracias a los entrenadores y a la ciudad. Le da las gracias a Darius por haberle provocado casi un infarto, y después me encuentra entre todas esas cabezas y sonríe tanto que se le cierran los ojos.

—Y a mi hija —dice—, que ha conseguido que toda esta ciudad se enamore de un chico que come cereales en la cocina de su abuela.

La gente se vuelve y aplaude. Levanto la copa y les dedico la sonrisa que tengo desde los doce años, la que reservo para los fotógrafos, los donantes y los socios de mi padre.

—Everett tiene noticias —dice mi padre, y da un paso atrás.

El señor Langston junta las manos delante del cuerpo.

—Este verano hemos creado un puesto nuevo —dice con esa voz suave—. Vicepresidente de Marca. Alguien que coja lo que hemos construido y lo convierta en algo nacional.

Dejo la copa de champán en el alféizar antes de que nadie me vea la mano.

Ese es mi puesto. La propuesta la redacté yo este verano: cuarenta páginas, con presupuesto, un plan a cinco años y una maqueta de campaña nacional. Hace dos días Rhett se quedó en el umbral de mi despacho y me dijo que se lo seguía pensando. «Ten paciencia, Gi. Déjame ocuparme de esto».

—Me complace anunciar —dice el señor Langston— que Trevor Haines se incorpora desde Houston como nuestro primer vicepresidente de Marca.

Un hombre que está junto a la barra levanta la mano. Cerca de los cuarenta, un traje azul tirante en los hombros, los dientes muy blancos. La gente empieza a aplaudir.

No lo he visto en mi vida.

Los aplausos siguen a mi alrededor. Al fondo de la sala, junto a la barra, Dalton Maddox es la única persona, aparte de Camille y de mí, que no aplaude. Me mira directamente, con la cerveza detenida a medio camino de la boca, y la baja despacio.

Camille entrelaza los dedos con los míos, a mi lado, y aprieta hasta que los anillos se me clavan. Mi padre también aplaude. Mira a Trevor Haines, después a Rhett y luego a mí, y lo veo caer en la cuenta de que yo no lo sabía. Las manos se le van frenando.

Mi hermano no aparta la vista del hombre de Houston.

Vuelvo a coger la copa de champán y la levanto.

—Bienvenido a Dallas —digo, lo bastante alto para que se oiga. La sala ríe, aliviada, mientras bebo.

Después dejo la copa en la barra, cojo el bolso de mano y salgo del palco.

El pasillo de servicio que hay detrás de los palcos huele a aceite de freidora y a champú para alfombras.

Llego a la pequeña despensa del catering, donde guardan el hielo de reserva, antes de que empiecen a escocerme los ojos, y me apoyo de espaldas en el acero frío de la máquina de hielo, respirando por la nariz.

La puerta se abre a mi espalda.

—Gi.

Rhett deja que se cierre y empieza a remangarse: primero un brazo, después el otro. Siempre lo hace antes de una conversación difícil.

—Hace dos días me dijiste que te lo seguías pensando —digo.

—Y era verdad.

—¿Te estabas pensando decírmelo antes de que Everett lo anunciara ante cuarenta personas?

—Iba a decírtelo después del partido. No sabía que lo iba a soltar durante el brindis de papá. —Se pasa una mano por la cara y la deja caer—. Llevó la marca de Houston durante seis años, Gi. Sabe lo que hace.

—Yo también.

—Sé que sí. —Se acerca y baja la voz, aunque aquí dentro lo único que hay, aparte de nosotros, es la máquina de hielo—.

Si te doy ese puesto, todo el que trabaje en este edificio dirá que te lo dio papá.

Todos en esta liga. Te pasarías la vida intentando demostrar que te lo has ganado, y nunca lo conseguirías.

Aquí, no. No con nuestro apellido en el estadio.

Odio que tenga razón. Los ojos me escuecen más.

—Entonces nunca lo conseguiré —digo.

—De mí, no. —Lo dice en voz baja—. De esta familia, no.

Mi hermano me enseñó a conducir. Condujo cuatro horas bajo una tormenta de hielo, en mi penúltimo año de instituto, para sacarme de donde estaba con un chico que me había tirado el móvil contra la pared.

Me quiere más que casi nadie en el mundo, y acaba de decirme que no puedo tener lo único que quiero por culpa de mi apellido.

Doy dos golpecitos con las uñas en el acero que tengo detrás.

—Entonces se lo conseguiré a otro —digo.