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Y entonces desaparece, engullida de nuevo por la multitud, dejando a Erin sola de pie con su ginebra a medias y el peso aplastante de su propia incompetencia social.
Erin cierra los ojos y se aprieta contra la frente el vaso frío y sudoroso. «Idiota», piensa. Una mujer preciosa le ha servido la oportunidad perfecta en bandeja, y Erin ha respondido levantando un muro de balbuceos y excusas.
Por eso precisamente borró todas las aplicaciones de citas del móvil.
Es capaz de escribir una bio ingeniosa y misteriosa.
Es capaz de mandar mensajes encantadores desde la seguridad de su sofá.
Pero en cuanto la interacción pasa al mundo real, su cerebro pulsa el botón de emergencia y pierde la capacidad de comportarse como una adulta funcional.
De la docena aproximada de citas espantosas de apps que se había obligado a aguantar en los últimos años, solo había pasado de la primera cita exactamente dos veces.
En ambas ocasiones, sospecha que las mujeres le tuvieron lástima, igual que Anya con su apretón de hombro compasivo.
Erin no sabe cómo salvar la distancia entre estar interesada y actuar en consecuencia sin sonar como si estuviera prestando declaración ante un juez.
Mira el móvil. Las 20:43. Lleva aquí dieciséis minutos. Eso cuenta, ¿no?
Se termina la copa de tres tragos largos; la ginebra le abrasa la garganta, como si quisiera quemar la humillación. Misión cumplida. Retirada a la base.
Se baja del taburete con intención de ir hacia la salida, pero la multitud ha crecido. Una despedida de soltera le bloquea el paso hacia la puerta. Cuando nota la garra familiar de la claustrofobia, Erin se escabulle por el pasillo que lleva a los baños para recuperar el aliento.
Aquí hay más silencio. Las paredes están empapeladas de pegatinas y carteles. Bandas que buscan batería. Paseadores de perros. Recitales de poesía.
Y justo a la altura de los ojos, clavada en el tablón de corcho, hay una postal brillante.
SAPPHIC SPEED: Edición San Valentín
Erin se acerca. El diseño es elegante, texto minimalista sobre fondo de terciopelo.
¿Cansada de las apps? ¿Odias el ruido? Déjanos encargarnos de la logística. Un evento de citas rápidas seleccionado para mujeres que quieren más que un mensaje de «¿estás despierta?». Estrictamente verificado. Emparejamientos de expertos. 14 de febrero, 19:00 h, Hotel Sterling.
Suena a entrevista de trabajo para el romance.
Pero también suena estructurado. Controlado. No como el desastre con Anya, donde se suponía que tenía que ser encantadora de forma espontánea, sin preparación ni estrategia de salida.
Las citas rápidas tienen reglas. Límites de tiempo. No puedes enrollarte demasiado porque una campana te salvará. Y si la cosa sale fatal, bueno, nadie la conoce aquí. Puede fracasar estrepitosamente y volar a casa el sábado, dejando la humillación en una ciudad que no volverá a pisar.
Podría ser práctica, una manera de recordar cómo hablar con mujeres sin riesgo de que le explote el cerebro. Cuando vuelva a Ohio, quizá haya aprendido algo. Quizá tenga una historia que no sea «me escondí en la habitación del hotel».
Erin echa un vistazo alrededor. Nadie la observa. Alarga la mano, arranca el cartel del tablón, lo dobla y se lo mete en el bolsillo como si estuviera robando secretos de Estado.
De vuelta en la seguridad de su habitación de hotel, el silencio la envuelve. Erin se quita las botas, se sienta en la cama y saca el folleto arrugado del bolsillo.
Tiene un código QR.
En su teléfono se abre una web sorprendentemente elegante para algo anunciado en un tablón de corcho junto al cartel de un hurón perdido.
Sapphic Speed: El Formulario de Admisión.
Bienvenida, dice la pantalla. No creemos en la aleatoriedad. Creemos en los datos. Para asegurar tu plaza, responde el siguiente cuestionario con honestidad. Usaremos tus respuestas para clasificarte en tu cohorte de compatibilidad.
—Cohorte de compatibilidad —murmura Erin—. Es como Hogwarts para lesbianas.
Toca «Comenzar».
Pregunta 1: Un domingo por la mañana, ¿subes una montaña, tomas un brunch con seis amigas o lees en silencio?
Sin dudarlo: leer en silencio. Preferiblemente con té. Posiblemente mientras finge que el mundo exterior se ha cancelado.
Pregunta 2: ¿Cuál es tu relación con el conflicto? A) Gano. B) Medio. C) Lloro en la ducha después.
Erin resopla y toca la C. Luego se pregunta si debería haber mentido. ¿Es «llora en la ducha» una señal de alarma? Ya es demasiado tarde.
Las preguntas continúan. Son extrañamente específicas, como si alguien hubiera contratado a una terapeuta entrometida para escribir una app de citas. ¿Cómo tomas el café? ¿Qué fue lo último que te hizo enfadar? ¿Crees en las almas gemelas o crees en el trabajo duro?
Erin responde con sinceridad: café solo, gente que no devuelve los libros a su sitio en la biblioteca, y trabajo duro con pensamiento mágico ocasional.
Luego vienen las raras.
Pregunta 24: ¿Cuál es tu opinión sobre la avena salada?
Erin frunce el ceño mirando el teléfono. ¿Quién come avena salada? ¿Qué clase de monstruo le pone queso a la avena? Si dice que le gusta, ¿la emparejarán con hipsters que hacen su propia leche de almendras y hablan de «sensación en boca»? Si la odia, ¿es de mente cerrada?
Neutral/Sin Opinión. Seguro. Suiza. Su estrategia para cualquier reunión de trabajo o discusión.
Pregunta 31: ¿Qué opinas de la astrología? A) Es real y planeo mi vida en torno a ella. B) Es divertida pero no significa nada. C) Es una estafa diseñada para vender velas.
Erin mira fijamente las opciones. No cree en ello, pero tampoco quiere que la emparejen con mujeres que tienen cortinas de ducha con la tabla periódica.
Pregunta 40: ¿A qué le tienes miedo? (No a las arañas. A lo de verdad.)
Erin deja el pulgar suspendido sobre el cuadro de texto. Podría mentir. Podría escribir algo gracioso: quedarse sin snacks o la muerte del universo. Algo que demuestre que puede bromear sobre la mortalidad.
Pero piensa en el bar ruidoso y en la sonrisa amable y compasiva de Anya. Piensa en volver a Ohio y decirles a sus amigas que Chicago fue «agradable» y «ventosa» y nada más, y luego pasar otro año siendo la persona a la que invitan por obligación.
Escribe: Tengo miedo de ser demasiado callada para que alguien se fije en mí, y de que si alguien finalmente lo hiciera, no sabría qué decir.
Se le encienden las mejillas mientras lo relee. Esto es el tipo de cosa que se supone que le cuentas a una terapeuta después de seis meses ganándote su confianza, no a un algoritmo gestionado por desconocidos que probablemente venden sus datos a empresas de publicidad dirigida.
Deja el pulgar suspendido sobre eliminar. Pero entonces piensa: ¿Qué es lo peor que podría pasar? Ya ha hecho el ridículo una vez esta noche. Mejor ser consecuente.
En la parte inferior del formulario está el botón ENVIAR SOLICITUD, todo en mayúsculas, gritándole que se decida.
—Es un algoritmo —susurra—. Nadie lee esto.
La pantalla se queda en negro (¿habrá roto algo?) y luego destella en blanco.
Gracias, Erin. Hemos recibido tu solicitud. Nos pondremos en contacto pronto.