Capítulo 4
Mansión Les Ibis, Foisic El clima es fresco y tonificante, típico de bretona… Es decir, llueve a cántaros y hace un frío glacial. ¿Cuándo volverá el buen tiempo?
Por suerte, los hermanos Prigent no mintieron: su pintura es realmente inodora. Menos mal, porque es imposible abrir las ventanas.
Se avecina otro día tormentoso. Por suerte, no tendré que aguantar a Étienne y Lucien.
Han decidido tomarse un descanso. Tras pasar la mañana recogiendo lo que dejaron, disfruto de un almuerzo tranquilo.
Corentin, invitado habitual en mi mesa, no ha aparecido.
A mi perro no le ha hecho ninguna gracia.
—No pongas esa cara tan triste, cariño —le digo cuando suspira por enésima vez—. Pronto verás a tu querido Corentin.
Con el hocico apoyado en las patas delanteras y las orejas gachas, ignora su cuenco de croquetas de ternera Happy Pooch, sus favoritas. Amenaza depresión. La situación es grave.
Mi adorable teckel de pelo corto marrón y canela pronto cumplirá doce meses.
Si aplicamos el método de multiplicar la edad del perro por siete para calcular su equivalente humano, tiene casi la misma edad que Corentin, que tiene ocho años.
Quizás por eso se han vuelto inseparables.
Rimbaud solo consigue dormirse con algo que huela al niño.
Corentin prácticamente se ha mudado con nosotros. No pasa un día sin que venga a vernos.
Cuando termino de almorzar, suena el timbre. Al ver cómo mi perro se anima, menea la cola y chilla de alegría, deduzco que nuestro invitado sorpresa no es otro que Corentin. Puedo abrir la puerta sin riesgo de encontrarme con alguien indeseable.
En efecto, ahí está el niño en el porche, vestido de forma bastante extraña. Además de su chubasquero amarillo brillante, lleva una mochila grande, botas de goma azules y un casco de bicicleta con linterna frontal del que asoman mechones de pelo rojo. Aunque no ha venido en bicicleta.
Rimbaud lo recibe como a un héroe que regresa victorioso de la guerra.
Ante estas muestras de júbilo, el sobrino de Alban esboza una sonrisa que arruga las comisuras de sus ojos de un verde desvaído.
¡Pobre niño! Tan joven y ya cargando con una profunda tristeza.
La pérdida de sus padres lo ha marcado profundamente.
—Entra, Corentin —le digo—. No te quedes bajo la lluvia.
Me hago a un lado para dejarlo pasar. Rimbaud, loco de contento, da brincos a su alrededor.
—Tenemos que volver —declara muy serio, sin quitarse el equipo—. Es marea baja.
—Me apetece dar un paseo por la playa. Pero ¿qué tal si antes comemos unas crepes de chocolate?
—No, gracias. No tengo hambre. Y no quiero salir; han anunciado tormenta. Tenemos que volver a la cueva.
Ni hablar. Si su tío o Sylvie, su abuela, se enteraran de que estoy poniendo en peligro a su pupilo, me retorcerían el cuello. No es que explorar los túneles sea arriesgado, pero no quiero tentar a la suerte.
—Aunque quisiera volver, no podría llevarte —explico con tono de pesar.
—Queda tanto por descubrir. Sería un error no volver.
—La cueva ya no guarda secretos —explico con suavidad—. Lo sabemos todo sobre ella. En cuanto al galeón, lo has explorado a fondo. No nos revelará nada más.
—Te equivocas, Jade —se acalora el niño y da una patada en el suelo—. Es justo lo contrario. Y puedo demostrarlo.
Mi perro me ladra, como si quisiera darle la razón al niño.
—Cálmate, Rimbaud —lo regaño.
—Los adultos sois todos iguales —murmura Corentin—. Nunca escucháis a los niños.
Deja caer la mochila al suelo. Mientras hurga en ella, aprovecho para quitarle el chubasquero empapado y el casco.
—¡Ah, aquí está! —exclama triunfante, y Rimbaud ladra.
—¡Rimbaud, silencio!
Da un salto como un diablillo de caja de sorpresas y blande un libro encuadernado en cuero rojo.
—Aquí dentro, el autor habla de la cueva y del galeón —continúa—. Nos enseña muchas cosas.
Cojo el objeto que me tiende y lo examino. Lleva el título Donde todo termina , el número romano I y las iniciales T.A. en pan de oro. Lo hojeo. Numerosas ilustraciones acompañan el texto.
—Esto es un cuento infantil, fruto de la imaginación de un escritor —observo con escepticismo—. Una obra de ficción nunca se corresponde con la realidad.
—Léelo. Ya verás cómo tengo razón.
—Vale, pero antes…
Hago una pausa y le señalo con la mirada sus zapatillas de siempre. Vuelve a ser el niño bien educado de siempre y se las pone antes de fijarse en la cómoda de la entrada.
—¿Quieres mudarte? —pregunta alarmado tras coger el folleto que me dejó ayer el buitre inmobiliario.
—No. Rimbaud y yo no pensamos irnos de Foisic —lo tranquilizo—. Es solo un anuncio sin importancia. Déjalo y sígueme.
Asiente y me sigue. Rimbaud trota tras nosotros hasta la cocina. Nos sentamos a la mesa. Espero a que Corentin ataque las crepes de chocolate que le he servido antes de ponerme a leer el libro por encima.
En un silencio solo roto por ruidos de masticación —Rimbaud también ha decidido comer—, paso las páginas.
A medida que desfilan ante mis ojos, un escalofrío me recorre la espalda.
Es difícil de creer. Esta historia guarda similitudes asombrosas con el mundo real.
Los dibujos que la acompañan son sorprendentemente realistas.
Cuenta la historia de dos niños —Alban y Jade— que se mudan con sus padres a un pueblo costero de bretón. ¡Dios mío! Alban y Jade: ¿de dónde habrá sacado el autor estos nombres? El mío… y el de nuestro Alban.
Su nuevo hogar guarda un parecido sorprendente con la mansión Les Ibis y se llama Les Hérons . Si tenemos en cuenta que el ibis es un ave zancuda de cuello largo de la misma familia que la garza, ¡da que pensar!
Nada más comenzar la historia, los niños se lanzan a una aventura trepidante.
Tienen que resolver numerosos acertijos para conseguir llaves.
Llaves que les permiten abrir las puertas que los separan de una cueva oculta bajo su casa.
Una cueva idéntica a la mía. Iluminada por mil luciérnagas y con un barco pirata flotando en sus aguas oscuras.
—¿Dónde encontraste esto, Corentin? —pregunto con la voz hueca.
—En unas cajas viejas... Saqué el volumen 1 de la biblioteca municipal el año pasado.
Justo días antes de que los gendarmes recuperaran los cuerpos de mis padres.
Se me había olvidado que lo tenía hasta esta mañana.
Nos llegó un aviso de devolución. Mi abuela y yo buscamos el libro por todas partes. Estaba entre las cosas de mi madre.
¡Dios mío! Habla de la desaparición de sus padres con una indiferencia pasmosa.
Yo, en su lugar, me habría echado a llorar.
Ni un atisbo de emoción asoma a su rostro juvenil, y eso que el accidente que lo dejó huérfano ocurrió hace apenas un año.
Por aquel entonces, sus padres buscaban el tesoro de Foisic cerca del acantilado.
La marea creciente los atrapó y se ahogaron.
La compasión que siento por este pobre niño queda en suspenso ante el contenido del libro. Así que vuelvo a centrar mi atención en sus páginas.
—¿Le has enseñado esto a tu tío? —sigo indagando.
—No. Últimamente no lo veo mucho. Está muy ocupado.
—¿Ocupado con qué?
Se encoge de hombros mientras traga un bocado de su crepe.
—Cosas de adultos —murmura con la mirada clavada en el plato—. Prefiero no meterme.
Tengo una vaga idea de lo que distrae tanto a Alban.
Clara... Angadrem... una u otra, quizás incluso las dos, le están acaparando todo el tiempo.
¿Acaso no está metido en el Sueño Bretón las veinticuatro horas del día?
¡Que conste que no estoy celosa! Pero imaginarlos tonteando me revuelve el estómago.
—¿Conoces a la autora? —añade Corentin, señalando el libro con un dedo manchado de chocolate.
Vuelvo a prestar atención a la conversación.
—Thalia Axle —pronuncio—. Nunca he oído hablar de ella.
—En internet dicen que solo escribió una duología. Donde Todo Termina . Los dos volúmenes se publicaron en 1997. Tú no habías nacido entonces.
—¡Pues sí que había nacido! Tenía tres... no, dos años.
—Así que ahora tienes veintiséis. Y como Alban tiene veintiocho, él tenía cuatro en 1997 —concluye Corentin con autoridad.
—Exacto. ¿Nunca te han dicho que es de mala educación revelar la edad de una dama?
—No eres vieja. No te vas a morir todavía, tranquila.
—Gracias. ¡Qué tranquilidad! —refunfuño.
Después cojo el móvil y tecleo el nombre de la autora en el buscador.
La información que me ha dado Corentin resulta ser correcta.
Intento averiguar más. En vano. No hay ninguna fotografía de Thalia.
Su biografía se reduce a «Escritora francesa».
Cuántos misterios rodean a esta mujer. Me pregunto si. ..
Siguiendo un impulso repentino, busco el nombre de pila.
Descubro que Talía es una de las tres Gracias de la mitología romana.
Estas diosas encarnan la intensidad y la exaltación de la vida.
Talía personifica la abundancia; Eufrósine, la cumbre de la alegría; y Aglaia, la belleza deslumbrante.
Aglaia... Vaya, ¡no me lo esperaba! Debo de haberlo dicho en voz alta, porque Corentin responde de inmediato.
—Thalia Axle es un seudónimo, seguro. En realidad, es tu tía abuela quien se esconde detrás.
Se levanta de golpe de la silla y corre al fregadero a lavarse las manos. Luego vuelve a sentarse y teclea furiosamente en el móvil. Intrigada, lo observo.
—¡Lo tengo! —exclama, provocando una ráfaga de ladridos—. Axle... es una barra conectada al centro de un objeto circular, como una rueda... Veo que puede ser parte de un bissel.
—¡Increíble! —exclamo, captando la alusión al instante.
—Aglaia Bissel, ese es el nombre de tu tía abuela, ¿verdad?
Asiento con la cabeza. Así que Aglaia Bissel y Thalia Axle son la misma persona.
Dirijo la mirada hacia la cristalera y miro afuera.
La tormenta ha arreciado. Una cortina de lluvia, azotada por vientos violentos, impide ver el jardín.
¡Este niño es un genio! Me siento tan tonta a su lado.
Aun así, no creo que pueda explicar por qué mi tía abuela nos eligió a Alban y a mí como héroes de su historia.
—¿Has leído el final? —pregunta Corentin, interrumpiendo mis pensamientos.
Bajo los embates de la tormenta, las paredes de mi mansión vibran. Temblando yo también, paso al último capítulo. Hay una ilustración del galeón. A diferencia de nosotros, los niños de la novela no encontraron ningún tesoro en la cabina del capitán.
Mientras el niño salta en la cama como un loco, la niña se sienta a una mesa abarrotada de rollos de mapas náuticos. Con el ceño fruncido, los examina largo rato.
—Es extraño. Hay un pasaje que lleva al fondo de la cueva —murmura.
—¡Déjame ver! —exclama su hermano.
Se acerca a ella en un segundo y le arrebata el mapa de la cueva. Discuten. El mapa cae y rueda bajo la mesa. Los dos se tiran al suelo a por él.
Pero cuando el niño se levanta, mapa en mano, se da un golpe en la cabeza con la parte de abajo de la mesa, lo que hace reír a su hermana.
En realidad, ha chocado con un tablero de ajedrez pegado a la madera.
Los niños unen fuerzas para despegarlo. Ya reconciliados, se sientan en la cama y lo estudian más de cerca. Un dibujo ilustra la escena.
—¿Has visto? Las piezas se sostienen solas —comenta Corentin, estirando el cuello para ver mejor el libro.
—Ya lo he visto. Parece que están imantadas.
—Son dioses del antiguo Egipto.
—Espera, déjame seguir leyendo. Ya casi he terminado.
Paso la página. La última. Los niños deciden echar una partida de ajedrez.
Se describe con muchas imágenes, así que puedo seguir su progreso.
El niño adelanta un peón blanco dos casillas.
La niña lo imita con un peón negro, lo pierde y avanza otro en la columna de al lado.
Finalmente, el hermano desliza la reina en diagonal hasta el borde del tablero.
—¡Jaque mate! —gritan a la vez el chico de la historia y Corentin.
A un lado del tablero de ajedrez, se ha abierto un cajón. Dentro hay una llave. En el mango tiene grabada una cabeza de león.
—Estoy seguro de que este juego existe y nos está esperando en la cueva —continúa Corentin.
—Valdría la pena comprobarlo. ¿Cuándo es la próxima marea baja?
Apenas puedo creer que haya sido yo quien ha dicho esas palabras. Pero la curiosidad, como un monstruo insaciable, me devora. Necesito saber. Ver con mis propios ojos si es una invención o la verdad.
—A las tres y media —responde Corentin con una sonrisa.
—Son las tres y trece. Vale, vamos.
—¡Yupi!
—¡Guau!
Después de todo, no arriesgamos nada. Y no tardaremos mucho.