Azul era el destino (Proyecto Azul 1) CAPÍTULO 17 — NOS ESTÁN MIDIENDO
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CAPÍTULO 17 — NOS ESTÁN MIDIENDO

—Ni se te ocurra.

No levantó la voz. Tenía la cara tensa y la mano medio abierta, con la postura de quien ya ha calculado dónde poner el cuerpo si algo sale mal.

Con Mateo proteger y ponerse en medio eran casi lo mismo.

Siempre habían sido casi lo mismo, y aquel era el problema.

Lo agradecía. Ese era precisamente el problema.

Porque no iba a seguir siendo la parte de la escena que otros apartaban.

Lo hacía desde antes de conocerla. Una madrugada, con diecisiete años, había empujado una puerta de ascensor con el pie mientras su hermano pequeño lloraba detrás y su padre caía en el rellano, azul de falta de aire.

No salvó a nadie de verdad; solo consiguió que el niño no viera el final.

Desde entonces, cuando algo se rompía delante, Mateo ponía el cuerpo primero y pensaba después.

Desde entonces no se preguntaba si debía meterse: entraba antes de volver a oír a alguien caer detrás de una puerta.

—Apártate.

Mateo no se movió.

—No vas a entrar sola.

—No te lo he pedido.

—Ya.

Esa respuesta la enfadó más que una discusión.

Porque Mateo sabía que ella iba a entrar.

Lo sabía e igual intentaba ganar unos segundos.

No para detenerla. Para estar allí cuando se rompiera.

Clara apareció detrás, con Nerea aferrada a su cadera.

La fiebre había dejado a Nerea cenicienta, los labios partidos, la mirada brillante mal.

Aun así, leyó la puerta. Leyó la frase. Después miró a Luján detrás del cuerpo de Mateo.

—Lu.

—¿También tú?

Clara se tragó lo que iba a decir. Tenía el pelo pegado al cuello y una sombra sucia en la manga.

—Sobre todo yo.

Isaac no miraba a Luján. Revisaba el marco, la junta superior, el suelo.

—No hay cable visible —dijo Isaac.

Mateo se quedó quieto, muy cerca de Luján, sin taparla del todo.

—¿Eso es bueno o malo?

—Eso es que no está pensado para abrirse desde aquí.

Isaac se agachó, pasó dos dedos sin tocar del todo por la línea inferior del cristal y se detuvo en una ranura estrecha, casi invisible, junto al suelo.

—Ha reconocido algo.

—A ella —dijo Clara.

Luján no apartó la vista de la sala. La silla seguía allí, sola, calculada, centrada con una intención incómoda.

Una silla no debería parecer culpable. Aquella lo parecía.

O quizá era la forma en que la habían colocado: bajo una luz blanca, sin mesa, sin nada que permitiera fingir que alguien se sentaba allí por voluntad propia.

—No solo a mí —dijo.

Mateo giró apenas la cabeza.

—¿Qué?

Luján miró la pantalla congelada. Jan sentado hacía minutos. Jan mirando hacia una puerta. Jan obedeciendo una voz que quizá no estaba allí o que quizá llevaba años metida donde no debía.

—A mí entrando. A vosotros intentando impedirlo. A Clara diciendo que no. A Nerea aguantando de pie cuando no puede. A Damián mirando al suelo.

Damián bajó los ojos antes incluso de que terminara.

—Lu —dijo Clara.

—No nos están abriendo puertas. Nos están poniendo delante de ellas.

Luján se agachó antes de dar un paso. No tocó la silla ni el cristal. Miró la base de la puerta, la ranura inferior, los puntos negros escondidos entre las placas del techo. Si aquello era una prueba, no iba a hacerles el favor de cruzarla limpia.

—Primero miramos cómo está hecha —dijo. La voz le salió fea, práctica. Mejor así.

El zumbido de la sala pareció subir un tono. O quizá fue su cabeza. Isaac se quedó quieto.

—Eso encaja con un horror casi físico.

—¿Con qué? —preguntó Mateo.

Isaac no respondió enseguida. Se puso de pie con cuidado, como si un movimiento rápido pudiera activar algo.

—Con los protocolos de respuesta.

Damián cerró los párpados.

—No fue eso.

Luján lo oyó. Ese no, dicho así, no sonó a negación; sonó a recuerdo.

—Habla —dijo.

Damián apoyó la espalda en la pared. Tenía la cara cenicienta, la boca seca, la sangre extendiéndose bajo la ropa. Parecía un hombre a punto de caerse, pero seguía mirando la sala como si dentro hubiera algo peor que el dolor.

—Aquí no querían saber si aguantabas —dijo—. Eso era lo fácil de escribir.

Clara soltó una risa rota, mínima.

—La parte que no ensucia a nadie.

—La que se podía archivar sin que nadie vomitara.

Nerea tragó saliva.

—¿Y la otra?

Damián miró a Luján. No a todos. A ella.

—A quién soltabas primero cuando empezaba a doler.

Durante un segundo nadie supo qué hacer con esa frase.

Luján notó el suelo bajo los pies, duro, inmóvil.

Pensó en Carmen en Sant Pere, en la llamada que Clara seguía sin resolver, en Jan sentado en una silla blanca, en Mateo plantado delante de ella, en Nerea aguantando de pie como podía.

Aquello no cabía en una idea: era elegir a quién dejabas atrás y luego seguir respirando como si no hubieras elegido.

—Nos han traído aquí por eso —dijo Luján.

Mateo hundió la mano contra el muslo.

—Nos han traído aquí para separarnos.

—También.

—Para que entres sola.

—También.

Clara dio un paso hacia ella.

—Entonces no entres.

Luján sostuvo su mirada. La respuesta fácil era no entrar.

La sensata quizá también. Quedarse fuera, romper la silla, quemarlo todo, sacar a Nerea, llevar a Clara a Sant Pere, dejar a Jan convertido en una imagen temblorosa de hacía minutos.

Volver a una vida que ya no existía fingiendo que el miedo era prudencia.

Pero el sistema no le estaba preguntando si tenía miedo.

Le estaba preguntando qué hacía con él. Eso era lo que medía.

No su código. No su nombre. No su sangre. La decisión.

Luján entendió entonces la trampa completa y, con ella, algo peor: que saber que era una trampa no la sacaba de dentro. Solo le quitaba la excusa de llamarlo impulso. Miró a Mateo.

—No voy a entrar porque me lo pidan.

—Pues no entres.

—Voy a entrar porque si Jan está ahí dentro, no pienso dejar que sigan usando mi miedo para decidir por mí.

Mateo tensó la cara un segundo. Cuando los abrió, ya sabía que había perdido. Clara negó muy despacio.

—Eso suena igual que obedecer.

—Eso sería obedecer.

Luján miró la silla.

—Obedecer sería entrar sin mirar atrás.

Se volvió hacia ellos. Hacia Clara, hacia Nerea, hacia Mateo, hacia Isaac. Incluso hacia Damián.

—Y os estoy mirando.

Nadie habló. La sala blanca esperó. Luján dio un paso. El sistema, por primera vez, no pareció abrirle camino. Pareció tomar nota.

Pasó la linterna por el carril del cristal y tocó con dos dedos una tira negra casi invisible, incrustada en el lateral.

—No está mal programado —murmuró.

Mateo giró la cabeza.

—¿Qué?

—Que ponga solo D-17 y deje pasar a más gente. No es un fallo. Es lectura de grupo.

—¿Lectura de qué?

Isaac señaló el techo. No las cámaras grandes, sino los puntos negros entre las placas, una rejilla donde no debía haber ventilación y el suelo reciente junto a la silla. Lo enumeró sin levantar mucho la voz, pero la mano le tembló un segundo.

—No decide nada —dijo—. O eso parece. Pesa. Mide calor, voz, contacto. Luego alguien, arriba, lo llama respuesta y lo mete en una carpeta.

—¿Y cómo sabes eso? —preguntó Clara.

Isaac tardó una fracción en contestar. Miró el panel con una vergüenza rara, como quien reconoce una herramienta que juró no volver a tocar. —Porque yo he montado cosas parecidas. No para esto. Eso me decía. Pero las piezas no preguntan para qué sirven.

—Por eso nos han traído hasta aquí —dijo Luján.

Damián no la corrigió. Damián respiraba junto a la pared, la bata con sangre y restos químicos. La cara se le había quedado de un color enfermo, pero cuando habló lo hizo con una claridad horrible.

—Y compara.

Luján se volvió hacia él.

—¿Compara con qué?

Damián tardó. En ese retraso estaba casi toda la respuesta.

—Con lo que hicieron antes.

Nerea levantó la cabeza desde el hombro de Clara.

—No nos deja pasar por familia.

Salió baja, seca de fiebre.

—No hables.

—No me mandes callar todo el rato.

Nerea volvió a mirar la puerta.

—Nos deja pasar porque servimos.

—La bolsa no marcaba —añadió Nerea, sujetándose a Clara con rabia—. La franja del suelo tampoco. Solo cuando hay cuerpo. Calor. Contacto. Eso está leyendo.

Aquello sirvió mejor que cualquier explicación. Luján miró la sala blanca y dejó de verla como una entrada. Era una báscula. Una boca. Un sitio que no necesitaba encerrarte si conseguía que entraras por tu cuenta.

—Nos están midiendo con todos dentro —dijo.

Damián bajó los ojos.

—Sí.

Mateo se volvió hacia Isaac.

—¿Puedes bloquearlo?

—No desde aquí.

—Entonces entramos juntos.

Isaac soltó algo parecido a una risa, pero sin humor.

—Eso es justo lo que esperan.

—Pues que apunten bien.

No pensó en los demás ni en la silla ni en la imagen de Jan congelada.

Cruzó porque quedarse fuera ya era ceder a otra forma de miedo.

Mateo entró detrás. Isaac. Clara ayudó a Nerea.

Damián fue el último, arrastrando el pie; la sangre le marcó el suelo impecable.

La puerta esperó a que el último cruzara. Nerea soltó una risa pequeña.

—Qué educado. Nos ha contado uno por uno.

—Nerea.

—Ya paro.

La sala era más pequeña de lo que parecía desde fuera.

La luz borraba las esquinas y hacía que la piel pareciera papel mojado.

La silla del centro tenía correas cortadas.

No arrancadas: cortadas. En el suelo, alrededor de las patas, se veían marcas de tornillos viejos, círculos de óxido tapados a medias con pintura nueva.

Allí habían cambiado piezas, no historia. Luján no se sentó.

—Aquí querían sentarme.

Isaac se colocó a su lado.

—Querían ver qué hacías con la silla delante.