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C enan los tres juntos como una extraña familia que acaba de conocerse.
Cuando Belén sale del baño y se encierra en su habitación, Anastasia entra para tomar una ducha y cambiarse.
Lucas prepara el sofá recubriéndolo con sábanas de algodón para dormir mejor.
Espera que Anastasia vuelva a dormir en su cama, en cambio, descubre que ella tiene otras intenciones cuando la ve aparecer con una toalla sobre la cabeza para secarse el pelo.
Lucas no puede evitar sentirse decepcionado al ver que no lleva el conjunto cósmico de Yohanna.
En su lugar, se ha puesto uno de los pantalones de chándal y una camiseta básica.
De todas maneras luce hermosa. Su cuerpo delgado enfundado en prendas anchas le hace parecer una estudiante universitaria, lo que resulta excitante para un hombre de cuarenta años como Lucas.
—Gracias por las sábanas —dice ella cuando le ve convirtiendo el sofá en cama.
—Es para mí. Tú duermes arriba, en el dormitorio.
—No, de eso nada, yo soy la invitada.
—Pues, por eso mismo, no vas a dormir en el sofá.
Ella se precipita y planta su culo entre los cojines.
—¡Oye!
—Yo duermo aquí y punto.
Él la imita y también se sienta.
—No. Yo duermo aquí y punto.
Ambos ríen. Lucas se siente hipnotizado en aquel sofá y desea quedarse más tiempo. Anastasia desprende un olor a perfume de frutos rojos con un envolvente acorde de vainilla. Él la mira embelesado por su aroma, pero descubre una preocupación en su ceño fruncido.
—¿Crees que estoy eludiendo mis responsabilidades? —pregunta ella.
—¿Qué…? Pues claro que no.
—Mírame: metida en tu casa, con ropa prestada y sin hacer nada para solucionar el caso.
—Creo que estás tomando un respiro necesario, igual que yo. Creo que hemos hecho bastante. Creo que estamos sobrepasados y hoy necesitábamos parar para tomar fuerzas. Mañana seguiremos investigando, a escondidas del brigada y del capitán, claro. Nada nos impide hablar con la gente del pueblo.
—Ya… Guerrero dijo que me quedé paralizada en el incendio. Dijo que yo no estoy preparada para esto… A lo mejor tenía razón.
—Estabas en shock. Puede pasarle a cualquiera.
—A cualquiera no. Me pasó a mí por una razón. Yo tengo… —Anastasia sabe que debe sincerarse. Necesita liberarse—. Yo tengo pánico al fuego.
Lucas se queda en silencio, escuchándola.
—Tengo verdadero pánico a las llamas. Me ocurrió algo de pequeña, algo muy grave. Mis… mis padres fallecieron en un incendio.
—Hostia. Lo siento mucho…
—No fue un incendio accidental. Fue un incendio ocasionado.
—¿Lo provocó alguien?
—Sí, exacto, fue un incendio provocado. Yo era solo una niña y… había un hombre y… vi a mi padre quemado.
Piensa en cómo de vívido ve su historia en las pesadillas y en lo mal que lo está contando ahora. No sabe expresar aquello que ha mantenido guardado en su interior tanto tiempo.
Ella se queda un rato en silencio. Tampoco él sabe muy bien qué decir ante aquel macabro pasado. Lucas le sujeta la mano y al ver que no arranca decide confesar él primero. Quizá, sincerándose antes que ella, la ayude a sentirse más cómoda y segura para retomar su historia, después.
—Yo traté con muchas personas quemadas.
Antes de entrar en la Guardia Civil fui militar en la Infantería de Marina.
Estuve en la guerra de Irak cuando tenía poco más de veinte años.
Fui embarcado como sanitario. En el Ejército haces un cursillo rápido y ya te cogen para todo.
Todos los días nos llegaban al barco las víctimas de las bombas que caían por todas partes.
Entraban personas con el cuerpo achicharrado, de los pies a la cabeza.
Pero hay una que aún perdura en mis pesadillas.
Era una joven, preciosa, de la edad de mi hija Belén.
Tenía el rostro como cuando hablan de una virgen: inmaculado, esa es la palabra.
Sin embargo, vi marcas en su cuello. Tenía las prendas de ropa hecha girones.
Mi jefe me gritaba para que espabilase y actuase, así que yo cogí las tijeras y corté los restos de su vestido para atenderla.
Desde la base del cuello hasta los pies, todo estaba en carne viva.
La pobre chica había sufrido tanto que no se movía.
Estaba agotada de tanto intentar sobrevivir.
Ella miraba al techo… Al poco rato su pulso se apagó y murió ante mis ojos.
Llegó viva y unos minutos después estaba muerta.
Y entonces comprendí que ni su dios ni el mío existían.
Que tan solo era un consuelo ante las injusticias y que no eran reales.
Porque ese del que hablan en los libros sagrados nunca permitiría un sufrimiento tan grande, tan horrible.
Vi muy clara aquella contradicción: un ser todopoderoso y misericordioso sobre mi cabeza y una chica muerta entre terribles sufrimientos a mis pies.
La de abajo la vi con total claridad, esa sí era real, luego, el otro no.
Cuando termina su relato, ve lágrimas en las mejillas de Anastasia.
Ella se incorpora con el rostro apiñado en un gesto que lucha por evitar el llanto.
Para sorpresa de Lucas, se baja los pantalones mostrando sus marcas, sus profundas heridas producidas por la mordedura del fuego que tanto temía.
Para ella eso es mostrar su desnudez. Se entrega a él en cuerpo y alma y Lucas comprende al instante que está confiando en él por completo.
Él, todavía sentado, se inclina hacia delante, la acoge con ambos brazos por la cintura y besa las arrugas de sus piernas.
Ante tal gesto, ella rompe a llorar y su cuerpo se siente frágil, endeble, casi como si se desvaneciera sobre la fortaleza de él.
Lucas se levanta para sujetarla, acerca sus labios a los de ella y se funden en un beso.
El beso se alarga en el tiempo, por lo que ella abre la boca para recibir su lengua, que al principio entra con timidez, leves toques, para luego dar vueltas y giros apasionados que les dejan sin respiración, exhaustos de tanto deseo.
Lucas se desabrocha la camisa negra y ella arrastra sus manos por un torso desnudo muy varonil.
Luego le levanta a ella la camiseta y esta se deshace de la ropa.
Los movimientos de él son rápidos y confiados; los de ella lentos e inseguros.
Termina por quitarse el pantalón de chándal y él la agarra de la cintura y la levanta en peso.
Ella le rodea con sus piernas; las señales de la vergüenza desaparecen de su mente.
Sus bocas se buscan aún con más pasión que antes.
La falta de aliento no les detiene. Sus dientes chocan, y se ríen.
Él la agarra del culo mientras la tiene levantada en peso.
Luego la suelta sobre el sofá y se coloca encima de ella.
—No puedo, no puedo —dice Anastasia.
—Tranquila, iré despacio. Ya sé que eres virgen. No me importa.
—No es eso… Es que estoy con la regla.
Lucas frena la marcha, se incorpora y se va. Ella se queda inmóvil y, a pesar del calor, su cuerpo se empieza en enfriar. ¿Se ha arrepentido? ¿Ha dado marcha atrás? ¿Él también piensa abandonarla así?
Poco tiempo después, Lucas aparece de nuevo con un preservativo en una mano mientras con la otra se desabrocha el cinturón.
Se baja los pantalones y sin ningún reparo acaricia sus partes para endurecerla y enfundarla en látex.
Luego vuelve a echar su musculado cuerpo sobre la fineza de Anastasia. Besa su cuello y le susurra al oído:
—¿No cree que ya esperó bastante, mi sargento?
Ella recupera el calor hasta derretirse. Se siente abrumada por los besos y el hormigueo que recorre su cuerpo, pero es capaz de atreverse con una última orden:
—Cumpla con su deber, agente Vázquez.
Lucas Vázquez echa la cabeza hacia atrás para reír antes de regresar con su boca, esta vez, a los pechos de Anastasia Petrova.
Ambos acaban completamente desnudos sobre el sofá sin importarles el resto del mundo.
Él la agarra por todas partes: pezones, hombros, cadera y cabellos…
Ella le araña, aprieta sus dientes y lanza gemidos de dolor cuando comienza a ser penetrada; sin embargo, el hormigueo, esta vez, se convierte en una picazón en el más profundo interior de su cuerpo.
Mientras Lucas la embiste, Anastasia siente un tipo de ardor distinto, un fuego diferente que lame su interior ofreciéndole un placer que jamás ha experimentado, una especie de vibración que parece a punto de estallar.
Por primera vez en su vida, Anastasia abraza feliz el intenso calor hasta provocarle una experiencia religiosa.