EPÍLOGO
Carmen tecleaba en su casa con rapidez. Durante estos últimos meses había adquirido bastante maña con el portátil.
Cerró la pantalla, tomando un sorbo del café que tenía en la mesa, levantándose después para admirar como quedaba el árbol de Navidad.
Le encantaba como estaba decorado, sobre todo con el adorno que su sobrino le mandó por correo.
—Un pene igual hubiera quedado mejor que una bola.
—¿Decías algo, cariño?
—No, Pedro. —mirando al sofá donde su marido esperaba a sus invitados— Estaba pensando en cómo terminar el libro, ya no me queda nada.
Su marido soltó un pequeño graznido que sonó a “me alegro”. Carmen tenía años de experiencia con aquel idioma, lo dominaba a la perfección. Mirando el reloj se dio cuenta de que faltaba poco para que los invitados llegasen, por lo que echó una ojeada al móvil y vio el mensaje de su hermana.
—Abrid la puerta, en cinco minutos estamos.
Salió rápido, avisando a su marido para que pulsara el botón de la verja de la entrada. No esperó ni dos minutos, que al fondo de la carretera, bajo la noche de diciembre, hizo acto de presencia un coche.
No era de color rojo, “una pena”, sino de un plateado gastado que Dani conducía desde hacía años. Entraron en sus dominios mientras Carmen sonreía de oreja a oreja inquieta porque salieran del coche.
—¡Hola, familia!
De forma efusiva se abalanzó a abrazar a su hermana que fue la primera en abrir la puerta del coche sin que este se hubiera detenido del todo.
—Apenas habéis tardado. —a Carmen no se le borraba la sonrisa— Entra Mari, que hace frío, ahora hablamos.
—¿Pedro? —preguntó su hermana cogiendo su bolso, para ir a saludar a su cuñado.
—En la sala, tirado en el sofá, como no. —miró hacia la puerta del coche donde salía Laura echa toda una mujer con los dieciocho años ya a su espalda— ¡Mi princesa! No se puede ser más guapa que tú, cariño. —la dio un sonoro beso que la jovencita recibió con risas.
—Estás preciosa, tía. ¿Gimnasio?
—Un poco… Tú y yo tenemos que hablar de chichos, que algo me ha contado tu madre…
—Carmen… —dijo Laura ruborizada metiéndose en la casa con una pequeña maleta.
Dani se fue al maletero sacando todo lo demás y andando hacia la casa, mientras Carmen le saludaba con dos besos y giraba por el coche buscando a alguien muy importante.
La puerta trasera se abrió y de allí emergió un joven, algo espigado, parecía que hubiera crecido, pero para nada. El pelo desaliñado y unas ropas cómodas para el viaje que seguramente hubiera sudado.
—Mi sobrino favorito…
—Tía. —se fundieron en una abrazo sentido que ambos disfrutaron. Al despegarse, Carmen miró hacia dentro, sabía que había alguien más.
—¿Dónde está mi nueva sobrina?
Del coche salió una joven con el pelo moreno ondulado que coronaban unas mechas de un azul precioso.
El cabello más largo que hacía meses le caía hasta los hombros, escondiendo sus preciosos ojos verdes detrás de unas gafas de color idéntico a su cabellera.
Menuda, pero con un cuerpo cuidado y bonito, que tenía un rostro de facciones preciosas.
Sergio le tendió la mano para que saliera con más comodidad, aunque Carol era ágil y no la necesitaba, sin embargo la cogió, sentir la mano de su pareja siempre era agradable.
—Esta es Carol. Carol, Carmen, mi tía.
—Encantada. —el rostro de la joven se coloró al instante. Sergio había descubierto lo nerviosa y tímida que era con su familia, en especial con sus padres.
—¡La que está encantada soy yo, cielo! Eres toda una reina. ¡Qué suerte has tenido, chaval!
Ambos sonrieron y Carol mantuvo una pequeña mueca sin llegar a reír, siempre le pasaba lo mismo delante de su suegra y con Carmen, no iba a ser diferente.
Se adentraron en la casa, mientras la tía hablaba y hablaba, Carol sujetaba con fuerza la mano de su novio, sin querer que le soltase en ningún momento.
Aceptó pasar las Navidades con Sergio, porque lo amaba con locura y tenerle cerca todos los días era un placer, pero le costó viajar con sus suegros.
Pese a tener una buena confianza con ellos, todavía le daba mucha vergüenza y sabía… que siempre se la daría.
Con Mari se llevaba de maravilla, incluso le traía de vez en cuando ropa de su tienda, Sergio se quejaba de que a él no le compraba nada, que gracia le hacía ver su cara.
Con Dani era un trato más cordial, muy amable y siempre con buena cara, pero poco más, tampoco habían profundizado mucho, Carol en casa de Sergio era una chica de pocas palabras. ¡INCREÍBLE!
La que más le encantaba era su nueva cuñada, con Laura había conectado desde el primer momento. Estaban unidas por las mismas aficiones y cuando visitaba a su novio, no perdía el tiempo en ir al cuarto de la joven a saludarla.
—Carol, —escuchó la voz de Laura llamarla desde lo alto de la escalera— sube, que dejamos aquí la maleta.
Soltó la mano de su novio a duras penas, como una chiquilla saliendo de las faldas de su madre. Se perdió en la habitación con la joven, mientras Sergio la miraba embobado, con esa mirada que solo tienen los enamorados.
—Cariño, —le llamó Mari desde la cocina— ven a ayudarnos con la cena, que vamos tarde. —se encaminó donde su madre— Los hombres van a beber un poco en la sala… hombres… y deja que tu hermana le cuente a Carol lo de su novio.
—¿Tiene novio?
—Se la ve en la cara. —Carmen apareció por la espalda, entrando en la cocina y quedándose los tres solos en el pequeño espacio.
Sergio lanzó un vistazo nostálgico, recordando hace más de un año las perfectas vacaciones que pasó y como todo había cambiado tanto desde entonces.
Las mujeres hablaban la mar de tranquilas después del mal trago que vivieron y de estar un tiempo sin comunicarse.
Él… que feliz estaba ahora con su nueva novia…
y esperaba que en un futuro… se convirtiera en su mujer.
—A ver —llamó la atención de las mujeres— dejen paso, que llega Sergio para ayudar.
—Entonces mejor llamo a un restaurante… o a los bomberos.
—Tan graciosa como siempre, tía.
Como tiempo atrás los tres rieron, felices y sin nada de preocupaciones, con sentimientos comunes de una familia. Pero con unos recuerdos que aún traían a la memoria alguna que otra vez.
El momento de la cena llegó y Mari avisó a su hijo de que Carol estaba arriba, que fuera a buscarla para que no bajase sola.
La mujer no era tonta y ya sabía lo tímida que era, la ayudaba en todo lo que podía y le encantaba que formara parte de su familia, en verdad, Sergio había encontrado una gran mujer.
—Cielo, ¿estás lista? —golpeó la puerta donde hacía más de un año durmió solo.
—Pasa, Sergio.
Su chica estaba en medio de la habitación, contemplándose en el espejo del armario y colocándose unos pendientes para completar su perfecta figura. Abrió la boca tanto como pudo para no esconder su asombro.
Tenía el pelo suelto en ondulaciones hasta la mitad de su cuello, con unas preciosas perlas como pendientes.
Se había quitado las gafas, poniéndose unas lentillas que pocas veces usaba, prefería las lentes, en palabras suyas, se sentía menos pato.
Se arregló un poco más el vestido, quitando las últimas pelusas que encontraba y vio cómo su novio se acercaba.
—Carol…, estás espectacular.
—Me lo compró tu madre, y los pendientes me los dejó Laura, ¿me ves bien? Me siento un poco rara.
—No digas bobadas, eres un ángel.
—¿Sergio? —cuando estuvo a su lado, vio como la miraba. Esos ojos los conocía muy bien— ¿Estás poniéndote cachondo?
—No.
—No me mientas. —le rodeó por la cintura mientras ella colocaba sus manos en sus hombros. Contactaron… con lo más salido que poseía el cuerpo de Sergio, su pene— La tienes dura…
—Lo siento. No puedo contenerme, me produces cosas que no puedo controlar.
Como le gustaba a Carolina hacer que su novio perdiera el control de su cuerpo y que su deseo descarrilase. Sin embargo, no podían hacerlo con toda su familia en la parte de abajo.
—Si quieres otro día… —ambos miraron el precioso vestido— me lo pongo, cuando tengamos un momento más íntimo…
—¿Cómo el de la semana pasada? —rememoraba el tiempo que pasaron solos en casa de Carol.
—Parecías un mono en celo… —la chica acercó sus labios, pero no llegó a tocar los de Sergio— Gracias por cumplir mi fantasía, aunque disfrutaste bastante conmigo de gatita ¿no?
—No lo sabes bien, cariño. Creo que la fantasía la cumplí yo.
—Que sepas, que aún me duele un poco el culito y que… me sigue saliendo un poco de tu leche. —esto último no era verdad, pero sabía que a su novio le pondría. Como le gustaba verle así.
—Carol… mejor para… no me digas esas cosas.
—Podemos usar este vestido otro día o… —bajó la mano hasta palpar el pene tan duro de su novio. Siempre le hacía perder el sentido. Lo agarró con fuerza y Sergio se meció hacia delante— Tengo algún que otro disfraz en mente.
—Cariño…, para… o no respondo… ya lo sabes.
—Lo sé… —amasó el prominente bulto del que esperaba fuera el padre de sus hijos y le añadió— Lo sé muy bien…
—¿Chicos?
Desde detrás de la puerta se escuchó la voz de Laura, que metió ligeramente la cabeza en el interior para ver a la pareja agarrada.
—Vamos, que hay que cenar. ¡Madre mía, Carol! ¡Estás preciosa! Sobre todo por los pendientes.
—Muchas gracias, Laura, eres la mejor, te quiero. Y tú sí que estás guapa…
Con esto Laura se sonrojó, sonriéndola sin poder aguantarlo.
Carol la solía lanzar más de un piropo a modo de broma.
Aunque la joven sí que opinaba que su cuñada era una belleza, incluso en alguna ocasión, le dijo a su novio que si se portaba mal le cambiaría rápidamente por su hermana.
Sergio siempre fruncía el ceño, no sabía hasta qué punto era una broma.
—Oye, Sergio, gracias otra vez por invitarme a ir a Cantabria con vosotros. Fue increíble, me lo pasé genial.
—No es nada, ya sabes que te debía una, aunque la gran idea nació de Carol, ella es la máxima culpable. Si se da la ocasión podemos repetirlo, invitó yo, ya lo sabes. —su hermana le mandó un beso. Dejándoles solos después de bajar por las escaleras y reunirse con los demás.
—Vamos, mi vida. —ambos apretaron fuertes sus manos. Como se amaban, estaban locos el uno por el otro.
—Me tienes que contar lo del novio de Laura.
—¡Ah, no! Eso es secreto de chicas, yo calladita.
—Carol… venga…
La joven sonrió ante las quejas de su novio y le dio un buen beso antes de atravesar la puerta. Sergio bajó a cenar con su familia relamiéndose los labios, el buen sabor que le dejaba su pareja era mejor que cualquier otra cosa en el mundo.
Cenaron en familia, faltando solamente las hijas de Carmen y Pedro, que estaban con sus respectivos maridos e irían en Nochevieja. No obstante también era bueno, de ese modo la casa no se saturaría.
Hablaron de todo y rieron como siempre, una familia unida como otra cualquiera con sus más y sus menos. Quizá esta tuviera cierto pasado enterrado bajo una densa alfombra, pero… todo fue producto del amor, ¿no?
Carol se metió en la cama con el pijama abrigado que Sergio le regaló antes de ir. Le encantaba, sobre todo lo amoroso que era.
—Hoy me da que no… —dejó caer Sergio metiéndose en la cama junto a su novia.
—Otro día, me da cosa hacerlo en casa de tu tía.
—Entiendo. Aunque si a la noche te apetece, despiértame. —un guiño muy cómplice salió de su ojo.
—Salido… —le dio un pequeño golpe en el hombro, pero dejó abierta la puerta a esa opción.
—Entonces, ¿mañana quieres ir a ver la casa de mis abuelos?
—Por mi bien. —no le parecía mala idea, era un lugar donde Sergio había pasado buena parte de su infancia y vacaciones. Conocer más cosas de su chico siempre la gustaba.
—Me alegro, cariño. —un beso en la frente, dulce y tierno como a ambos les encantaba. Había momentos para la lujuria y para el amor, algo que se sincronizaba de maravilla— Qué duermas bien, te amo.
—Y yo.
El sueño no fue del todo gratificante, las pernoctaciones en casa ajena nunca suelen serlo.
Aun así, pronto salió el sol y casi sin darse cuenta de cómo había llegado allí, ya estaba en dirección a casa de los abuelos, con Mari, Carmen, Carol.
Sergio al volante recorría los pocos kilómetros de distancia.
Sonrió pensando en lo irónico y curioso que parecía que las tres mujeres de su vida estuvieran reunidas en un pequeño espacio. “Quizá me falté Marta” acabó por reírse de forma nasal, de Alicia, prácticamente se había olvidado.
Aparcó delante de la puerta, viniéndole a la memoria el momento con Carmen tan apasionado y esperando que hubiera arreglado el cabecero que reventaron. Con la mano de su chica bien aferrada se encaminaron a la entrada. Su tía sacó las llaves y abrió la puerta con rapidez.
Todos pasaron uno por uno, parándose ambas mujeres en la escalera mientras Sergio veía como Carol cerraba la puerta en último lugar. Echó la llave, quitándola después y dando dos pasos donde su chico.
Sergio estaba mirando a su tía y su Madre, tan parecidas y a la vez tan diferentes, seguían siendo dos diosas de la belleza. Sobre todo Mari que había dado un gran cambio desde que trabajaba, ahora se cuidaba en todo sentido, Carmen seguía en su línea de perfección, sin variar.
Algo las pasaba y el joven se percató. Tenían una mirada diferente, escondiendo algo que él no sabía, le miraban con media sonrisa desde lo alto mientras sus ojos azules destilaban una curiosidad que casi tenía olvidada.
Podría preguntarse muchas cosas, quizá perder el tiempo en suposiciones, pero no le dio tiempo, Carol le dio la respuesta.
Desde su espalda dos brazos le sujetaron, uno dejando la mano en su pecho y otro a la altura de su bajo vientre.
Sintió el beso tierno en el cuello que le daba su novia y en un futuro su esposa.
El vello de todo su cuerpo se erizó al momento.
Carol conocía muy bien ese punto y solo lo usaba en situaciones muy concretas. Volvió a sentir otro beso, este más profundo con un pequeño mordisco mientras su tía y su madre miraban atentas. Giró el rostro algo desconcertado, viendo a Carolina con la mirada que ya tenía bien aprendida.
Era esa cara que siempre ponía en momentos realmente calientes, cuando perdía el sentido.
Como la semana anterior, cuando vestida de gatita le pedía a su novio que le quitase la cola y la diera un gran sexo anal.
Le había mirado con ese rostro lujurioso mientras la penetraba una y otra vez… que pronto se corrió…
La preciosa jovencita, con sus gafas puestas, alzó la cabeza. Llegó de puntillas hasta la oreja de su futuro marido y padre de sus hijos (esperaba que dos). Habló con el tono más meloso que disponía, haciendo vibrar los sentidos del joven y susurrándole al odio.
—¿Subimos?