La Trilogía (Aventuras y Desventuras Húmedas #4) MARI Y SERGIO #5
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MARI Y SERGIO #5

El sexo fue algo más lento, pero no decayó, la profundidad que Mari le imprimía era infinita.

Con gesto placentero en todo momento, la mujer cargaba todo su peso a su entrepierna, donde quería meterse cada uno de los centímetros que la llevaban al cielo, cada muesca de piel era un escalón hacia el nirvana.

—Cómeme las tetas, cariño. No te cortes.

—Me estoy aguantando mucho, voy a terminar. —cada vez le era más difícil evadirse, el placer le invadía.

—Hazlo. —Sergio dudaba— En algún momento tendremos que acabar…

—Levántate, mamá. —rompieron su unión y Mari atendió las explicaciones rápidas de su hijo.

Este se sentó en la cama con los pies en el suelo y ella hizo lo mismo en su regazo, dándole la espalda.

Apoyó ambas manos en las rodillas del joven y descendió su trasero mientras un pene se introducía en ella— Así… Sentadita…

—¿Te gusta, mi vida? —los primeros movimientos corrían de parte de Mari.

—Me falta un espejo delante, para verte entera.

—Lo que quieres… —mientras su hijo la mordía la espalda y la hacía gemir— es ver cómo me botan las tetas.

—Puede ser…

—Sí… —el mordisco la excitaba demasiado y sentir la fuerte presión de los dedos en la cadera la extasiaba— Ayúdame a follarte.

Las palabras encendieron el alma de Sergio hasta el borde de la abrasión. Su cuerpo se tumbó, dejando que el miembro viril se introdujera lo más profundo posible, donde nadie nunca había estado.

—¡Por favor! ¡MENUDA POLLA!—soltó Mari con el labio tembloroso debido al placer.

No aguantaba, con dos sacudidas las ganas pasarían la frontera donde la vuelta se volvía imposible. Era el final, la última vez que estarían de esa forma, casi lo podía sentir, sin embargo, no podía seguir más, era el culmen de la tarde.

—Se acaba la función, mamá.

Se levantó con rapidez, sin separarse de su madre, cogiéndola por los bíceps para que no se cayera.

El movimiento había sido rápido e inesperado, menos mal que su hijo la agarró, si no hubiera salido volando, pero ahora no la soltaba.

De pie en medio de la habitación la penetración se hacía dura, el eco del coito resonaba en cada pared atravesando los oídos de la mujer y llegándola hasta el fondo de su cuerpo.

No podía correrse más, estaba totalmente seca, su hijo le había quitado hasta la última gota de su ser, pero se sentía más caliente que en toda la tarde. Su boca abierta con media lengua fuera parecía la de un perro ansioso por jugar. “Una perra…”.

—Menuda corrida… esto va a salir.

—¡Quita que te la chupo! —soltó en un tono autoritario la mujer girando su cuello. Sergio pareció dudar por un instante— ¡Sácala de mi coño, que quiero chupártela!

La rapidez en sus palabras y el tono duro hizo que la duda de Sergio se volviera deseo. Su madre se arrodilló con rapidez, aliviando por un lado el dolor de sus piernas y saciando su boca que deseaba que la llenasen.

El sabor del pene era tan variado como un plato gourmet.

Tenía de todo aquel músculo y… a Mari, le supo delicioso.

Sus labios aferraron el miembro de su hijo, succionando un capullo que parecía una tubería a punto de explotar.

Estaba tan hinchada que su lengua apenas podía recorrer un breve trozo de piel, aquello era la mejor polla que había sentido en su vida.

—Termino ya… mamá —Sergio estaba listo, aguantando una salvaje corrida para hacerla divina.

Mari no contestó, solo siguió y siguió chupando como si le fuera la vida en ello.

Su hijo sintió el último coletazo de electricidad llegando a unos genitales, que de nuevo estaban hinchados pese a la primera descarga.

Atrapó el pelo de su madre que caía sobre su espalda y movió su cadera adelante y atrás.

El pene entró golpeando la garganta de Mari haciendo que unos sonidos guturales cercanos a la arcada opacaran los jadeos del joven.

—¡La leche! ¡Qué sale! ¡Toda! ¡Toda entera!

—¡Dámela!

Logró decir Mari antes que su hijo, convertido en puro deseo, impulsara su cabeza con fuerza contra su cuerpo haciendo que el pene la atravesara ligeramente la garganta.

Entonces fue que lo sintió, un chorro de néctar ardiente recorriendo su interior y llenándola por completo directamente a su estómago.

Los ojos se le humedecieron al tiempo que Sergio temblaba como un flan. Su hijo al fin aflojó el agarre y la mujer tosió derramando un poco del jugo por la barbilla. Esa pequeña parte era la que no yacía ya en su tracto digestivo.

Abrió la boca para respirar, viendo a su hijo completamente ido, como se sentaba extasiado de placer y gimiendo sin control.

Se miraron en silencio, mientras ambos respiraban violentamente.

Había sido realmente épico, un recuerdo para toda su vida que seguiría muy presente en sus ardientes sexos que yacían satisfechos.

La mujer arrodillada en el suelo, con unos muslos mojados y un sexo irritado que le dolería los siguientes días, pasó la mano por su barbilla.

Dos gotas rápidas querían caer hacia su cuello, pero no lo permitió.

Las recogió con tres dedos y mientras su hijo la miraba con un ojo medio cerrado, se las metió a la boca para comerse toda la corrida.

Sergio no lo soportó y cayó hacia atrás en la cama mientras su cuerpo palpitaba sin control.