La Trilogía (Aventuras y Desventuras Húmedas #4) ABRIENDO EL CORAZÓN
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ABRIENDO EL CORAZÓN

Lejos, muy lejos de los gritos contenidos de Mari, después de un buen día, su hijo volvía a la residencia universitaria junto a Carol.

Se lo habían pasado en grande, luego de ver a su madre, las conversaciones con su amiga le hicieron olvidarse de los temas que le preocupaban, y al final, acabó por volver a sonreír.

Subían a paso lento por la escalera, escuchando el eco que producían sus zapatillas sin pensar en nada más que descansar. Llegaron en primer lugar a la puerta número trece, donde Sergio se detuvo y sacó las llaves que Marco le cedió.

—Sergio. —Carol se detuvo en medio del pasillo, sujetando la bolsa con los dos números que le faltaban para completar la serie y que gracias a su amigo había encontrado— ¿Por qué no vienes al cuarto?

—Hemos pateado bastante, ¿no estás cansada?

Sergio no era tonto, sabía que aquella no era proposición indecente. Su amiga solo quería seguir un rato pasándoselo tan bien como hasta ahora, pero para el joven el día estaba a punto de terminar, se encontraba destrozado. Sin embargo, siempre hay motivos que te pueden hacer cambiar de opinión.

—Sí, ya… es que… —por primera vez delante del muchacho, Carolina mostró cierta timidez— me gustaría contarte algo.

Sergio unió cabos, no hacía falta ser un genio para suponer que su amiga quería esclarecer la duda que le planteó en su momento.

—No hay problema, no estoy tan cansado… —se guardó la llave en el bolsillo y siguió a su amiga— Tampoco me voy muy lejos de casa. Lo único, si se me hace tarde, ¿me acompañas hasta la puerta?

—¿Cuántas veces vas a repetir esa broma? —le respondió con una carcajada.

—Hasta que te deje de hacer reír.

No pararon de reír de forma sonora, incluso molestando a alguno de los vecinos que estudiaba en silencio.

Lo que no notó Sergio, era que con aquel comentario a Carolina le había salido en el rostro un gesto nervioso, hacía mucho que no le decían algo tan bonito.

Meditando en su mente reflexionó rápidamente sobre ello. “¡Qué triste!”.

La jovencita depositó con rapidez los dos libros en su balda, contemplándola después con orgullo por ver la colección completa. A su espalda sin dejar de mirar los libros, escuchó a su amigo con cierto cachondeo que no pasó inadvertido.

—Como si fuera tu hijo…

—Estás un poco tonto hoy ¡eh!

—Mientras sea un poco… con todo lo que te ríes de mí, alguna tendrás que recibir, ¿no?

—Bueno, —se sentó en la cama, mientras Sergio lo hacía en la silla pegada al escritorio— en eso llevas razón.

Carolina se quitó las zapatillas y un leve silencio se apoderó de la estancia. Sergio no quería ser el primero en decir algo, porque tampoco sabía que podría añadir, solamente debía tener paciencia.

Hacía mucho que no abría sus sentimientos a nadie, últimamente su relación con sus amigas de la universidad no era todo lo buena que debería y sus amigas del pueblo estaban “lejos”.

—Si no te importa, voy a ponerme el pijama. —Sergio no dijo nada.

No se encontraba cómoda, pero a la vez sentía un ligero alivio por lo que le iba a contar, en verdad aquel chico que conocía de relativamente poco, era su amigo.

Su amistad no llevaba ni un mes de duración, pero las cosas en la residencia, pasaban muy despacio, el tiempo era otro y su relación se había solidificado.

Se puso de pie frente al armario, lo abrió y sin ningún pudor, dándole la espalda a Sergio, se quitó el jersey y luego la camiseta.

El joven no lo esperaba, desde su posición vio a su amiga vestida con los leggins negros y las zapatillas rosas que llevaba.

Su delgada espalda dibujaba unas costillas que se cortaban por el paso de un sujetador negro.

Mantuvo la mirada por un segundo, pero rápidamente la quitó. No lo vio decoroso.

—Está bien hablar sin alcohol, ¿no crees?

—No nos hace falta beber para divertirnos —ambos sonrieron con el comentario de Sergio.

Carolina siguió quitándose la ropa sin que Sergio la mirase.

Primero poniéndose la camiseta del pijama y después quitándose la ropa restante.

El joven si hubiera movido ligeramente los ojos se hubiera encontrado con dos nalgas bien esculpidas y respingonas que guardaba una braga del mismo color que el sujetador.

Sin embargo se mantuvo con la mirada perdida en la apagada televisión.

Se dio la vuelta al terminar, viendo a su amigo con la mirada fija en el monitor de la pantalla con un gesto bastante anormal. Al instante se dio cuenta de lo que había pasado, y… le gustó.

—¡Vaya! Eres todo un caballero. Has quitado la vista y todo. —lanzándose de nuevo a la cama siguió— ¿Eres de los que se mantiene puro hasta el matrimonio?

—Pues me da que eso… ya imposible… —la volvió a mirar a la cara—, pero no sería normal que te mirase. Podría decir que no tengo ese… ¿Privilegio?

—¿Privilegio? —Carol se rio a carcajada limpia— Está bien, Sergio, no me hubiera importado que me hubieras mirado, eres mi amigo.

Además, que si me mirases de forma sexual para luego masturbarte, como seguro que ya haces…

—negó con la cabeza mostrando el blanco de sus ojos.

Se resignaba a aplacar las bromas de la muchacha, nunca pararía de hacerlas— para ti soy inaccesible, Sergio.

—Creo que eso es demasiado arrogante, incluso para ti —se sintió ligeramente ofendido.

—No me malinterpretes, tú tendrías más posibilidades que miles de millones. Lo que pasa es que los tíos ya… pues nada… ¡Vaya! Que pasó de ellos.

—Entonces… —la dedicó una mirada torcida a su amiga, que se escondía detrás de las lentes— ¿De qué no pasas?

—¡Joder… de los marcianos, no te jode! Sergio, pues de las tías.

—¡Ah! Vale, que te gustan las chicas, vale, vale, es que lo has dicho de forma algo ambigua. O sea que entonces eres lesbiana.

—¡Búa! ¿No había término más directo? —acabó por reírse— Pero no, no soy lesbiana como dices.

No me gusta decir que me gusta un género u otro, en verdad me gustan ambos.

—Sergio la miraba con atención— Nunca me he fijado más en chicos o chicas, simplemente dejo que mi corazón mande.

Algunas veces he conocido a chicos que me parecían perfectos y otras algunas chicas que me han enamorado, no sé si me entiendes.

—Creo que sí. Algo así como… dejas que tu corazón se enamore solo, no buscas un tipo de persona, solo que surja.

—Puede ser una forma de verlo, ¿te estás riendo? —Sergio solo la sonreía.

—No, es que me gusta. Me parece muy romántico, no te pega en lo absoluto.

—¿Estás de coña?

—Para nada.

—¡Ah! Pues… ¡Gracias! —rio esta vez de forma tonta, le sorprendió la sinceridad del muchacho.

Cuando acalló su risa se volvió a poner seria y decidió comenzar con lo que de verdad importaba— El otro día me preguntaste algo.

Pensé que no sería evidente, pero tienes razón, cuando nos vimos no me había llegado a hacer el pelo, por lo que…

Sí, estaba llorando en la ducha. Dicho en voz alta queda un tanto lamentable, sola, en la ducha, llorando… parezco ridícula.

Se quitó las gafas y las limpió con la parte baja de su camiseta. De nuevo listas, las dispuso en el pequeño puente de su nariz y miró a su amigo que le prestaba toda su atención.

—Con lo que te voy a contar, viene a cuento que te haya “confesado” el tema de mi “sexualidad”.

El caso es bastante sencillo. Aunque bueno, quizá deba empezar desde el principio.

Tengo una amiga que conocí en la universidad, se llama Paola.

Es guapa, lista, rubia, ojos azules, delgada…

si la ves puedes pensar, ¡vaya! Típica animadora de película estadounidense.

Nunca he visto un prototipo tan idéntico a ella.

Hizo un breve parón levantando la mano a su amigo y yendo a la nevera por un refresco. La garganta se le secaba, en parte por hablar tanto y también por contar esto por primera vez de manera tan abierta. Cogió dos latas de Pepsi y le lanzó una a Sergio que la atrapó en el aire.

—Nos conocimos el primer año de universidad, a ella y a otras, claro, formamos pronto un buen grupo de amigas.

El caso es que hicimos una buena piña, lo pasábamos bien y siempre estábamos juntas.

La cosa cambió de rumbo este año, a comienzos de curso para ser más exactos.

Paola y yo siempre hemos tenido una relación estupenda, quedábamos para estudiar, comíamos juntas, reíamos y nos encantaba salir de fiesta, incluso si las demás no les apetecían, lo hacíamos las dos solas.

Todos esos días eran maravillosos y vaya…

que en el primer cuatrimestre la comencé a notar diferente.

Me miraba de otra forma, quería estar conmigo a solas mucho más tiempo y obviamente, a mí me gustaba.

—¿A ti te gustaba de antes?

—Sí y no, me encantaba estar con ella y es una belleza, si la vieras opinarías lo mismo, pero nunca había pensado en ello hasta ver las señales.

Claro, si no tengo posibilidades, para qué me voy a ilusionar, ¿no crees?

—Sergio asintió, tenía toda la razón— Antes del comienzo de los exámenes fue que pasó algo más.

Estábamos aquí mismo, donde estamos tú y yo ahora, tomando tranquilas una copa antes de salir de fiesta.

Comencé a ver que sus señales eran evidentes.

Íbamos a salir nosotras dos solas y bueno…

creo que esta parte la puedo resumir en que empezamos a decir tonterías, nos tocábamos más de la cuenta, estábamos muy cerca y vamos…

que una cosa llevo a la otra. Nos liamos.

—¿Me quitas la mejor parte?