LO QUE EN VERDAD DESEA #2
—¿Conoces a ese hombre? —preguntó Mari para fulminándole con una mirada de sus preciosos ojos azules y para después, lamerle los labios culminando con un pequeño mordisco.
—Sí… —la voz de Sergio se comenzaba a perder por el placer que sentía.
—No te he oído bien. Dile a mamá quien es ese hombre que necesita en casa.
Los labios de Mari ahora habían viajado hasta el odio del joven, que recostado en el sillón, gozaba de la mejor masturbación que le habían hecho en la vida. Los senos de la mujer estaban cerca… muy cerca, tanto que uno de los pezones rozó su pectoral, algo que le produjo placer y cosquillas.
—Yo…
—Dilo más alto, que se enteren todos en esta casa —le dijo su madre esta vez con los ojos fijos en los del joven.
—¡YO!
Se abalanzó hacia delante, haciendo contacto con el cuerpo de su madre y dejando entre medias su pene.
Mari no dejó de moverlo y mucho menos cuando las manos de su hijo apresaron sus dos nalgas apretando con una fuerza temible.
El trasero le vibró a la mujer y apretó los labios en una mezcla de dolor y placer que Sergio divisó perfectamente.
Ahora sus pechos estaban casi en el cuello del chico, apretados. Mientras por debajo de este, en un espacio que era muy reducido, el pene de Sergio con líquidos que parecían no tener fin, se movía gracias a las manos de Mari en una excelente masturbación.
—Yo. —volvió a decir mientras su madre seguía apretando los dientes— Tu hijo. Eso es lo que necesitas.
El movimiento de muñeca de Mari se aceleró al escuchar aquello y Sergio se alejó algo del cuerpo, o mejor dicho, de los senos de su madre para dejarla hacer.
El kimono le caía ahora hasta los antebrazos dejándola los hombros libres, como si no llevara nada.
Sergio la observó en toda su desnudez, con un gesto torcido del placer, unos ojos que eran puro fuego y un rostro enrojecido que no se quedaba atrás.
Las manos del muchacho seguían apretando con cada dedo las nalgas de la mujer como ella seguía haciendo con su miembro. El final era cercano, Sergio comenzaba a notar espasmos que no podían ser más que el anuncio de que el orgasmo llegaba.
Como nunca en su vida los genitales le ardieron, la espalda le centelleó en un sinfín de electrocuciones, era lo más cercano a estar sentado en la silla eléctrica.
Su madre en cambio no mutaba su rostro, era la diosa de la lujuria reencarnada que había vuelto para darle un placer increíble a su hijo.
Apenas podía divisar el movimiento de manos, solo lograba ver que su pene se hinchaba por momentos al lado del vientre de la mujer.
Las gotas del “lubricante” natural de Mari, volaban para diferentes direcciones, alguna incluso con dirección al rostro del muchacho donde este las recibió con la lengua. Sabían a su madre.
Ya estaba, había llegado, solo unos segundos le separaban de tocar el cielo. El paraíso se encontraba a unos pocos movimientos de distancia y su madre no cesó en el empeño, es más le alentó.
—Dale la leche a mamá, mi vida, dásela. —volvió a acercar su cara y muy bajito le añadió— Dime una cosa, ¿Qué quieres hacerme? Dilo. —el movimiento era más duro, más rápido, Sergio pensaba que le iba a explotar— Dilo. ¡Vamos, dilo!
—Te quiero… te quiero…
La voz no le salía de la garganta porque el placer era ya uno con su cuerpo, estaba atenazado, totalmente paralizado por el colosal miembro que su madre manejaba con soltura. Sin embargo Mari quería escucharlo, quería esas lindas palabras que culminarían todo el proceso.
—Dilo, hijo, solo dilo y lo tendrás… te quiero… vamos… te quiero… que se enteren todos en casa. Que se entere tu padre, que se entere tu hermana, que se entere tu novia… incluso, que se entere Carmen. ¡Vamos, dímelo! Te quiero…
—¡MAMÁ, TE QUIERO FOLLAR!
El clímax llegó en ese instante, la cabeza del joven se echó hacia atrás y golpeó el sillón con violencia. Su boca y sus ojos quedaron abiertos como cada poro de su piel. Comenzaba a traspirar deseo, pasión y por una zona muy específica un chorro de magnitudes bíblicas.
Desde otro punto de vista, como si de un viaje astral se tratase, Sergio se vio tirado en el sillón con su madre sentada en sus piernas. La imagen se podía mover o rotar, lo contemplaba desde todos los ángulos posibles y desde todos era magnifico.
Sus fluidos salieron con una virulencia terrible. Las manos de Mari no cesaron en su empeño mientras el primer disparo impactaba entre sus senos, parecía más una manguera de bomberos que un pene.
El segundo no tardó en llegar… y el tercero y el cuarto… más bien un inacabable disparo fue lanzado sin parar. Algo que Sergio pudo contemplar desde una posición más elevada, mientras su “yo” del sillón, seguía cerca de la inconsciencia con la cabeza al borde de desnucarse.
La imagen de Mari era de ciencia ficción, el semen la llenaba tanto el vientre como los senos por completo.
De sus pechos caían innumerables gotas que mojaban sus brazos y el cuerpo de Sergio.
Incluso tan abundante chorro de líquidos masculino, había alcanzado el cuello y la barbilla de la mujer, que con una oportuna coleta que el joven no sabía cuándo se puso, había evitado mancharse el pelo.
Pero ahora, en sus carnosos labios, se pasaba la lengua en un movimiento erótico sorbiendo unas cuantas gotas que habían llegado hasta aquel preciso lugar.
De pronto algo le sacó de allí. La proyección del joven que pululaba por diferentes algunos de visión, dejó de poder contemplar la mejor imagen de su vida, todo comenzó a volverse oscuro y una fuerza tiraba de él hacia atrás.
Empezó a caer por un infinito de oscuridad que dio su tope cuando uno de sus pies se movió tratando de buscar apoyo, pero no lo había. Entonces… despertó.
Estaba sobresaltado y descolocado, tanto como al darse cuenta de que su calzoncillo se había mojado… y su pantalón… ¡Las sabanas!, “¡Qué locura es esta!” acabó por pensar.
El sueño lo tenía muy vivido, tanto que dudó por un momento si aquello había sucedido en la realidad.
No era como la película que se había ideado en la ducha, allí simplemente aprovechando que su madre estaba de rodillas en el suelo, le hacía el amor en esa posición.
Sin embargo, su sueño había sido infinitamente mejor.
Un ruido le sobresaltó haciendo que brincara de la cama con un gracioso charco en el pijama que se le notaba a la legua. El sonido de la alarma le anunciaba que era hora de ir al examen, “al menos he dormido de fábula”.
Se preparó con rapidez y sintió que la pesadez del día anterior se había esfumado, quizá lo que le pesara también tenía algo que ver con sus genitales.
Por fin en su cabeza ya no se posicionaba en único lugar Mari.
Había pasado a un segundo plano y todo lo que había estudiado para este examen comenzaba a ocupar su debido lugar.
En la cocina visualizó a su madre, tomando un café que esta vez no se le había caído. Cogió un bollo para marchar con rapidez y sin dar tiempo a pensar en ninguna otra cosa que no fuera su examen.
—Cariño, ¿vas al examen? —no le sorprendió que Mari hablase desayunando, cada vez lo hacía con más frecuencia.
—Sí. Marcho que tengo prisa.
—Mucha suerte, aunque no la necesitas sé que has estudiado mucho. Además se te ve con energías.
Miró a su madre recordando las imágenes que por la noche le habían llevado a un clímax que todavía perduraba en su cuerpo. No tenía el kimono, era la misma bata de la noche anterior con la camiseta blanca… incluso tenía unas pequeñas manchas marrones, pero… qué preciosa era.
—He dormido de maravilla, he tenido un sueño maravilloso.
—Pues me alegro, cielo, me alegro. —dio un sorbo a su café y añadió— Yo creo que también, pero no lo recuerdo. Aunque no sé, me he levantado como más feliz, bueno, ni idea… ¡Corre, que te entretengo!
—¿Quién sabe, mamá? Igual hemos soñado lo mismo.
Con una sonrisa de lo más pícara abandonó la cocina, mientras su madre debatía si era posible soñar lo mismo que otra persona. Preguntas intrascendentes que no llevan a nada. Aunque la cuestión que se planteó Sergio el día anterior en la ducha, ahora la podía contestar sin pudor.
Con la misma mueca de felicidad, camino a coger el coche para ir a la universidad, antes de dejar de pensar en su madre se hizo la misma pregunta “¿Mi madre me pone?”. La respuesta era evidente y mientras arrancaba el coche lo expreso con sus labios, alto y claro.
—Por supuesto que sí.