La Trilogía (Aventuras y Desventuras Húmedas #4) LO QUE EN VERDAD DESEA
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LO QUE EN VERDAD DESEA

Sergio abrió los ojos, pero no estaba en su habitación. La estancia aunque similar, había cambiado. Se levantó con algo de pereza y descolocado, sus pies flotaban como guiados por nubes y la puerta parecía acercarse sola.

Salió al pasillo, la bata que tenía había desaparecido y solo llevaba puesto su pijama, sin obviar una erección mucho más grande de lo que jamás había visto.

Comenzó a andar hacia la sala, pero allí lo que encontró fue el cuarto de su hermana, estaba hablando por teléfono y no le vio.

Cerró la puerta, más descolocado de lo que estaba, era imposible lo que sucedía, al salir de su habitación hacia la izquierda… estaba la sala, no el cuarto de Laura.

Volvió sobre sus pasos y se dirigió esta vez a la derecha, atravesando una puerta la cual sí que era la sala.

Estaba su padre dormido, seguramente después de un duro día de trabajo, pero a Dani hoy le tocaba hacer noche, no podía estar allí.

La situación era más rara por momentos y el joven no entendía que podía suceder.

Toda la estancia se movió sin que el muchacho se diera cuenta, puesto que sin dar un paso, se encontraba delante de la puerta de la cocina.

Esta estaba abierta o… ¿No había puerta?

Daba lo mismo. Lo que si podía resaltarse era la imagen que los ojos del joven captaron.

Su madre volvía a estar en la misma posición en la que la vio esa misma noche, de rodillas y limpiando con sus guates de fregar una gran mancha.

Sin embargo, no era así como recordaba la situación, varias cosas habían cambiado.

Para empezar la bata que su madre llevaba seguía siendo rosa, pero se asemejaba más a un kimono adornado con preciosas rosas al estilo oriental.

La fina tela la envolvía hasta los muslos donde no había ningún pantalón que la tapase. Sergio tragó saliva al ver aquello.

Todavía quedaba la parte de arriba, donde por arte de magia o unas casualidades físicas, la suave tela guardaba los senos sin que los pezones lograran ver la luz.

—Sergio, mi vida ¿me ayudas? —dijo Mari lanzándole una sonrisa mientras sus ojos brillaban.

El joven le asintió y se arrodilló delante de su madre, como bien recordaba haber hecho.

Trató de no mirar todo el espléndido cuerpo de la mujer y bajó la vista hacia el charco de café que había en el suelo.

Sin embargo aquello también había cambiado, no era café, era una sustancia blanca y ligeramente pegajosa que Mari limpiaba con suma felicidad.

—Hay mucha —sugirió ella— mejor siempre tenerla fuera que dentro, ¿no crees?

Sergio no sabía que contestar, solo observó cómo su madre se levantaba, se quitaba los guates amarillos y los tiraba contra la fregadera. No podía asegurarlo con total certeza, pero algo le decía que su madre aparte del kimono… ¡No llevaba nada!

Dio unos pasos hasta la encimera donde se apoyó y dio un sorbo de agua. Sergio ensimismado contemplaba la imagen, sumido por unas ganas que le explotaban una y otra vez en el interior. Quería poseerla.

Se levantó del suelo dándose cuenta de que la mancha blanca del suelo había desaparecido y también… su ropa. Estaba desnudo, con su cuerpo totalmente similar salvo por la exageración de pene que poseía entre las piernas, parecía salido de una viñeta erótica.

Su madre lo escrutó con una normalidad abrumadora y volvió a dar un buen trago de agua mientras con la otra mano se colocaba la cabellera bien peinada a un lado de la cabeza.

—Tengo demasiado calor, menos mal que el agua está fresquita…

—Sí… yo también…

Sergio apenas sabía qué decir, la figura imponente de su madre hacía que sus labios temblaran, más aun pensando en la vergüenza de su desnudez. Aunque Mari no reparaba en ella.

—Últimamente lo hemos pasado muy bien, cariño. —Mari dejó el vaso en la encimera y cruzó sus brazos debajo de los senos, haciendo que sus pezones casi se vieran— Pero siempre me acuerdo de una vez. Esa fue la mejor de todas.

—¿Qué vez?

—Una en casa de tu tía. ¿Te acuerdas cuando nos metimos los tres en el jacuzzi?

—No lo podría olvidar.

El pene de Sergio parecía que no podía agrandarse más, pero la mirada libidinosa de su madre consiguió que lo hiciera.

Mari parecía una bruja que hacía y deshacía a su antojo, y en ese momento lo que quería era más longitud del miembro de su hijo.

Estaban a medio metro de distancia y ese pene descomunal casi podía tocarla.

—Qué bien lo pasamos… como nos pusimos… me refiero al alcohol, claro… ¿Verdad?

Sergio asintió tontamente. Mari se dio la vuelta con los guantes en la mano (¿no los había tirado?) y dio un paso hacia el joven, el pene de este estaba a unos centímetros del trasero de la mujer.

Ella lo sabía y cuando se agachó para abrir el armarito y dejar debajo del fregadero los guantes (¿por segunda vez?), el miembro sexual y el culo impactaron.

—Espero que aquel día, aquella cosa que rugía en los pantalones, fuera… por mí.

Se alzó de nuevo y de espaldas, puso todo su cuerpo contra el joven, abriendo las piernas y dejando que los incontables centímetros de su pene pasaran entre sus piernas. Se sentía como en un columpio con aquel pene de dibujos animados debajo de ella, era algo bárbaro que no tenía ni pies ni cabeza.

Posó su cabeza en el hombro del joven, que veía el kimono mucho más abierto desde su posición, pero todavía sujeto por unos pezones a los que parecía estar cosidos.

Abajo, la vestimenta se había abierto más y encima de la cabeza de su pene, solo había piel, nada de ropa.

Por lo que… estaba en lo cierto, Mari solo tenía el kimono, ¡nada más!

La mano de la mujer rozó la punta de aquel monstruo que atravesaba su vulva y la acariciaba a partes iguales. Con sus uñas tocó un glande poderoso con más forma de seta que otra cosa, apenas rozándolo y haciendo que se moviera para su gusto.

—¿Sabes? Tu padre está al otro lado de esa pared. —Mari volvió su rostro para hablar a la cara a su hijo mientras seguía acariciando su pene— Puede entrar en cualquier momento. Entonces vería a su mujer, con una tremenda polla entre las piernas…

La respiración de Sergio se agitaba, sus manos temblorosas rodearon a la mujer llegando donde una cinta de tela gritaba por ser desatada. Pasó la mano por la punta y estiró de ella, era tan suave que casi le daba placer al tacto.

La atadura que ocultaba la poca piel que Mari no tenía al aire, se soltó.

Desde su posición más elevada con la boca de su madre respirándole a unos pocos milímetros, contempló su cuerpo.

El vientre estaba al aire y abajo, aunque no era visible, podía notar como una vulva sin pelos le saludaba con variados fluidos.

—¿Te lo imaginas? —Mari no paraba de acariciar la punta del joven— ¿Qué entre ahora mismo Dani y te pillé con tu morcilla entre las piernas de su mujer? Sería algo de locos, ¿no crees?

El joven no tenía que responder, no era su cometido, sin embargo sí que lo era ese dichoso kimono. Subió las manos por la pequeña cintura de su madre, dirigiéndose a esas mamas que apenas le dejaban ver el suelo, tan hinchadas, tan jugosas, ciertamente eran como las recordaba en su cabeza.

—Me haces cosquillas… —dijo ella con unos labios carnosos que luchaban por pegarse a los de su hijo.

Sergio asió el kimono por el dobladillo que separaba cada uno de los lados y antes de llegar a los senos, lo comenzó a separar. Al parecer, los pezones no estaban pegados, ni tampoco cosidos, con un leve movimiento que dio la sensación de ser más que sencillo al final aparecieron.

—Perfectos… —susurró el joven mientras dejaba la tela lo más apartada posibles de los senos de Mari.

Los dedos seguían nerviosos y aunque ya habían cumplido su tarea querían más, deseaban tocarlas, sobarlas e incluso pellizcar los dos pezones que coronaban erectos ambas montañas. Las manos con lentitud rehicieron su camino y en el instante que el contacto se iba a producir, Mari chistó.

—¡Ey!… Todavía no tienes permiso para eso… todavía… no. —quitó la mano del joven y se dio la vuelta alejándose de él. Le empujó con cierta fuerza y Sergio topó con un sillón que no conocía, el cual evitó la caída— Sentadito, cariño. Sentadito…

Mari avanzó hacia el como si de una modelo se tratase, abrió ambas piernas y se sentó sobre las de su hijo. Sergio la vio a la perfección, una diosa descendida de los cielos para su disfrute y sí… su vulva estaba rasurada y… mojada.

—Te he estado observando, cariño mío.

La pelvis de Mari había comenzado a moverse, dejando justo el pene de Sergio entre sus piernas y masajeándolo con su sexo una y otra vez.

—Me miras demasiado, te he pillado viéndome el culo, las piernas… y hoy… ¿Has gozado mirando las tetas a mamá?

—Sí… mucho… —el calor de Sergio era incalculable y sentía que la explosión se estaba acercando.

Las manos de su madre se juntaron en una dirección, sacando entre sus piernas el tremendo trabuco de su primogénito y colocándolo contra el vientre de este. Gracias a los jugos del sexo de la mujer, todo el tronco estaba impregnado de líquido, Sergio lo notó como si fuera la mejor crema del mundo.

—Hijo, no me culpes. —comenzó a hablar Mari mientras pasaba sus uñas por toda la longitud del pene de Sergio recogiendo las gotas que ella misma había depositado— Soy una mujer y tengo mis necesidades. Tu padre ya no me da lo que necesito.

Las manos de la mujer rodearon lo que pudieron la carne que desbordaba en sus manos y colocaron la polla contra su propio vientre. Mari inició un sube y baja lento mientras acercaba la cara a la de su hijo y los grandes pechos… casi los podía tocar con la punta de su pene.

—Necesito un hombre en casa, un macho… alguien que me lo haga, alguien que me posea. Sea de día o de noche, haga frío o calor, alguien que jamás ponga excusas. Necesito alguien que me dome, alguien que me monte.

Sus labios estaban tan cerca que apenas podía ver el movimiento de las dos manos subiendo y bajando su exagerado pene. El aliento en su boca era como un perfume, un bálsamo embriagador que le hacía perder el norte.