LA PASIÓN SE ESFUMA, EL TEDIO REGRESA
Sergio y Marta oficialmente volvieron al de tres días después de su encuentro en la biblioteca.
La joven acabó derramando alguna lágrima de felicidad al escuchar que “su chico” la perdonaba y volvía a confiar en ella.
El muchacho se había creído las sinceras disculpas y dio por válida la historia de cómo mientras estaba con su ex, Marta solo pensaba en él.
En verdad, habían sido tres días porque Sergio había decidido hacerse el duro, o eso pensaba él, porque realmente hubiera aceptado al día siguiente de la conversación.
La primera semana fue un éxtasis de felicidad, los dos sonreían en todo momento y la placidez era lo que primaba en la relación, aunque también otra cosa.
Al siguiente fin de semana, fueron a un hotel para en palabras de Marta “recuperar el tiempo perdido” y…
lo recuperaron. Estuvieron tanto el sábado como el domingo sin salir de la habitación, solo disfrutando de la cama y el calor mutuo.
Probaron la ducha, la cama, la silla, el suelo…
incluso lo hicieron en la taza del baño para rememorar su “segunda” primera vez.
Sin embargo, lo que apareció como un huracán, al poco tiempo se disminuyó quedando en una brisa de verano. La fogosidad de los primeros días desapareció a la tercera semana y al mes, la relación volvía a sus orígenes, a como era antes de su ruptura. Rutinaria.
Los paseos sin rumbo y con poco que contar estaban a la orden del día. Los planes casi eran obligatorios para tapar la carencia de la compañía, en resumen, si paraban de hacer cosas, simplemente se aburrían.
Sergio lo fue notando y a comienzos de diciembre, comenzó a darse cuenta de la realidad.
El sexo había disminuido, era normal, no podían mantener el ritmo de las primeras semanas, pero volvía a ser tan común como antes, casi similar a cumplimentar un informe.
Él solía pasearse por sus bajos para humedecer la zona, se colocaba arriba haciendo que esta terminase y después, ella hacia lo mismo cabalgándole en un silencio sepulcral.
Cada día, veía más claro que la situación no había cambiado en lo absoluto, aunque de momento no le incomodaba.
Pensaba que quizá fuera su culpa, que tenía que acomodarse a la nueva vida en pareja que había olvidado, o quizá simple tensión por los exámenes que se aproximaban…
cualquier cosa. Lo mejor de todo, o por lo menos así lo veía Sergio, era que el estudio lo sentía como una prioridad.
Con los exámenes más o menos cercanos, prácticamente a diario estaban estudiando en la biblioteca, eso sí, jamás volvieron a desatar sus fuegos internos en el baño.
A mitad de diciembre, con las fiestas navideñas a la vuelta de la esquina, salieron a hacer su rictus habitual, dar un paseo cogidos del brazo.
Para muchas parejas eso era suficiente para disfrutar, bien pegados y una conversación agradable les bastaba para pasar horas y horas caminando sin rumbo, solo disfrutando de la presencia del otro.
Sin embargo, para estos dos no era el caso y cada día el joven tenía más muestras de ello.
Pocos temas trataban y la mayor parte de las conversaciones se centraban en los exámenes.
No avanzaban y su complicidad cada vez iba a peor.
En uno de esos paseos exasperantes que no terminaban, cerca de la hora de volver a casa, pasaron por un parque cerca de la casa de Marta y el joven vio algo que le llamó la atención.
Observó a lo lejos, que un grupo de adolescentes estaban bebiendo formando un círculo.
No era nada raro, en aquel parque el botellón estaba a la orden del día, bien lo sabía Sergio que lo había hecho en muchas ocasiones.
Pero lo que más le llamó la atención, fue que dentro de ese grupo de chicas que veía a la lejanía, estaba su hermana.
Movido por un afán de venganza o por buscar un poco de diversión, le comentó a Marta que quería pasar al lado de aquellas chicas.
Al principio su novia le miró con cara de extrañeza, tuvo que explicarle que a la que quería ver era a su hermana y no a una cualquiera.
Cuando llegó al círculo donde las cinco chicas se encontraban, Laura no se había percatado de lo que estaba a punto de suceder, si no se hubiera dado a la fuga.
—Mi querida hermana, ¿Qué tal estás?
Laura se dio la vuelta sin notar la presencia de su hermano mayor, quedándose de piedra cuando este se agachó y la abrazó delante de sus amigas. La muchacha no dijo nada, solo abrió los ojos lo más que pudo, era la primera vez que la veían bebiendo y en casa no lo sabían, el corazón se le heló.
—Qué poco te alegras de verme.
—Sergio… —se levantó inquieta y con unas buenas formas que no eran las comunes— no… no te había visto.
—Bueno, ahora ya me ves, no vas a darme un abrazo… de esos enormes que me das en casa.
La joven abrió los brazos al tiempo que escuchaba unas joviales risitas a su espalda.
—¿Qué haces aquí? —le señaló con gracia mirando las botellas a la par que se separaban y reía de la forma más maligna que conocía— No sabía que bebieras ¿mamá y papá lo saben?
—No… si yo no bebo… son solo ellas, yo estoy aquí… acompañándolas, nada más. —tenía claros síntomas de nerviosismo y un olor proveniente de su aliento que no podía enmascarar.
—Sí, claro… —dijeron dos amigas al unísono detrás de ella.
—Uy… qué mal, qué mal… —negando lentamente con la cabeza— Tendré que decírselo —añadía el joven tratando de aguantarse la risa.
—Sergio… —escuchó como su novia con una media sonrisa le miraba para que terminara con la broma, su hermana parecía que se estaba agobiando.
Laura saltó hacia donde se encontraba Marta, una chica preciosa que era la primera vez que veía y no entendía cómo podía estar con Sergio. La sujetó de las manos y con cara de pena, trató de buscar una aliada para que terminara aquella tortura.
—Marta, ¿verdad? Soy su hermana, Laura. Lo siento por esta presentación… pero, llévatelo, ¡por favor! —estiró la última vocal a tono de súplica y ruego. Su “cuñada” se rio al tiempo que acariciaba la cabeza a la joven.
—Tranquila, ahora nos vamos. Aunque primero… parece que se está presentando a tus amigas. —no pareció darle importancia y le preguntó a la joven— ¿Qué es la primera vez que bebes?
—No… pero, en casa todavía no lo saben. Me da cosa decirlo, no quiero que me echen una bronca, además apenas bebo. Solo cuando salgo de fiesta y no soy de las que más toma.
Marta miró las tres botellas de ron que las cinco chicas compartían y no pudo evitar pensar que seguro que bebía más de lo que afirmaba.
—No te preocupes, Sergio no va a decir nada, ya me encargo yo de eso. Eso sí, no le molestes en casa que haber si se le va a escapar la lengua… si pasa, me lo dices.
Le guiñó un ojo para después sonreírla con sus dientes perfectamente alineados y blanquecinos que le resultaron encantadores a la hermana de Sergio.
Detrás de ellas, justo cuando Laura se acercaba a Marta para pedir que se llevasen a su hermano, Sergio se presentaba a las cuatro amigas de su hermana.
—Buenas noches, chicas, cuidar de mi hermana. Que no beba mucho y vacilarla un poco con el abrazo que me ha dado ¿okey?
—Síííí —afirmaron todas a la vez como si estuvieran en medio de una clase del instituto.
Una de las chicas se le quedó mirando mientras se volvía a poner de pie. Sergio se percató de la mirada, le resultaba ciertamente familiar, pero no sabía de qué. Los ojos casi negros de la muchacha le penetraban y sin cortarse le dijo.
—¿No te acuerdas de mí? —la miró analizando cada centímetro de piel, pero no encontraba similitudes que le dieran una pista. Movió la cabeza y antes de añadir que no, ella contestó— Soy Alicia, hace mucho que no paso por tu casa, pero no veas las veces que he jugado allí con tu hermana.
—¡Vaya, Alicia! —dijo Sergio echándose una mano a la cabeza— Menudo cambio has dado, si contigo he jugado a tomar el té con las muñecas.
—las demás chicas se rieron y ella se tapó los ojos por vergüenza—Si no me lo llegas a decir no te hubiera reconocido, has crecido mucho.
Aunque bueno es lo normal, la gente crece cuando pasan los años…
—Sergio… —llamó Marta desde atrás para que dejara de molestar al grupo de su hermana— Vámonos, cariño. Deja un poco en paz a tu hermana pequeña.
Asintió con la cabeza viendo como Laura fruncía el ceño. “Bueno, esto por esas malas caras de todos los días” pensó observándola enfurruñada junto a su novia. Volteó la cabeza y se despidió de todas con un saludo, mirando de nuevo a Alicia para decirla.
—Me ha alegrado mucho el verte. Igual coincidimos otro día.
Volvió caminando unos tres pasos donde su novia que le miraba conteniéndose la risa y sosteniendo a su “cuñada” por los hombros en señal de defensa.
—Ya me voy, Laura, pero antes… dame un beso, anda.
—Sergio —le volvió a decir Marta esta vez soltando una pequeña carcajada.
—Bueno, vale… sin beso. Ya te los daré al llegar a casa.
—Como te odio, de verdad. —bajo el manto protector de Marta, su hermana parecía un bebe hinchado de rabia.
—Yo creo que no me odias. Me amas muchísimo.
Sergio le alborotó el pelo en señal de cariño para que su hermana después de despedirse educadamente de Marta, se alejara del joven tanto como pudo, mientras sonreía victorioso.
—Te has pasado un poco, estaba con la cara roja como un tomate —le comentó su novia unos pasos más adelante sin borrársele la mueva de felicidad.
—Ya la pediré perdón, pero espero que me dé ese beso, si no a mis padres que va.
Los dos acabaron riéndose mientras el chico acompañaba a su novia a casa en vísperas navideñas.
Las luces colgadas entre fachadas daban un color precioso a la calle, el clima frío hacia que ambos cuerpos se apretaran más y el ambiente de felicidad se respiraba en cada esquina.
Dos enamorados riendo a la luz de la Navidad, podía ser un momento para el amor, para las nuevas oportunidades, pero en realidad sería de las últimas veces que reirían juntos.