¡CORRE, CARMEN ESPERA!
Cuando su madre desapareció por la puerta, el joven miró su móvil. La luz parpadeaba, anunciando que tenía algún mensaje pendiente de leer. “Tía Carmen” era lo que ponía en la pantalla, lo abrió antes de arrancar y leyó el contenido.
—Las pizzas acaban de llegar, cuando vengas, sube a mi habitación. Seguramente tu madre vendrá para las ocho y media o nueve, tenemos tiempo, pero… DATE PRISA.
Sergio pisó el acelerador y salió disparado al encuentro de su tía. La carretera se hacía eterna, interminable. El miembro del chico le pedía que corriera más, porque si tardaba mucho en llegar, podría correrse allí mismo.
Aunque el recorrido se le hizo largo y tedioso, apenas se acordaría en el futuro.
Aparcó el coche y salió corriendo a la casa, las llaves le resbalaban de sus manos sudorosas, era un manojo de nervios.
Consiguió meterla por la ranura “no va a ser lo único que meta” pensó de manera descara al abrir la puerta.
Desde la parte baja de la casa, todo se veía apagado, salvo la luz en la habitación de su tía.
Se quitó las zapatillas lo más rápido que pudo y subió aún más veloz por las escaleras.
Estaba atorado, con el corazón explotando dentro de su pecho, había dejado a un lado su parte humana, la racional.
Solo estaba su lado salvaje, el animal que llevaba dentro.
Tuvo que controlarse en el trayecto, no quería tropezar y quedarse sin el majar que esperaba en el piso de arriba y…
tampoco llenar toda la casa de saliva, estaba demasiado eufórico.
Por fin estaba ante la puerta, como la otra noche.
Aunque esta vez, estaba abierta y solo tuvo que empujarla, entrando de sopetón, sin embargo allí no había nadie.
Anduvo hasta la cama. Estaba hecha y las dos luces de la lámpara estaban encendidas, dos faroles con poca fuerza que daban una sensación de calidez a la estancia.
En ese momento, otra luz iluminó la habitación, era la del baño a su espalda.
La puerta se había abierto y de allí, salía su tía.
—Has llegado pronto, ¿tienes prisa por algo?
—Madre de dios…
Carmen apareció con una bata de terciopelo negro que le llegaba más arriba de las rodillas.
El pelo casi dorado, ondulado y con algunos tirabuzones como los que llevaba su madre.
Estaba realmente preciosa, se acercó al joven con paso decidido, mientras este se quedaba quieto sin poder moverse y a punto de temblar.
De cerca vio cómo se había pintado los ojos con una sombra rosa y estos tenían aún más color, ¿acaso aquello era posible?
—Si aún estoy vestida… —dijo ella con una sonrisa, mostrando unos labios recubiertos de gloss que le daban mayor volumen.
Posó su mano en el pecho del joven, el solo roce de sus dedos le produjo una atracción irrefrenable. No dudo en empujarle con cierta fuerza, Sergio se dejó caer contra la cama, para que acto seguido ella hiciera lo mismo, sentándose a ahorcajadas encima del muchacho.
—Carmen, por dios… —Sergio pasó sus manos por los muslos visibles, no sabía que más decir, ni hacer, su garganta estaba seca y agarrotada.
—¿Carmen? No, Carmen no… prefiero que me llames tía. —decía mientras su cadera comenzaba a moverse encima del pene casi erecto en su totalidad— Parece que ya estás listo ¿La has tenido así todo el día?
—Sí. No te lo he demostrado con la foto.
Carmen embistió más fuerte la entrepierna de Sergio, dando con su sexo en el gran bulto de su sobrino.
Resopló con fuerza pensando en la dichosa imagen que tan acalorada la había puesto.
Encima del muchacho, a horcajadas con sus piernas abiertas, notaba en su ropa interior un calor que no le ayudaba a serenarse.
—Joder, cariño, eso no se le hace a tu tía… Has sido malísimo, pero ahora vas a tener tu recompensa.
Con calma deshizo el nudo de su bata, para después, con más calma aún, como si el tiempo no jugara en su contra, abrir una parte de la bata y después, la otra. La prenda se abrió con una sutileza que desbordaba erotismo quedando toda la bata abierta delante del joven.
Sergio abrió la boca ante tal despliegue de armas de mujer, volviéndose a quedar sin hablar.
Su tía llevaba lencería de encaje, seguramente “cara”.
Era de color rosado, la parte de abajo estaba formado por una braga que rozaba el límite para ser un tanga, y tapaba menos de la mitad de sus nalgas.
Pero la parte de arriba… Sergio no podía dejar de mirar.
Los pechos de su tía estaban metidos en un sujetador que las mostraban perfectas, grandes como eran y jugosas como un algodón de azúcar.
El joven pensó estar en el paraíso, aquello no podía ser cierto, era la mejor imagen que había visto en su vida.
Sí, su tía era mayor, tenía algunas arrugas, sobre todo de expresión y su vientre no estaba plano.
Había pasado dos embarazos que dejaron rastros que no se irían jamás, pero se conservaba como un buen vino.
—Parece… que te gusta. —la voz de Carmen sonaba agitada.
—Me encanta. —logró decir sin perder la cordura.
Ninguno podía hablar demasiado, estaban demasiado atorados, les invadía el placer como un parásito que no podían matar. Sergio temblaba al pensar en cuál sería el siguiente paso, seguía con las manos quietas en los duros muslos de su tía, era un niño asustado delante de una diosa.
Su tía en cambio, seguía moviendo su cadera, cada vez notando más el terrible sable de que la atravesaba por completo su vagina.
Se apoyó en el pecho de este con las manos estiradas, como si ya hubieran comenzado con el coito.
Sergio no perdía de vista el precioso cuerpo de su tía que en ese momento tenía más cerca.
El calor que le atravesaba el pantalón debido al horno que su tía tenía en las piernas era demasiado.
Sentía que el paraíso se volvía tangible en la tierra y a cada movimiento de la mujer, los pechos apretados por ambos brazos daban la sensación de ser inabarcables.
—Ti… ti… tía… si seguimos así… me corro.
—¿Estás muy caliente? —la boca se le quedaba pastosa.
—Si la meto, me corro —dijo Sergio como pudo.
—¡Dios mío! No me digas esas cosas. —se mordió el labio con lujuria y apretó sus uñas contra la piel del chico. Trato de desfogarse con eso, pero necesitaba más— ¿Tú sabes lo bien que sienta que le digan esas cosas a una mujer de mi edad?
—Pero no miento… no voy a aguantar ni un minuto.
—Ca… cariño, yo también estoy aceleradísima. —se le ocurrió que lo mejor sería ir paso a paso— ¿Quizá unos preliminares?
—Si nos da tiempo… será lo mejor.
—Una duda, —parando por primera vez el movimiento de su cadera y recogiéndose el pelo tras la oreja— si… Si acabas… ¿Podrás seguir?
—Joder —pensando en lo caliente que estaba y en cómo le ardía el cuerpo— apostaría lo que fuera a que sí.
Carmen se bajó de la montura y se apoyó en la cama.
Aunque apenas le dio tiempo a pensar en qué hacer, ya que instantes después Sergio la había agarrado de las piernas y la tumbaba en la cama.
Sus manos ágiles y también nerviosas, llegaron hasta las braguitas de su tía, las cuales quitaron de golpe con precisión de cirujano ante la pasividad de esta.
El sexo de Carmen hizo acto de presencia, esta vez estaba impoluto, sin ningún pelo a la vista.
Se lo había rasurado para él, “menudo regalo”.
Sergio acercó su rostro, podía oler el aroma que desprendía, estaba notablemente mojado. Se veía brillante con la tenue luz que despedían las pequeñas lámparas, tenía un color rosado que cautivaba, Sergio pensó que no habría cosa más bonita en la tierra.
Unos labios temblorosos se arrimaron al dulce tesoro de la mujer, podía sentir como el calor emanaba del interior.
Soltó un poco de aire sobre el clítoris de la mujer para aplacar ese fuego.
Carmen se estremeció por completo, desde el primer centímetro de piel al último.
Notó el aliento caliente de su sobrino como el mejor de los néctares.
Sacó su lengua sin poder detenerse, no pensaba en lo que hacía, solo quería hacerlo y punto.
La puso en la parte más inferior de la vagina de la mujer y subió muy despacio hasta el otro extremo dejando un rastro de saliva que parecía el de un animal.
Los jugos se amontonaban en su boca, “Marta no se mojaba tanto” pensó al ver que estos se derramaban fuera de su lengua.
Carmen notaba el calor y la humedad que imprimía la lengua de su sobrino, sintiendo un incontrolable placer que le hizo cerrar los ojos, apretar con fuerza el edredón y volar por un mundo de felicidad.
—Madre del amor hermoso… —dijo al notar como la lengua de Sergio terminaba su recorrido— esto es… es como… tocar el cielo.
—Apenas he empezado —respondió el joven, viendo como el pecho de su tía subía y bajaba acelerado.
—Sigue, cariño…, sigue, por favor… —le rogaba con una voz temblorosa.
El sobrino obedeció y pasó su lengua por el clítoris de su tía. Esta zona también estaba húmeda y dura… Carmen no podía esconder lo caliente que estaba y observando su zona íntima sería una locura negarlo. Lo rodeó, lo lamió y lo degustó, haciendo que la mujer no pudiera tener sus piernas quietas.
El jugueteo terminó y un hábil dedo se comenzó a colar en el interior de Carmen, gimió al notar como le horadaba el interior. Pero más le gustó, cuando al movimiento de aquella juguetona falange, se le unió una todavía más traviesa lengua que volvió a visitar el clítoris.
Los entrantes habían terminado, Sergio se disponía a darle el primer plato. Su lengua comenzó a moverse con verdadera maña por la zona más erógena de su tía, mientras que el dedo entraba y salía presionando las paredes abultadas del interior.
—Mi vida… hacia cuanto que no me hacían esto… ni lo recuerdo… —a Carmen cada vez se le hacía más difícil estar allí, su mente volaba y volaba.