DÍA EN FAMILIA #3
—Nada más. Me contaba lo que le venía a la mente, cuando se suelta no tiene vergüenza, le tuve que parar en alguna ocasión.
—no podía asegurar que aquello fuera del todo cierto.
Cuando le comenzó a mirar con ciertos ojos lujuriosos después del pantano, estaba segura de que ya no le paró— y te voy a decir una cosa, me encantó hablar de algo así tan abiertamente.
Hacia tantos años que no escuchaba una lengua así de suelta… me sentí como cuando éramos jóvenes.
Mari sonrió y miró al infinito, más allá del final de la calle, tratando de recordar aquellas conversaciones interminables con su hermana, tan lejanas en el tiempo.
Bajo las sabanas, en el jardín, en el viejo coche de su padre…
como le gustaba no parar de hablar junto a Carmen.
¿Cuándo cambio? ¿Cuándo se volvió tan recta, tan avergonzada, tan pudorosa?
No quedaba nada de aquella joven que pretendía comerse el mundo, ¿o sí?
El móvil de Carmen vibró, rompiendo el pequeño momento de soledad que compartía con su hermana.
Abrió los ojos sin poder evitarlo, un poco más y sus cuerdas vocales provocaron un graznido que a saber cómo se hubiera interpretado.
Su hermana la miró con ojos extraños y dando su último sorbo al café se preocupó por ella.
—¿Qué pasa?
—No, nada —dijo Carmen simulando tranquilidad aunque por dentro estaba alterada— cosas de Nuria.
—¿Qué tal están mis sobrinas? Ni he tenido la decencia de preguntarte por ellas.
—Bien, o eso creo, con cuentagotas sé de ellas, ya están intentando hacer sus vidas, ya sabes —viendo que ambas habían terminado el café añadió— ¿nos volvemos?
Pagaron y comenzaron a caminar tranquilas por el pueblo recordando momentos vividos muchos años atrás.
Rieron y contaron anécdotas, las cuales hacían que alguna que otra lágrima se derramara por sus pómulos por revivir tales situaciones.
Caminaron al coche, hasta que de pronto, mientras ellas reían a carcajadas, alguien las llamó.
—¡Carmen! —saltó una mujer desde su espalda y dirigiéndose a ellas añadía— ¿No me lo creo? Dime que esta es tu hermana.
—¿Pili? —contestó Mari al dudar por un instante. Después de corroborar en sus recuerdos quien era, añadió— ¡Pili!
Ambas se dieron un fuerte abrazo ante los ojos de Carmen que sonreía al sentir la felicidad que estaba sintiendo su hermana desde que había llegado al pueblo.
Mari se acababa de encontrar con una de las amigas de su infancia, con la cual, pasados los años y la distancia, casi se habían olvidado la una de la otra.
Solo a través de las redes sociales conservaban la amistad y decir eso era demasiado…
mejor dicho recordaban el rostro la una de la otra.
—¿Qué haces aquí? —preguntó la mujer.
—Pues, he venido con mi hijo a ver a mi hermana, ¡hace cuanto que no te veía! Estás guapísima —más un cumplido que realidad, los kilos y la edad le habían pasado factura a la mujer.
—Tú sí que estás guapa, bueno siempre fuisteis muy guapas, como me alegra verte. Aunque si no vas con tu hermana no te hubiera reconocido.
—Estoy por aquí menos de lo que me gustaría, Pili.
—Ya lo siento, chicas, me da una rabia no poder entretenerme… tengo que abrir la tienda, me encantaría estar un rato contigo.
—Oye, podéis quedar después de que cierres —dijo Carmen rápidamente—. Terminabas a las siete de la tarde, ¿no?
—Sí. Después no tengo nada que hacer, mi niño tiene que ir al entrenamiento de baloncesto o sea que… ¿Tomamos algo?
—¿No te importa que no pasemos el tiempo juntas, Carmen? —le preguntó a su hermana aunque sabía la respuesta.
—Más te vale… disfruta y recuerda buenos momentos con Pili, a mí me ves más a menudo, aunque tampoco mucho…
Las tres rieron y se intercambiaron los móviles para quedar más tarde. Mari no podía ser más feliz, haber visto a Pili le traía tantos buenos recuerdos, tantas tardes en el río, tantos juegos a la cuerda, tantos momentos delante y… detrás de los chicos.
Las dos mujeres llegaron al coche. Mari aún tenía la sonrisa por ver a su amiga y la mente viajando al pasado, incluso las ganas de llorar por los viejos recuerdos habían tenido que ser reprimidas.
—¿Le has dicho a Sergio que nos vamos? —preguntó Carmen a su hermana dentro del vehículo.
—No. Se me ha pasado, con la charla y ver a Pili… ahora mismo le mando.
—Aprovecha —Mari no entendía lo que decía su hermana— mándale un mensaje algo cariñoso a tu hijo anda.
—A ver… —casi con vergüenza comenzó a escribir. Una vez terminado— Cariño, nos vamos a casa, nos vemos allí, besos. ¿Te parece bien? —con un tono de broma como si se lo estuviera diciendo a su madre.
—Ponle que le quieres mucho.
—¿Para qué? Si ya lo sabe.
—Pónselo.
Mari se lo acabó poniendo y al de un minuto vio la contestación de su hijo “bien, mamá, luego me acercan. Yo también te quiero.” Según terminó de leerlo, algo dentro la removió.
¿Hacia cuánto que no escuchaba a su hijo decirla que la quería?
Quizá su hija hacia menos tiempo, pero también era más pequeña, ni siquiera Dani soltaba esas palabras tan a la ligera.
Se mojó los labios notando que la garganta se le había secado.
Releyó las parabas, “yo también te quiero” el corazón le saltó en su pecho sin un motivo entendible y con sus ojos azules, volvió a leer por última vez las dos últimas palabras “te quiero”.
Su mente gritó tan fuerte como le era posible con la imposible posibilidad de que su hijo la escuchara, “yo también te quiero, cariño”.