PARADA EN EL PANTANO #2
Con el rabillo del ojo podía ver los muslos al aire que su tía mostraba, pero no le era suficiente, quería otra cosa, una cosa que había visto en el agua.
Fue una mirada rápida, volteó la cabeza disimulando mirar el salvaje monte que quedaba a su derecha, pero un ojo se dirigió al escote de Carmen.
La silueta le pareció magnifica unos senos bien puestos y de buen tamaño, medida perfecta para su gusto, lástima que el canalillo solo dejara ver una pequeña parte del total.
La mirada no pasó desapercibida. Carmen la sintió. Otra vez fue tan rápida que apenas vio los ojos del joven en movimiento, pero ese pequeño disimulo mirando el monte era demasiado descarado, era la segunda vez que miraba sus senos en una hora.
Apretó sus piernas algo nerviosas, no sabía qué hacer.
Por su mente fluyeron varias opciones, decirle algo, enfadarse, dejarlo pasar…
no había tenido hijos, no sabía que era lo adecuado en esa situación.
No entendía muy bien como era un adolescente masculino, aunque por otro lado, una pregunta, más que ninguna otra, resonó en su cabeza ¿en verdad le había molestado?
Sus piernas siguieron de forma inconsciente apretándose más y más, ¿Por qué se sentía tan…
tan… bien? ¿Qué estaba pasando? Nunca se había sentido tan descolocada.
Recapacitó sobre las miradas, sería algo inocente, algo que un chico haría casi por instinto, aunque Sergio ya no era un niño, era un hombre.
Aquello volvió a sonar en su mente como un grito desesperado por hacerse escuchar, UN HOMbrE.
Su cabeza le decía que era coincidencia, casualidad, nada más, incluso quizá un error suyo de apreciación. Sin embargo, en sus fueros más internos, algo le dijo que no, que le había mirado con la intención de escrutar su fisionomía.
De pronto sintió algo, una sensación nacida de su vientre, o quizá algo más abajo. Como si un interruptor volviera a ser pulsado, una llama, no más grande que la de una cerilla nacía en su interior.
Con el calor insoportable que seguía azotando sin piedad, su siguiente movimiento parecería de lo más habitual y se concienció en que no tenía nada que ver con lo que estaba haciendo Sergio. Llevó su mano hasta los cordeles y tiró de estos haciendo que la tela se separase.
Sus manos actuaron solas, el escote se abrió demasiado, la vergüenza de antes volvió a aparecer y se preguntó “¿Qué estoy haciendo?”.
Podría volver a apretarlos con cuidado, se veía demasiado.
No actuó con lógica o raciocinio, y no se tapó algo que mostrarlo le hubiera parecido del todo inapropiado.
Sin embargo, lo que por instinto le salió de lo más profundo de su ser, fue mojarse sus secos labios por el calor o los nervios, y abrir la boca para llamar la atención de su sobrino.
—¿Cuánto crees que quedará de caravana?
—Ni idea… antes ponía el cartel de dos kilómetros más de obras, o sea que quizá poco, pero vete a saber.
—Cuando lleguemos me da que lo primero que voy a hacer será comer ¿y tú?
Inconscientemente o quizá muy conscientemente, pasó sus brazos por debajo de sus pechos haciendo que estos se juntasen y lograr un efecto de aumento. Esperó con paciencia sin perder los ojos de su sobrino a que este posara la vista en ella.
No había duda, otra vez sucedió, esta vez lo había pillado.
Los ojos del joven habían descendido en un pestañeo hasta el canalillo abierto por ella misma y por menos de un segundo contemplaron lo que allí había.
“¿Qué hago, joder?” se preguntó acomodándose en el asiento.
Su sobrino la había mirado, ya eran tres veces, TRES “¿Qué puedo hacer? O… ¿Qué debo hacer?” Antes de encontrar una respuesta escuchó la respuesta de Sergio.
—Tendré que comer algo.
Carmen notó algo en su tono, casi inaudible.
Su voz se quebró por un pequeño instante, estaba nervioso, seguramente por su culpa.
Quizá era ella la instigadora, la que le ponía todas las miradas en bandeja, la que estaba provocando a su propio sobrino.
Jamás se había imaginado una situación así, era impensable, aunque por otro lado, en su interior, la llama que hacia breves instantes nació, ahora pretendía crecer con fuerza.
El sorprendente calor e inesperado, comenzó a arder dentro de ella.
Una sensación que hacía muchos años desapareció y de la cual apenas tenía borrosos recuerdos.
Las pupilas se le dilataron, la respiración se agitó y sus pómulos fueron invadidos por un color rojizo.
Con voz alterada en su interior sin poder creérselo se dijo, “¡no puede ser! ¡¿Me… me… estoy poniendo?!”.
—¿Qué vas a hacer estos días? —escuchó que le preguntaba Sergio sacándola de esos pensamientos.
—No lo he planeado, hoy ya nada. Bueno, estar con mi sobrino favorito por supuesto, pero mañana no sé, ¿tú?
—Tampoco lo sé, cuando llegue algún amigo saldré con él, pero debería ir a instalarme donde la abuela cuando antes.
Esta tarde la puedo pasar descansado, o…
hacemos algo si te apetece. —la frase en la cabeza de Sergio no sonó tan mal como en su boca.
Le dio la sensación de estar invitando a su tía a algo más que lo obvio entre familiares.
Aunque, ¿por qué le sonaba tan mal, era Carmen, la misma de siempre, nada más?
—Puedes ir al jardín y estar en la piscina toda la tarde, yo quizá me prepare un cóctel y tome el sol, creo que me lo merezco.