Aunque sea mentira Capítulo 1
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Aunque sea mentira

Aunque sea mentira

Por Adri Luna

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Capítulo 1

Zak Prescott

El hielo ya comenzaba a derretirse dentro de la bolsa improvisada, mojando la manga de mi camiseta y dejando entumecida la piel del hombro. Aun así, el dolor seguía ahí, palpitando bajo el frío, como si alguien estuviera clavándome los dedos en el hueso.

—¿Todavía duele? —preguntó Archie, observándome presionar el hielo contra el hombro.

Estábamos en la sala de la casa donde vivíamos juntos. Edgar ocupaba el sillón frente a mí, con el celular en las manos, mientras Archie permanecía apoyado contra la barra de la cocina. Su expresión cerrada dejaba claro que aquella pregunta no venía acompañada de preocupación. Era una acusación.

—El golpe fue fuerte —respondí.

Moví el brazo con cuidado y me arrepentí en el mismo instante. Una punzada me atravesó el hombro y bajó por el brazo, obligándome a apretar los dientes.

—Tienes que dejar de hacer estupideces, Zak. —Cruzó los brazos—. Conducir después de beber es una de ellas. Podrías haber muerto.

Solté una risa sin humor.

—Mira quién habla.

Archie no se movió, pero algo cambió en su rostro. La mandíbula se le tensó. Sus ojos perdieron cualquier rastro de irritación y se volvieron fríos de una manera que conocía demasiado bien.

Fue entonces cuando comprendí la magnitud de la mierda que acababa de decirle a alguien que ya había intentado quitarse la vida acelerando un auto sin importarle si sobrevivía.

—Lo siento —dije, apartando la mirada—. Olvida lo que dije.

Archie se separó de la barra.

—Vete a la mierda. Tú y ese puto hombro.

Atravesó la sala y desapareció por el pasillo. Pocos segundos después, una puerta se cerró de golpe con tanta fuerza que las botellas sobre la barra temblaron.

Me pasé la mano libre por el rostro.

—Genial.

—De verdad tienes un talento impresionante para decir lo peor posible —comentó Edgar, sin apartar los ojos del celular.

—Ya me disculpé.

—Y eso siempre lo arregla todo, ¿no?

Le lancé una mirada irritada.

—¿De qué lado estás?

Edgar por fin levantó la vista.

—Del lado del que no condujo borracho, chocó y ahora intenta ocultar una lesión a pocos días de un partido importante.

—Solo fue un golpe.

—Apenas puedes levantar el brazo.

Intenté mover el hombro otra vez y el dolor explotó. Contuve la respiración y mantuve el rostro impasible, pero Edgar dejó escapar una risa breve.

—Eso no fue convincente.

—Nadie pidió tu opinión.

—No. Solo me pediste que ayudara a ocultar otra de tus brillantes decisiones.

Aparté la bolsa de hielo durante unos segundos.

La piel estaba enrojecida, pero no había nada aparentemente fuera de lugar.

Ningún hueso sobresalía. Ninguna deformidad.

Solo un dolor demasiado intenso para algo que yo insistía en llamar un simple golpe.

El partido sería en pocos días y yo era el capitán.

No había espacio para el dolor, la debilidad ni nada que le diera al entrenador un motivo para dejarme en el banquillo. Sobre todo ahora, cuando Caleb parecía decidido a demostrarles a todos que podía dirigir a ese equipo mejor que yo.

Ni de puta manera iba a perder mi lugar por un becado recolector de basura.

—Puedo pedirle a mi madre que le eche un vistazo —dijo Edgar—. Tu padre no tiene por qué enterarse. Mucho menos el entrenador.

La madre de Edgar era fisioterapeuta deportiva y ya había trabajado con atletas profesionales. También sabía guardar secretos, una cualidad indispensable cuando convivía con tres hombres que habían convertido las pésimas decisiones en una rutina.

Volví a presionar el hielo contra el hombro.

—¿Puede venir ahora?

Edgar arqueó una ceja.

—¿Ahora?

—Tengo un partido en unos días.

—Y un ego demasiado grande para ir a un hospital.

—No voy a ir al hospital.

—¿Porque podría aparecer en tu historial médico?

—Porque alguien podría llamar a mi padre.

Mi respuesta salió más brusca de lo que pretendía.

Edgar guardó silencio durante un instante.

Sabía que había temas sobre los que no convenía insistir.

Mi padre era uno de ellos. Richard Prescott no necesitaba estar dentro de una habitación para controlar todo lo que ocurría en ella.

Bastaba con la posibilidad de que su nombre apareciera en una llamada, en un informe médico o en una conversación con el entrenador.

No preguntaría si yo estaba bien. Preguntaría si todavía podía jugar.

—Está bien —dijo Edgar, desbloqueando el celular—. Voy a llamarla.

—Dile que es urgente.

—Chocaste el auto ayer y solo ahora decidiste que era urgente.

—Ayer estaba borracho.

—Ese es exactamente el problema.

Ignoré la provocación.

Edgar se levantó y caminó hasta la cocina mientras hacía la llamada. Me quedé solo en el sofá, escuchando su voz baja y el sonido distante de algo que era arrojado en la habitación de Archie.

Cerré los ojos y apoyé la cabeza contra el respaldo. El dolor en el hombro todavía era soportable; el problema era todo lo que podía significar. En la familia Prescott, las lesiones no se trataban como accidentes. Eran fallas. Debilidades. Obstáculos entre un hombre y lo que esperaban de él.

Mi hermano Liam jugaba en la NHL. Era el orgullo de la familia, el rostro de los Prescott frente a las cámaras y el ejemplo que mi padre utilizaba cada vez que quería recordarme lo lejos que todavía estaba de ser digno de nuestro apellido.

Ya podía oír su voz: Liam jugaría incluso con dolor. Por eso, mi padre no se enteraría. El entrenador no se enteraría. Yo saldría al hielo, marcaría los puntos necesarios y conservaría el título de capitán, pasara lo que pasara.

—Ya viene.

—¿Cuánto falta?

—Veinte minutos.

Asentí.

—Perfecto.

Guardó el celular en el bolsillo y me miró.

—Va a decirte que te hagas estudios.

—No voy a hacerme estudios.

—Entonces, ¿para qué le pediste que viniera?

—Para que ponga esto en su sitio, haga algo con el dolor y me diga que puedo jugar.

—Mi madre es fisioterapeuta, no una hechicera.

—Mientras no se lo cuente a mi padre, puede ser lo que quiera.

La puerta del pasillo se abrió antes de que Edgar respondiera. Archie volvió a la sala con otra camiseta y el rostro todavía cerrado. No me miró. Fue directo a la cocina, abrió el refrigerador y sacó una botella de agua.

Debería haber vuelto a disculparme, pero no lo hice.

Archie odiaba las disculpas repetidas. Decía que, después de la primera, las demás solo servían para aliviar la conciencia de quien había hecho una estupidez. Y mi conciencia no merecía ningún alivio.

Se apoyó contra la barra y bebió la mitad del agua de una sola vez.

—Nadie puede enterarse del accidente —dije.

—Quizá deberías haber pensado en eso antes de conducir borracho —respondió Archie.

—No estoy pidiendo un sermón.

—Menos mal, porque no tengo ninguno para darte. —Cerró la botella.

Apreté la bolsa de hielo con más fuerza.

—Apenas puedes sostener esa mierda.

—Preocúpate por tu vida.

Sus ojos encontraron los míos, pensé que Archie volvería a mandarme a la mierda. En cambio, desvió la mirada.

—Lo estoy intentando —respondió en voz baja.

Sonó el timbre y Edgar se levantó.

—Debe de ser mi madre.

La mujer entró pocos minutos después cargando un bolso negro grande. Llevaba pantalones deportivos, tenis y el cabello recogido en un moño. Miró primero a su hijo, después a mí y, por último, a la bolsa de hielo improvisada sobre mi hombro.

—¿Qué pasó?

—Decidió comprobar si el alcohol y conducir eran una combinación inteligente —respondió Edgar.

—Edgar —dije, irritado.

—Se iba a enterar de todos modos.

Su madre cerró la puerta y se acercó a mí.

—¿Chocaste el auto?

—Fue un golpe leve.

Archie tosió para provocarme. Ella le lanzó una mirada y volvió a examinarme.

—Quítate la camiseta.

Me pasé la camiseta por la cabeza, intentando no demostrar el dolor que me atravesó el hombro. El simple movimiento hizo que me temblara el brazo.

—Siéntate derecho —ordenó.

Obedecí. Sus dedos presionaron la zona cercana a la clavícula y luego bajaron lentamente por el hombro. Cuando tocó el punto más doloroso, mi cuerpo reaccionó antes de que pudiera evitarlo.

—Joder.

—¿Aquí?

—Sí, ¡carajo!

Me pidió que levantara el brazo. Logré llegar apenas por encima de la línea del pecho antes de que el dolor se volviera insoportable.

—Basta —dijo.

—Puedo subirlo más.

—No necesitas demostrarme nada.

Era el tipo de frase que siempre me irritaba. Todo el mundo tenía que demostrar algo. Quienes decían lo contrario normalmente ya lo tenían todo.

Hizo algunas pruebas más, moviéndome el brazo con cuidado, y su expresión se volvió cada vez más seria.

—No parece dislocado, pero hay una inflamación importante. Puede ser solo una contusión fuerte, una distensión o alguna lesión en el manguito rotador. Sin una prueba de imagen, no voy a afirmar nada.

—Tengo un partido en pocos días.

—No deberías jugar.

—Esa no era una de las respuestas disponibles.

Soltó mi brazo.

—Entonces no deberías haberme llamado.

—Solo necesito poder moverlo.

—Y yo necesito que entiendas que jugar lesionado puede convertir algo reversible en una lesión que comprometa toda tu temporada.

Toda la temporada. Las palabras me hicieron estremecer.

—Eso no va a pasar.

—Tu cuerpo no negocia con tu ego, Zak.

Miré a Edgar.

—Dijiste que ella ayudaría.

—Y estoy ayudando —respondió ella antes que él—. Voy a hacerte un vendaje, indicarte que uses hielo y darte algunos ejercicios suaves. Pero mañana necesitas ver al médico del equipo.

—No.

—Entonces busca otro médico.

—Tampoco.

—¿Estás ocultándole esto al entrenador?

No respondí.

Ella miró a su hijo y Edgar levantó las manos, dejando claro que no tenía nada que ver con mi estupidez.

—¿Y a tu padre? —preguntó.

Se me tensó la mandíbula.

—Sobre todo a él.

Su expresión cambió. No a lástima. Si hubiera sido lástima, le habría pedido que se marchara, simplemente parecía entenderme. Conocía a Richard Prescott. Todo el mundo relacionado con el deporte lo conocía.

—De acuerdo —dijo, abriendo el bolso—. No voy a llamar a nadie. Pero tampoco voy a mentirte. Si el dolor aumenta, si pierdes fuerza en la mano o si el brazo empieza a hormiguearte, ve inmediatamente al hospital.

—Está bien.

—Y nada de entrenar mañana.

—Eso no va a pasar.

—Entonces evita el contacto físico.

—Juego al hockey.

Se detuvo y me miró.

—En ese caso, intenta usar el único órgano que todavía no te duele y toma una decisión inteligente.

Edgar se rio.

—Siempre me ha caído bien —comentó Archie.

—Los dos pueden irse a la mierda.

La madre de Edgar hizo el vendaje con movimientos firmes, envolviendo mi hombro y parte del brazo. La presión disminuyó un poco la sensación de que algo estaba a punto de romperse ahí dentro.

—Esto no es una autorización para jugar —advirtió al terminar.

—Voy a fingir que sí.

—Y yo voy a fingir que no esperaba esa respuesta.

Guardó el material y se puso de pie.

—Voy a dejarle un antiinflamatorio a Edgar. Tómalo después de comer y no lo mezcles con alcohol.

—Arruina toda la diversión.

—También puede arruinarte el estómago.

Antes de marcharse, apretó el hombro de Edgar y me lanzó otra mirada severa.

—Cuida de esto.

La puerta se cerró y Edgar volvió al sillón.

—¿Hablaba del hombro o de ti?

—Ninguno de los dos necesita tus cuidados.

Archie terminó el agua y tiró la botella vacía a la basura.

—Mañana no entrenas.

—¿Ahora eres mi entrenador?

—No. Pero soy alguien que no tiene ganas de cargar tu cuerpo fuera del hielo cuando esta mierda empeore.

—No voy a faltar al entrenamiento.

—¿Porque Caleb podría ocupar tu lugar? —preguntó Edgar.

Mi mirada se clavó en él.

—Caleb no ocupa mi lugar.

—Ha marcado más puntos que tú en los últimos dos partidos.

—Porque yo estaba asegurándome de que el resto del equipo no hiciera estupideces.

—Es una forma creativa de decir que jugó mejor —comentó Archie.

Me levanté demasiado rápido. El dolor palpitó y casi me obligó a sentarme de nuevo, pero permanecí de pie.

—Tuvo suerte.

—¿Dos veces? —provocó Edgar.

—Caleb es un becado que debería agradecer que le permitamos usar el mismo vestuario que nosotros.

Me alejé de los dos y recogí mi camiseta del sofá. Ponérmela fue una tortura, pero prefería arrancarme el brazo antes que demostrarlo delante de ellos.

—Voy a dormir.

—Tómate el medicamento —advirtió Edgar.

Le mostré el dedo medio sin mirar atrás. Subí las escaleras y entré en mi habitación, cerrando la puerta con el pie. El celular vibraba sobre la cómoda.

Tres llamadas perdidas de mi padre, un mensaje del entrenador y una notificación del sistema académico de Montlake.

Abrí primero el mensaje del entrenador.

Entrenamiento a las seis. No llegues tarde.

Pasé a la notificación de la universidad. Se había publicado una actualización en la asignatura que compartía con la chica becada que vivía pegada a Briana, el nuevo pasatiempo de Archie.

Parejas asignadas para el proyecto semestral.

Deslicé la pantalla hasta encontrar mi nombre.

Zak Prescott y Hannah Carter.

Me quedé mirando aquello durante unos segundos, era una información que ya conocía, pero aun así seguía irritándome.

La chica irritante, la hermana de Caleb. Solté una risa sin humor.

Me palpitaba el hombro, mi padre estaba intentando comunicarse conmigo, Caleb amenazaba mi posición en el equipo y ahora tendría que compartir un proyecto con su hermana. Aquella semana prometía ser una mierda y apenas era domingo.