Aunque se acabe el mundo Capítulo 51. Laia
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Capítulo 51. Laia

Envuelvo a Diana entre mis brazos.

—Mi vida —la oigo decir cuando chocamos—. Laia. Laia.

Podría reconocerla solo por esto: la configuración de sus huesos. Mi oreja contra su mejilla, su mano en mi nuca, y huele a tierra y a azufre; a algo bajo su piel que nada podría borrarle.

—Estás aquí —sollozo—. Estás aquí.

Se tambalea y pierde el equilibrio. Nos desplomamos sobre el foso de rodillas.

Nos buscamos a la vez, nos comprobamos la cara con las manos: su nariz y su labio partido por una herida.

Diana me agarra y me besa. Yo le repaso los pómulos con los pulgares, abro y no abro la boca, no tengo ni idea de lo que hacer.

Quiero decírselo todo y me sale, a su vez, un ruido ininteligible que en realidad son lágrimas.

Cuando la miro y la enfoco, tiene los ojos grises, la mancha roja sobre el párpado, y está llorando y eso me alerta, porque Diana no llora, así que intento solucionarlo limpiándole la mandíbula.

—Iba a… —empieza, pero no hace falta—. Te llamé a las diez…

—Lo sé. Te quiero. Te quiero.

Tiro de ella y vuelvo a besarla.

Diana me abraza y las manos me tiemblan mientras las hundo en su pelo; la compruebo como cerciorándome de que no es de mentira.

En algún lado de este foso, Alma está haciéndolo con Oli.

Cristo ha saltado un tronco para llegar hasta César, que lleva una muleta para las rocas que caen al río.

Diana me abraza y de repente este es un momento que ha ocurrido más veces: todos nosotros aquí, gente a medio crecer, crecida, y quizá hay algo en lo que se equivocó la voz. No somos tan individuales.

Diana me toma de la cara y pega su frente a la mía. Siento el peso de Olivia llorando en mi hombro y Cristo balbucea un rezo sobre mi coronilla. Alma nos aprieta como peleándose con algo. Cuando César se echa encima, tapa el último trozo de sol.

Arriba, mientras atardece, el cielo se prepara para despegar. Es un temblor y una cosquilla en la nuca, algo innombrable. Una canción con mi nombre sonando en bucle en un canal de radio.

Levanto la cabeza y lo veo.

La cúpula entera se enciende.

Sus paneles nos ciegan con una lluvia de rojo, y la gente en la calle retrocede, la policía se prepara, pero nadie arranca los coches.

Hay algo sobrecogedor en este momento. El imán selecciona las hojas secas del suelo, las partículas de nada, basura y envases.

Cuando Diana me aprieta las manos y mira conmigo, creo que veo en sus ojos el reflejo azul de una piscina que parte el mundo.

En el horizonte, en el trozo de cielo que nos dejan ver los muros, distingo motas negras volando bajo las nubes y ahora entiendo que no vienen.

Lo que vi en el sueño fue el momento exacto en el que se van.

Cada segmento absorbe a una criatura: ganado de matadero, un ternero recién nacido, un toro de lidia que se llevará consigo el secreto de la silueta que delimita España.

Las últimas vacas del mundo se marchan a otro mundo mejor y nos dejan entre los restos que nos quedan de este. Será uno extraño, aún nuestro, sin cencerros en el monte.

Habrá que crecer e inventar otro ruido para aprender a invocar una luz en el cielo.