Aunque me dé miedo Capítulo 25
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Capítulo 25

Lía

Empecé el lunes con la buena noticia de haber aprobado el examen de Enfermería Clínica III. No había conseguido más que una B, es decir, un siete, pero con el inicio de curso tan malo que había tenido, casi que me podía dar con un canto en los dientes.

Según fue avanzando el día y se acercaba la hora del entrenamiento, mi ánimo fue decayendo. Al menos, pude pasar casi toda la tarde tranquila en la enfermería ya que los jugadores tenían sesión de acondicionamiento físico en el gimnasio.

Aproveché para estudiar y adelantar trabajos; ya que las prácticas no me estaban aportando nada, por lo menos que esas horas me sirvieran para algo.

Cuando apenas quedaban unos minutos para que mi horario se terminara, comencé a recoger mis cosas.

Iba a meterme al baño para cambiarme de ropa cuando, de pronto, apareció Bastian por la puerta, dando unos suaves toquecitos al marco con el nudillo.

Llevaba el pelo húmedo y algunos mechones le caían por delante de los ojos, y en lugar de la equipación del entrenamiento, vestía con el chándal del equipo, por lo que supuse que vendría de la ducha.

Me giré hacia uno de los armarios, fingiendo que recolocaba algo. Mi cuerpo se tensó cuando lo sentí acercarse por detrás. Su calor se pegó a mi espalda y su olor a limpio se coló por mis fosas nasales.

—¿Qué quieres? —mi voz salió desprovista de emoción.

No quería ni mirarlo. Tuve la suerte de que el domingo se pasara todo el día fuera de casa, así que no me lo crucé ni una sola vez. Cada vez que pensaba en sus palabras, un puñal de rabia y dolor se me clavaba en el centro del pecho.

Chasqueé la lengua cuando cogió uno de los compresores del armario. Lo cerré y me volví para quitárselo, pero él lo apartó a tiempo.

—El sábado me pasé de la raya —admitió mientras estiraba el compresor entre sus manos.

—Te pasaste y derrapaste —le reproché, cruzándome de brazos y apoyando mi espalda en la puerta del armario.

Contrajo los labios en una línea y soltó una larga exhalación por la nariz. Desvió su mirada hacia el armario y empezó a jugar a estampar el compresor contra el metal.

—Ya sabes que se me calienta mucho la boca y suelto lo primero que se me pasa por la cabeza. —Tragó saliva, como si las palabras se le hubieran quedado atascadas en la garganta—. Ni siquiera pienso lo que digo.

—No te hice nada para que me atacaras de esa manera tan rastrera.

Asintió con la cabeza con un gesto apesadumbrado y aumentó la velocidad con la que golpeaba el compresor contra la puerta. Bufé, perdiendo la calma.

—Para ya con el puñetero compresor.

Se lo quité de las manos con un tirón y por fin me miró a los ojos. Y no desprendían ningún tipo de rencor, burla o provocación. Parecían sinceros.

Por primera vez desde que nos conocimos, Bastian me estaba pidiendo perdón.

—No quería hacerte daño recordándote lo de tu ex, ni diciéndote que ya no se te acercaban tíos ni…

—¿Entonces? ¿Qué pretendías?

Mis ojos se movieron inquietos entre los suyos, buscando una explicación a esa cruel forma de ser que solo tenía para mí, pero solo encontré un brillo que parecía arrepentido.

—Ni siquiera lo sé. Supongo que… —Se encogió de hombros y metió las manos en los bolsillos de sus pantalones. Después, cabeceo—. No sé por qué lo hice.

Llevaba las mangas de la chaqueta arremangadas hasta los codos, y mis ojos se fueron de nuevo a su tatuaje. A ese fino y envolvente tallo de flores que salían de una banda negra.

—¿Me perdonas? —su voz me llevó a mirarle de nuevo—. Te prometo que lo del sábado no se volverá a repetir. Nunca.

Cambié el peso en mi pierna, y aunque con recelo, asentí. No podía olvidar lo que había pasado, ni la herida que por su culpa todavía me escocía, pero la calidez con la que me hablaba, totalmente contraria a la insultante frialdad a la que me tenía acostumbrada, no podía ser fingida.

Sacó una de las manos de su bolsillo, la del brazo tatuado, y me la tendió en el aire.

—¿Tregua?

Titubeé, con mi vista clavada en ella.

Tras unos segundos, se la estreché.

—Tregua.

Aparté la mano en cuanto un cosquilleo me recorrió la palma y la llevé hasta mi pelo para reajustarme la coleta.

Las comisuras de sus labios se curvaron muy ligeramente, como si intentara reprimir una sonrisa.

—Te veo en casa —se despidió mientras se alejaba caminando de espaldas.

Asentí de nuevo y me volví al armario para guardar el compresor.

Suspiré, esperando que fuera verdad.

Que de verdad pudiera confiar en él.