Aunque me dé miedo
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Prólogo
Soltamos nuestras maletas frente a ese gran edificio que se convertiría en los tres próximos años en casi nuestra casa: la Lincoln University of Health Sciences .
Ya había anochecido, así que apenas podíamos apreciar su antigua arquitectura más que lo que nos dejaban ver los focos situados a cada uno de los lados de su enorme y, parecía que pesada, puerta de entrada.
—¿No es muy tarde para que nos citen a estas horas? —preguntó el chico moreno mientras observaba la majestuosidad del edificio con el ceño fruncido. Asier me parecía que se llamaba.
—Sí… eso pone en el correo —contestó despreocupado el otro chico, Nico. Era algo más alto que el primero y tenía el pelo rubio oscuro, un poco más que el mío.
—Pero no se ve ninguna ventana encendida… no parece que haya nadie. —Abril hizo un mohín con los labios, negando con la cabeza.
—Vamos a entrar de una vez y nos lo quitamos ya de encima, por favor. —Ah no, esa chica pelirroja que hablaba tan decidida era Abril. La otra era Claudia.
Apenas hacía media hora que nos habíamos conocido en el aeropuerto de Lincoln y todavía no me había quedado con los nombres.
A todos nos habían concedido una beca para estudiar en la LUHS, la mejor universidad de Ciencias de la Salud del estado de Nebraska; una oportunidad que solo se otorgaba tras un primer año de excelencia en algún grado sanitario, o con un altísimo rendimiento en su deporte estrella: el voleibol masculino.
Cada año se becaba a cinco alumnos por país, y ahí estábamos nosotros.
Antes de que nuestros aviones salieran de diferentes puntos de España, a todos nos llegó el mismo correo del coordinador de movilidad de la universidad, citándonos con él en cuanto aterrizáramos, así que vinimos directos.
Abril entró la primera y todos los demás la seguimos arrastrando nuestras maletas. Yo, con el corazón latiéndome ilusionado en la garganta.
No me podía creer que estuviera ahí.
—Planta baja, ala izquierda… —recitó la pelirroja leyendo el correo mientras se movía por los oscuros y silenciosos pasillos—. Laboratorio 05. Es aquí.
Nos paramos al llegar a la puerta de la sala y nos miramos los unos a los otros.
—No hay nadie —intervine. Tenía la voz un poco ronca por llevar callada desde que salimos del aeropuerto.
—Habrá que esperar. —Asier se asomó por la pequeña ventanita de la puerta del laboratorio con las manos metidas en los bolsillos.
—Entramos, ¿no? —inquirió Nico, aventurándose a girar el pomo.
Uno a uno fuimos pasando. Busqué a tientas el interruptor para iluminar la sala.
No era muy grande, y su centro lo ocupaban largas mesas alineadas.
Al fondo había estanterías metálicas repletas de tubos de ensayo, pipetas y otros materiales, y herramientas de las que ya casi ni me acordaba de cómo se llamaban.
Me estremecí solo de pensar en la asignatura de Química de segundo de bachillerato.
A cada lado de la sala se encontraban otros armarios metálicos cerrados, que imaginé que contendrían más «cosas químicas», y el principio de la sala lo presidían una pizarra electrónica y el escritorio del profesor con un ordenador.
Vamos, lo normal. Como cualquier laboratorio de cualquier universidad española.
—Oye… esto es un poco raro, ¿no? —cuestionó Claudia con una tímida voz. Algo que me decía que íbamos a congeniar muy bien.
Pegué un pequeño brinco cuando la puerta del laboratorio se cerró, imaginé que por culpa de la corriente.
—Bueno, a lo mejor se ha retrasado un poco el coordinador —dijo Nico, paseándose por las mesas.
—Sí, ya. Pero que nos cite tan tarde, sin poder pasar primero por la residencia…. Pensé que a estas horas la universidad ya estaría cerrada.
—Aquí no hay ni Dios, ya os lo digo yo —aseveró Asier.
—¿Qué quieres dec…?
No pude terminar la frase porque algo estalló y la luz se apagó. Me llevé una mano al pecho creyendo que se me saldría el corazón. El aire se llenó de un humo extraño que olía a químico pero que no nos hizo toser, y comenzó a sonar una alarma de emergencia.
—¿Qué habéis tocado? —gritó una voz que reconocí como la de Abril.
Todo mi cuerpo se tensó. Miré hacia todos los lados, buscando una escapatoria, pero no podía ver nada. Estábamos en penumbra. Estábamos atrapados. Presa del pánico, agarré lo que tenía a mi lado. Por el tamaño, parecía ser el brazo de uno de los chicos.
Claudia, a mi otro lado, comenzó a gritar. Y yo me uní cuando una especie de líquido denso me cayó encima. No picaba, ni siquiera quemaba. Solo estaba frío y tenía un olor que me resultaba familiar.
—¿Pero qué narices está pasando? —vociferó Asier desde otra punta de la sala.
Entonces supe que era a Nico a quien estaba agarrada.
—Necesito salir —supliqué, desesperada.
Solté su brazo y me encaminé a tientas para dar con la puerta, pero me choqué con algo duro que me hizo tambalear. Por suerte, alguien me sostuvo por la cintura, impidiendo que cayera.
—Chicos, tranquilidad. Habrá saltado algún dispositivo de seguridad —la voz de Nico sonó cerca de mi oído.
Me agarré con fuerza a su camiseta. Me daba igual que no lo conociera de nada, en ese momento, era mi único consuelo. Respiraba entrecortada y en cualquier comento iba a perder la poca calma que me quedaba.
—¡¿Qué dispositivo de seguridad?! ¡Que algo ha estallado! —chilló Abril.
Entre la estridente alarma dejándonos sordos, los gritos de todos los demás y los míos propios, el humo que nos rodeaba y el líquido que nos seguía salpicando… dejé de escuchar.
Hasta que la alarma cesó y su silencio lo sustituyeron unas carcajadas que no eran nuestras.
—¿Qué cojones…?
A las risas le siguieron unas sonoras palmadas.
Por fin, alguien encendió la luz, y descubrimos que tanto la sala como nosotros mismos estábamos llenos de pintura azul.
Eso era el líquido frío. Estiré mi camiseta para examinarla, horrorizada.
Era blanca y fina, con un rematado de encaje en su escote cuadrado, y ahora tenía un desastroso estampado azul que iba a ser imposible de limpiar.
A la mierda mi camiseta favorita.
Levanté la cabeza y entonces los vi. Cinco chicos que serían más o menos de nuestra edad, partiéndose de risa por el espectáculo que acabábamos de dar.
Mis compañeros se relajaron de inmediato y compartieron con ellos risas nerviosas de alivio.
Pero yo no.
—¡Bienvenidos a la LUHS! —anunció uno de ellos abriendo los brazos.
—Queríamos recibiros con una pequeña bromita —se burló otro a su lado.
Hablaban el español a la perfección.
—Joder, qué susto nos habéis dado, cabronazos —Asier, que tenía la mano en el pecho, soltó una pequeña carcajada y negó con la cabeza.
—Somos vuestros veteranos, así que queríamos asegurarnos de que sabríais mantener la calma ante un simulacro de accidente químico —añadió el primero de todos, cruzándose de brazos y con una sonrisa de suficiencia en la boca.
Estúpidos .
Menos mal que solo lo pensé y no lo solté.
En cuanto escucharon la palabra «veteranos», al resto de mis compañeros se les olvidó el mal rato que acabábamos de pasar.
Sus caras se iluminaron y empezaron a disparar preguntas de todo tipo relacionadas con la universidad y la residencia.
Pero yo todavía tenía la mandíbula tan tensa que temía romperme algún diente, y aún no había conseguido relajar el ritmo de mis latidos.
Mientras tanto, nuestros veteranos, que no eran más que los becados del año pasado, disfrutaban siendo el centro de atención.
—Pedazo de imbéciles —murmuré para mí misma, mientras trataba de limpiarme en vano restos de pintura de los brazos.
Uno de ellos, el que estaba más cerca de mí, giró su cabeza de golpe.
Ups .
Esa sí se me había escapado.
—¿Cómo dices, niñata?
Levanté despacio mi vista hasta encontrarme con una verde y afilada mirada cargada de desafío. Al contrario que con Claudia, este chico tenía algo… que no, que no me gustaba. Estaba de brazos cruzados, y de su mano colgaba un pequeño cubo que imaginé que contenía la pintura.
—Que os podéis meter vuestras novatadas por el culo.
El rostro del chico se endureció y se volteó por completo hacia mí.
Me recorrió un escalofrío, pero mantuve la compostura para que no se notara.
En los segundos que tardó en hablar, me dio tiempo a fijarme en el fino piercing en forma de aro que adornaba su nariz y en los mechones castaños que le caían por la frente.
—El culo es lo que se te ha cerrado a ti del susto —me soltó con un desdén que prendió una chispa de rabia en mis venas.
—Me habéis estropeado mi camiseta favorita —le recriminé, notando las atentas miradas de los demás fijas en nosotros.
—Así tienes excusa para comprarte ropa menos ridícula —se burló, con una estúpida sonrisa que no tenía nada de divertida.
Mi ropa era normal, pero estaba claro que había dado con el más idiota de la universidad.
Di un paso, casi encarándome con él; su altura no me amedrentaba.
Inclinó la cabeza hacia abajo, clavando sus felinos ojos en los míos, y yo aproveché para meter la mano en el cubo.
Sin que se lo esperase, le di una palmadita en la cara que le borró la asquerosa sonrisa e hizo que apretara los labios.
Descendí mi mano por su cuello hasta llegar a su camiseta gris, dejándole un rastro de pintura azul.
Por lo que noté bajo la tela, tenía pinta de ser deportista.
—Buena esa —dijo entre risas uno de sus compañeros. No supe quién fue, porque yo seguía fija en ese idiota.
—No sabes hasta qué punto la estás cagando —siseó.
Tragué saliva, pero no dejé que me achantara.
—Vete a la mierda.
Antes de que volviera a abrir la boca, me alejé de él y, con un pequeño temblor en las manos, me coloqué entre Nico y Claudia.
—Tranquila, Lía —me dijo esta última al oído, posándome una mano en el hombro.
No sabía si sería por las altas temperaturas o por la rabia, pero mi cuerpo estaba ardiendo. Quizá era culpa de ese estúpido, que me había pegado su calor en la piel al acercarme tanto. O tal vez me lo provocaba la retadora mirada con la que seguía escrutándome.
Otro de los veteranos le dio una palmada en la espalda para romper ese tenso momento.
O eso pensaba yo.
—Bueno, ¿qué, Bastian? ¿Qué te parecen tus nuevos compañeros de piso?
Abrí mucho los ojos.
El aire se me quedó atascado en la garganta.
No podía ser.