Capítulo 7
Antes de que se dieran cuenta, les llegó el turno de subir. Andrew se dispuso a organizar todo.
—Yo voy a subir primero y preparar el campo.
Si está todo bien, les hago una seña y envían a Lean.
Si está muy nerviosa, sube Jannie. Eira, tú te encargas de las fotos.
Cat, tú filmas todo. Si Lean no puede con esto, se reparten las cosas y se encargan de conseguir autógrafos en todo lo que hemos traído.
—Todas asintieron y se prepararon, siguiendo las órdenes de su capitán.
Andrew subió los escalones casi trotando, como si fuera una estrella aclamada para retirar su premio al bastardo más sexy del planeta.
Cat y Eira desde atrás aplaudían, silbaban y gritaban como si fuera Brad Pitt.
Llegó al lado de Gabriel y le habló. En la periferia de su burbuja lo vio mover la cabeza alternativamente entre ella y el actor.
Y luego sintió el empujón de Jannie para avanzar.
—Andrew te llama. ¡Ve! Y no te desmayes —le susurró Cat mientras la ayudaba a subir, sosteniéndola de un brazo.
“Gracias, amiga”, quiso decirle, pero nada salió de su garganta seca.
Sostuvo la foto que había elegido para que le firmara y mantuvo el equilibrio sobre sus altísimos zapatos Jimmy Choo.
Su paso parecía aletargado bajo la potente luz que iluminaba el escenario y de pronto hacía un calor como surgiendo desde el infierno.
Vio aparecer dos sombras, una que quiso detenerla, quizá porque era el turno de Andrew que no estaba respetando, y otra que la dejó pasar. Reconoció a Paolo.
—Hola… — Gabriel sonrió y ella sintió que el suelo florecía.
—Gabriel… Ella es Lean, una de las chicas que te conté que vino desde Edimburgo.
—Oh. Lean… —dijo su nombre como si lo paladeara, como si estuviera cubierto de caramelo y lo saboreara.
“Dios mío, voy a llorar.” Se puso de pie y levantó la cabeza para acompañar el movimiento hasta el cielo mismo.
Era altísimo. Casi cae sentada por seguirlo con la mirada.
Para recuperar el equilibrio, bajó demasiado rápido la cabeza y se mareó.
Por suerte, Andrew estaba ahí para sostenerla.
—Ella es una gran fanática tuya —¿Quién dijo eso? ¿Andrew? ¿Paolo? Ella solo podía ver su sonrisa y sus ojos verdes cristalinos, a los que ninguna foto le hacía justicia.
—¿Con ella practicabas tu inglés?
—Sí… —dijo Paolo entre risas, y cuando Lean lo miró, él se encogió de hombros como disculpándose.
—Podrías enseñarme a mí también.
—¡Wow!… — dijo Andrew, vibrando a su lado como un diapasón—. Bueno, ella es muy buena maestra. Tiene muchísimas cosas que podría enseñarte…
Gabriel le regaló una sonrisa lobuna, como si no pudiera esperar a lo que seguía.
Por ese momento había viajado kilómetros, para conocerlo, para tenerlo enfrente, todo lo que había soñado de ese momento, las sensaciones, las impresiones, superaban con creces lo imaginado.
Quería cerrar los ojos para paladear instante por instante, pero no quería dejar de mirar al hombre de sus sueños.
—¿Tienes algo que te firme? —le preguntó. El tiempo estaba pasando y había más como ella esperando su momento. Lean adelantó la foto sosteniéndola con ambas manos. Se dio cuenta de que estaba temblando. La soltó rápido para disimular—. ¿Para Lean?
—Sí… —contestó ella, vibrando de emoción. Gabriel tomó la lapicera, garabateó algo, y su nombre, volvió a mirarla y sonreír. Escuchó el ruido de sus neuronas chamuscándose. ¿Qué le podía decir?
—Yo, de verdad… ¡Gracias! —Se dirigió primero a él y luego a Paolo, que estaba a su lado. —Conocerte ha sido… maravilloso. Gracias.
—No ha sido nada, Lean —respondió Paolo por los dos. Andrew extendió una mano para saludarlos y ella lo imitó. Cuando dieron dos pasos para alejarse, los gritos en inglés de tres mujeres los hicieron retroceder.
—¡Las fotos! ¡Las fotos!
Sintió cómo Andrew literalmente la arrojó a los brazos de Gabriel.
Él estaba acomodado en su asiento y la atrapó.
La sostuvo de la cadera y la acercó a su cuerpo.
Ella no estaba haciendo nada, simplemente flotaba.
Se repetía una y otra vez que ella no estaba presionándose contra él, pero el roce estaba ahí, sus manos con la presión justa para hacerse sentir y lograr quemarla a través de ropa y piel, consumiendo directamente su alma.
Trató de ver algo pero era como si todos sus sentidos se hubiesen trasladado a su piel, o el resto hubiera dejado de funcionar en pos del tacto.
Solo podía sentirlo a él, rodeándola, sosteniéndola, tocándola.
Estaba convencida de que, con semejante sobrecarga sensorial, podría haber muerto electrocutada; la sensación era esa.
Giró sobre sus pies, intentando no apartarse.
Si respiraba profundo, podría oler su perfume, pero no estaba en control de sus funciones.
Miró sus ojos. Miró sus labios. Su sonrisa se convirtió en una oda a la sensualidad y cuando su lengua rosada asomó, humedeciendo sus labios, sintió que su ropa interior se evaporó.
Escuchó a Paolo decir algo en inglés pero no podía entender nada.
Puso en palabras lo único que se repetía en su mente.
—Conocerte ha sido lo mejor que me ha pasado en la vida. Gracias.
Gabriel sonrió casi con ternura, le tomó la mano y la besó, sin dejar de mirarla a los ojos. Sintió que las estrellas parpadeaban a su alrededor. Antes de poder decir o hacer algo más, una fuerza la llevó a un costado y bajó del escenario con la sensación de no haber tocado nunca el suelo.
De nuevo con los pies en la tierra, literal y metafóricamente hablando, pero todavía en brazos de Andrew, encontró la mirada interrogante de Eira y Cat.
No podía decir nada, pero las caras de ellas dos eran lo suficientemente elocuentes como para transmitir, o bien que todo lo que ella había sentido sucedió y no fue producto de la realidad, o había protagonizado el papel vergonzoso más grande de la historia de las fanáticas de actores en todo el mundo. Andrew la abrazó y susurró en su oído.
—Y así es como el universo responde cuando pides con todo tu corazón.