ATTRAVERSIAMO (ILUSIONES 1) Capítulo 22
20%

Capítulo 22

La reunión había terminado, los invitados se habían marchado, los dueños de casa ya dormían, y Dan se había instalado en su terraza privada con los auriculares clavados en los oídos, mirando sin ver el cielo tapizado de estrellas.

Anwa, su madrina, una vieja chamana líder de una de las Primeras Naciones cercanas a Calgary, testigo de toda su vida, se paró junto a él mientras encendía su pipa.

Dan se quitó los AirPods y los guardó en su estuche de carga en el bolsillo delantero de su pantalón.

Cuando las primeras volutas de humo abandonaron la boca de la mujer sabia, Dan se inclinó hacia delante y le habló en un susurro.

—¿Puedes creer que se vayan de viaje?

—¿Quienes?

—¡Todos! Louise se lleva a Hannah, Colb se lleva a mamá… no está bien.

—¿Por qué no está bien?

—Porque… —dijo, apretó los molares y se puso de pie. Iba a escapar porque no tenía respuestas, pero Anwa lo detuvo, arrastrándolo de nuevo a su asiento.

—¿Porque todos deben guardar luto de la misma manera que lo haces tú?

—Es el segundo aniversario. Deberíamos estar juntos…

—¿Llorando?

—¡No! O sí… tal vez sí… Ya no le importa a nadie que Noah no esté.

—No seas injusto. Necesitan tomar distancia para que ese día el dolor no sea tan sórdido como hace dos años. No todos somos tan fuertes como tú.

—Yo no soy fuerte… —dijo, entre dientes, apoyando los codos en las rodillas y sosteniéndose la cabeza.

—Sí lo eres. Has estado para todos, haciéndote cargo de las necesidades de todos, solucionando los problemas de todos, levantando los escombros de la muerte de Noah, como escribiste en tu libreta…

—No debí mostrarte eso…

—Dan… —le dijo, inclinándose, buscando su rostro— Has estado tan ocupado en atender el dolor y el duelo de los demás, que te olvidaste del tuyo. Te dejaste de lado. ¿Por qué dejaste de ir a la psicóloga?

Había asistido, durante el primer año después de la muerte de su hermano, a la consulta de una psicóloga local, buscando guía para ayudar a quienes quedaron detrás, para estar fuerte y sostener a su familia.

Lo había logrado. El duelo de todos había sido llevadero gracias a los malabares que el hijo mayor ejecutó, anestesiando su propio dolor.

—Porque ella piensa que soy un perro egoísta, balanceándome entre querer ocupar el lugar de mi hermano muerto y capitalizar el dolor para convertirme en la figura imprescindible.

—Dios… —dijo Anwa, cubriéndose el rostro con una mano, en gesto de impotencia resignada—. Ella nunca te diría eso.

—A buen entendedor, pocas palabras.

—Ella te dijo lo mismo que te voy a decir yo. Cada uno tiene el derecho y la obligación de lidiar con su propio dolor, porque no es lo mismo perder un esposo, un padre, un hijo, un hermano o un amigo. Pero todos perdimos. Y cada uno de nosotros hemos despedido a Noah de la mejor manera que pudimos.

—Bueno, yo lo hice de la única manera que sé hacerlo, ocupándome de aquellos a los que amaba y lo amaban, los que ya no lo tienen, los que lo perdieron.

—Tú también lo perdiste. Perdiste a tu hermanito.

Se levantó de nuevo, empujando la silla, y se inclinó hacia adelante, apoyado en la baranda de la terracita, como si fuera a gritar una invocación india para que las rocallosas le trajeran de vuelta a su hermanito. Las lágrimas se cristalizaron ni bien se desprendieron de sus pestañas.

—¿Cuántas veces lloraste por Noah? —Dan negó con la cabeza, limpiándose con la manga de la chaqueta a cuadros, esquivando a la chamana.

Había llorado mucho a su hermano. Mucho.

En la ducha, en el bosque, en la noche— Han pasado dos años.

Dos años nos has acompañado en nuestro duelo.

Podemos mirar el día de mañana y dar las gracias que un alma tan bella como Noah haya estado en nuestras vidas, con un dejo de tristeza, porque su cuerpo ya no está pero con la certeza que ese amor permanece.

—Él no debió morir. Él era perfecto. Yo…

—Ni siquiera se te ocurra decirlo —lo amonestó, severa y enojada, aun cuando lo abrazaba con toda la ternura que guardaba para los suyos. Maldijo los abrazos que lo despedazaban, que rompían sus barreras, que desnudaban su debilidad.

—Si hubiera sido yo… —Se encogió de hombros, como si saliera sobrando que la pérdida hubiese sido infinitamente menor. Anwa lo sostuvo, con su cuerpo frágil pero blindado por luchas siderales y fuegos ancestrales, a él con su metro noventa y tres y sus doscientas libras, encorvado en dolor.

Todos los recuerdos que tenía de quiebres similares, siempre habían sido en brazos de Anwa.

Cuando murió su abuelo, cuando lo hicieron repetir el cuarto grado por mala conducta, cuando le negaron la posibilidad de jugar al hockey, cuando lo dejó su única novia.

Todas esas veces, Anwa encontró el silencio y la palabra necesaria, la parábola adecuada para que un cabeza de chorlito como él pudiera entender lo que le estaba pasando.

No era la primera vez que lloraba con ella por Noah, pero esa vez ella también estaba rota.

Tal vez fue en ese momento que entendió que consolar, sostener, acompañar, fueron sus herramientas para sobrellevar tanto dolor.

Anwa lo obligó a sentarse en la silla y se arrodilló frente a él, sosteniendo su rostro húmedo.

—Te voy a decir dos cosas. La primera, ha sido maravilloso lo que has hecho por todos, pero ya es momento que tomes una decisión por y para ti. Creo que deberías irte de viaje también.

—¿Cómo sabes del…?

—Paolo llamó a tu madre hoy para saludarla y le contó que te invitó a pasar dos semanas con él en la costa Amalfitana. Le pidió amablemente que te convenza.

—No me dijo nada… —le respondió, perplejo.

—Porque ella sabe que en el primer intento de decirte que te vayas, no lo harás.

Cuando Colbert supo del viaje de Louise a Florida con sus padres y luego escuchó lo del viaje a Italia, le propuso a tu madre el viaje a New York como regalo de cumpleaños, para sacarla de aquí, obviamente, pero también porque siempre fue el sueño de ella, conocer New York.

—No habrá nadie para poner una flor en su tumba.

—Noah no está ahí, Dan. Lo sabes —Los dos miraron hacia las nevadas montañas rocallosas, donde habían esparcido sus cenizas.

Anwa retomó su insistente diatriba:— Vete de viaje a Italia.

Ve con Paolo. Sé su centro de atención, déjalo ser el padre que nunca pudo ser, disfruta otro horizonte, otro aire, otro sol.

Deshazte de los abrigos y las medias, sumérgete en aguas tibias.

Muestra esos abdominales de los que hablan las muchachas en los bares, que solo exhibes en el gimnasio.

—Nadie habla de mis abdominales… —le dijo, apartándola con un cariñoso empujón, simulando disgusto.

—Es lo que tú piensas.

Los dos se rieron y se reacomodaron en sus lugares, y en sus silencios. Mirando las estrellas de nuevo, Dan recapituló la conversación.

—¿Y qué era lo segundo que me ibas a decir?

—Dale un poco de espacio a Paige y a Amber.

—¿Qué? —exclamó, estupefacto.

—Nadie te va a decir nada, porque en este pequeño pueblo todos nos conocemos, y ni un alma duda de tu infinita bondad y cero agenda con lo que haces por ellas, pero lamentablemente no hay nada que hagas que traiga de vuelta a Elías.

Y aunque no lo quieras, eres un recordatorio constante de lo que sucedió.

—El dolor lo atravesó como un cuchillo de doble filo, los dos muertos que hubo en ese accidente.

Sentía el peso de esa responsabilidad. No lo podía evitar.

—Pero… —murmuró, queriendo justificarse.

—Pero nada, son parte de lo que te dije antes, todos tienen el derecho y la obligación de hacer su propio duelo, y sacar adelante sus vidas.

Le dolía la cabeza y el alma de todo lo que Anwa le estaba tirando en la cara, jamás lo había visto de esa manera, quería salir corriendo y perderse en el bosque.

—Hago todo mal…

—No… ¡No!

—Entonces, ¿Qué hago?

—¡Vete de viaje con Paolo!

En un vórtice de sensaciones y sentimientos, todos girando alrededor como un borrón ensordecedor, Dan sacó el teléfono y le escribió un mensaje a Paolo.

#Dan# Ciao, Paolo. Acepto tu invitación a vacacionar en Italia. Llámame mañana para ponernos de acuerdo con los detalles. Grazie.

Arrojó el teléfono sobre la mesita de centro de la terracita y apoyó los pies en la baranda.

—Lo verá al despertarse.

—Es una gran decisión. No te vas a arrepentir.

—Escucha… necesito un favor.

—Lo que quieras —Dan se detuvo, un poco avergonzado después de lo que Anwa le había dicho sobre Paige y Amber.

—Yo… le hice una casita de muñecas a Amber, para su cumpleaños. No es la gran cosa. Pero si no voy a estar aquí para dársela…

—Yo me encargo, Dan —le dijo, condescendiente, extendiendo la mano para entrelazarla a la suya.

—Gracias… —susurró, mientras le besaba la mano arrugada.

Dan volvió a mirar las montañas rocallosas que se elevaban ante ellos. Anwa volvió a encender su pipa, con una sonrisa satisfecha, y el humo se fue enredando en espirales entre las estrellas.