Atrapados en la jugada (Corazones en juego 5) Epílogo 2
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Epílogo 2

KIERAN

Diez años después…

Davenport sonrió mientras contemplaba a todos los que nos rodeaban. El viento hacía ondear las camisas blancas y el sonido de las olas era el único que rompía el silencio.

—Hace diez años estos dos decidieron casarse casi a escondidas. —Se tomó un instante antes de continuar—. No porque no quisieran compartirlo con la gente que los quería, sino porque la vida, una vez más, decidió ponerles las cosas difíciles.

Algunos sonrieron con nostalgia.

—Siempre pensé que la vida os debía una celebración como esta. No para volver a casaros, porque eso ya lo hicisteis, sino para que todos los que os queremos pudiéramos estar donde siempre debimos haber estado.

Después volvió a mirarnos.

—Así que, si os parece bien, hoy solo os voy a pedir una cosa. Recordad, delante de todos, por qué, diez años después, seguís eligiéndoos cada mañana.

Conor me cogió las manos entre las suyas, respiró hondo y empezó a hablar.

—Cuando nos casamos, creía que ya sabía lo que era amar a alguien.

Y, en cierto modo, era verdad. Había amado antes, pero contigo descubrí que el amor nunca se repite de la misma manera.

Cada persona te enseña una forma distinta de querer, y la nuestra siempre ha estado hecha de pequeños momentos: despertarme a tu lado después de una discusión y seguir teniendo claro que no quería estar en ningún otro sitio, verte querer a mi familia como si fuera la tuya y hacer que cada regreso a Irlanda tenga un significado distinto desde que tú estás conmigo.

No pude evitar emocionarme.

—Hace diez años prometí elegirte cada día. Pensé que era una frase bonita. Ahora sé que era mucho más que eso. Porque ha habido días fáciles y otros que no lo han sido tanto, pero nunca he dudado de que volvería a elegirte. Una y otra vez.

Le acaricié la mano con el pulgar.

—Gracias por enseñarme que el corazón nunca se queda sin espacio cuando el amor es de verdad. Y gracias por regalarme una vida que jamás me habría atrevido a soñar.

Apreté un poco más su mano antes de hablar.

—Después de escuchar tus palabras voy a quedar fatal. Yo no preparo discursos porque luego me pasa como en el instituto: estudio una cosa y me preguntan otra.

Las risas se escucharon por toda la playa y yo aproveché para tomar aire.

—La verdad es que no necesito escribir nada. Llevo diez años diciéndote exactamente lo mismo cada mañana cuando abro los ojos: te amo. Y quiero seguir despertándome contigo el resto de mi vida para no dejar de repetírtelo.

Su sonrisa bastó para que la mía también apareciera.

—Gracias por quererme incluso cuando era un desastre, por hacerme sentir suficiente y por no intentar cambiar nunca al chaval que iba enseñando los calzoncillos por fuera, con los calcetines a media pierna y unas Vans destrozadas.

Las carcajadas volvieron a mezclarse con algún que otro sollozo.

—Gracias por enseñarme que en tu corazón nunca había llegado tarde. Desde el primer día supe que no venía a ocupar el lugar de nadie, sino a construir el nuestro. Y creo que eso ha sido lo más bonito de quererte.

Cogí aire.

—Así que hoy solo quiero prometerte una cosa. Dentro de diez años volveré a estar aquí, mirándote exactamente igual que ahora. Y, si la vida nos regala otros diez más, volveré a hacerlo. Porque, mientras tú quieras seguir surfeando conmigo, yo nunca voy a soltar la tabla.

Davenport esperó unos segundos antes de hablar.

—Bueno... creo que ya habéis hecho llorar a media playa. No pienso preguntaros si queréis seguir casados porque la respuesta es bastante evidente.

Todos se rieron.

—Así que, delante de vuestra familia, de vuestros amigos y de toda la gente que ha tenido el privilegio de caminar a vuestro lado, solo puedo deciros una cosa.

Hizo un gesto con la mano.

—Besaos de una vez.

Los aplausos estallaron al mismo tiempo que Kai soltaba un silbido, Juraj negaba con la cabeza fingiendo estar harto de tanto romanticismo y Caden gritaba que ya era hora.

Conor me sostuvo la cara entre las manos. Nos miramos, sonriendo como dos idiotas, hasta que terminó acortando la poca distancia que nos separaba para besarme.

Los abrazos, las felicitaciones y el sonido de las copas chocando unas contra otras se fueron sucediendo mientras el sol empezaba a caer sobre el mar.

Aproveché un momento en el que Conor hablaba con sus padres para detenerme a observar a las personas que nos rodeaban.

Era curioso cómo el tiempo había cambiado tantas cosas y, al mismo tiempo, había sido incapaz de cambiar lo realmente importante.

Davenport y Mia no dejaban de sonreír. Después de muchos años de trámites, por fin habían conseguido adoptar a Emily, la niña a la que Conor llevaba tiempo ayudando con un tratamiento médico, y Liam estaba encantado con su nueva hermana.

Mis suegros tampoco quisieron perderse la celebración. El padre de Conor seguía odiando los aviones con la misma intensidad que el primer día y, si podía evitar subirse a uno, lo hacía. Cuando no tenía escapatoria, aparecía tan medicado que se pasaba el vuelo entero dormido.

Sinéad y Declan, en cambio, no habían podido venir. Un accidente en una de las obras que dirigía él terminó con varias costillas rotas y un brazo escayolado, así que les fue imposible viajar. Aun así, habían prometido resarcirse en cuanto estuviera recuperado.

River y Caden no habían perdido ni un ápice de su amor ni de su pasión.

Sus hijos ya eran lo bastante mayores como para darles un poco de tregua y, según el resto, cada vez que en aquella casa empezaban a sonar los Guns N' Roses, era mejor no llamar a la puerta.

Por lo visto, últimamente sonaban bastante.

Jordan y Nathan no volvieron a tener más hijos. Después del embarazo tan complicado de Rachel y de todo lo que Jordan sufrió durante el posparto, decidieron que su familia ya estaba completa y jamás se arrepintieron de ello.

Juraj y Kelsey tampoco tenían hijos. Creo que, después de haber ejercido de padre con sus hermanos desde que era un niño, el eslovaco estaba disfrutando por fin de una vida sin responsabilidades que no hubiera elegido.

Si algún día llegaban los niños, los recibirían encantados; y, si no, tampoco sentían que les faltara nada para ser felices.

Eso sí, terminaron convirtiéndose en padres de otra manera.

Juraj, cansado de que Hope, el perro de Kai, se empeñara en utilizarle la pierna para desfogar sus instintos, decidió adoptar una perrita.

El plan le salió regular. Hope se enamoró perdidamente de ella y, unos meses después, aparecieron cuatro cachorros.

Desde entonces, Kai insistía en decir que los dos eran abuelos.

Juraj seguía protestando cada vez que lo escuchaba, aunque luego era el primero en enseñar fotos de los perros a cualquiera que quisiera verlas.

Y hablando de Kai y Mischa... Nathan continuaba llamándolos hippies cada vez que tenía ocasión. Y lo cierto es que ya formábamos parte de aquel clan. La culpa la tuvo la furgoneta que me compré para escaparnos a surfear siempre que teníamos unos días libres.

Caden decía que la familia hippie no dejaba de crecer y, al final, también consiguió arrastrar a Conor.

Nunca le oiría reconocerlo en voz alta, pero acabó acostumbrándose a dormir en un espacio reducido, sobre todo porque eso significaba pasarse toda la noche pegado a mí.

Y, como tampoco estaba dispuesto a sufrir aquella experiencia solo, de vez en cuando convencía a Juraj y a Kelsey para que nos acompañaran. Las desgracias, mejor en compañía.

En cuanto a nosotros, seguíamos teniendo muy claro que no queríamos ser padres.

Era una decisión que habíamos tomado juntos y con la que ambos éramos completamente felices.

Eso no impidió que termináramos compartiendo la casa con Dubh, un gato negro que se suponía que iba a ser nuestro regalo para Rachel.

El plan era perfecto... hasta que descubrimos que la pequeña era alérgica.

Así que Dubh acabó mudándose con nosotros y, aunque yo era quien lo consentía, le compraba juguetes y lo malcriaba, el gato decidió que su persona favorita era Conor.

Él insistía en que era porque los dos compartían la misma alma negra.

Yo seguía convencido de que simplemente tenía muy buen gusto.

Los Rift también habían cambiado con el paso de los años, aunque seguían conservando la misma esencia que nos había unido desde el principio.

Nathan continuaba al frente del club y, sinceramente, no imaginaba a otra persona ocupando la presidencia.

Conor seguía siendo el entrenador del primer equipo.

Juraj había heredado la capitanía y no se me ocurría nadie mejor para llevar aquella «C» sobre el pecho.

Kai, después de retirarse, tomó las riendas del equipo femenino y no tardó en convertirlo en uno de los conjuntos más competitivos de la liga, mientras Caden encontró su sitio dirigiendo la cantera.

Viéndolo rodeado de adolescentes era difícil creer que aquel mismo idiota hubiera sido capaz de sobrevivir a su propia juventud.

River continuaba siendo la fisioterapeuta del club y Jordan velaba por nuestra salud como médica deportiva.

Mischa y Kelsey, por su parte, seguían al frente del departamento de relaciones públicas.

Si algo había aprendido durante todos aquellos años era que los Rift nunca habían sido solo los jugadores que saltaban al hielo.

Detrás de cada victoria siempre había personas que sostenían el club desde la sombra.

Y, aun así, tenía la sensación de que aquello no había hecho más que empezar.

Anica terminó llegando al cuerpo técnico de los Seattle Rift como entrenadora asistente.

Hubo quien dijo que la NHL todavía no estaba preparada para ver a una mujer ocupando aquel banquillo.

Bastaron unos cuantos partidos para que dejaran de hablar de que era una mujer y empezaran a hablar de lo buena entrenadora que era.

Matej y Caden tampoco dejaron de lado el arte.

Entre los dos impulsaron la Fundación Liam MacAllister, un proyecto solidario vinculado a los Seattle Rift que destinaba fondos a la investigación contra el cáncer y ayudaba a familias que habían visto cómo la enfermedad les cambiaba la vida.

Organizaban exposiciones, subastas y eventos benéficos en los que el arte se convertía en una forma de seguir ayudando a los demás.

Estoy convencido de que a Liam le habría encantado saber que, incluso años después, seguía inspirando algo tan bonito.

Y Dray...

Sonreí al verlo hablando con Conor.

Mi hermano había conseguido lo que llevaba años persiguiendo. Se ganó un puesto en la defensa del primer equipo y, desde la retirada de Caden, compartía línea conmigo. Nunca le regalaron nada. Se lo ganó como siempre quiso hacerlo. Trabajando más que nadie.

No pude evitar fijarme en Anica, Matej y Drayton. De alguna manera, me recordaban a nosotros cuando todo estaba por empezar. Sonreí para mis adentros. Quizá los Seattle Rift todavía guardaban unas cuantas historias más.

No me di cuenta de que Conor se acercaba hasta que rodeó mi cintura con un brazo y me besó la mejilla.

—Ven conmigo.

Lo miré de reojo.

—¿Me estás raptando?

—Sí —asintió con una sonrisa pícara.

—Pues no me pienso resistir. Aunque, seamos sinceros... contigo nunca he sabido jugar a la defensiva.

Entrelazó nuestros dedos y empezó a caminar por la orilla. Detrás de nosotros, la fiesta continuó como si nada. Sabía que ninguno de los demás se preocuparía. Después de tantos años, todos conocían aquella manía que teníamos de desaparecer de vez en cuando.

Caminamos unos minutos en silencio hasta alejarnos lo suficiente. Entonces Conor empezó a desabrocharse la camisa.

—¿Qué haces? —pregunté, aunque una parte de mí ya intuía la respuesta.

No contestó. Se quitó el pantalón y se quedó en ropa interior.

No pude evitar echarme a reír.

—Eres un caso perdido.

Negando con la cabeza, hice lo mismo que él y los dos entramos en el mar.

El agua seguía tan cálida como la primera vez que estuvimos en Hawái y las pequeñas olas rompían contra nosotros mientras el cielo terminaba de oscurecerse.

A lo lejos aún nos llegaban las voces de nuestros amigos mezcladas con la música, aunque, a cada paso que dábamos, todo parecía alejarse un poco más, hasta que solo quedamos nosotros dos, rodeados por el mar y la noche.

Cuando el agua nos cubrió lo suficiente, Conor se acercó y me rodeó con los brazos. Yo los pasé alrededor de su cintura y permanecimos unos segundos mirándonos sin decir nada.

Fue él quien rompió el silencio.

—¿Sabes una cosa?

—¿Qué?

—Aquella mañana, aquí mismo, mientras surfeábamos, hubo un momento en el que me moría de ganas de besarte.

Sonreí.

—¿Ah, sí?

Asintió despacio.

—Yo también me moría de ganas de hacerlo, entrenador. Más que eso, diría yo. —Apoyé la frente contra la suya y le acaricié los bíceps.

—Supongo que la vida llevaba mucho tiempo empeñada en cruzar nuestros caminos.

—Sí... pero nosotros por aquel entonces todavía no estábamos preparados para aceptarlo.

—Todo el mundo piensa que nuestra historia empezó en Seattle o aquí, principito. Y se equivocan. Empezó mucho antes.

Le acaricié la nuca.

—Cuando te atropellé con el coche —recordó él.

No pude aguantar la risa.

—Y el cristal que te lancé y te abrió el costado —añadí, dándole un beso en la mandíbula.

—Hay que reconocer que fue una forma bastante absurda de conocernos.

—Muy propia de nosotros. Después vinieron los Rift, las derrotas, las victorias, aprender a convivir con las pérdidas y los nuevos comienzos. Tuvieron que pasar muchas cosas para que los dos estuviéramos preparados para encontrarnos de verdad.

Conor levantó una mano y me acarició la mejilla.

—¿Sabes qué viene ahora, no?

—Creo que puedo imaginármelo.

Acortó la poca distancia que nos separaba y unió sus labios a los míos. Su boca se abrió y gemí cuando su lengua encontró la mía. Me rodeó con más fuerza entre los brazos y no me soltó.

Esta vez sí.

Mientras la celebración continuaba unos metros más allá, supe que no importaban los años, las heridas ni todos los caminos que habíamos recorrido.

Siempre terminábamos donde debíamos estar.

Juntos.