Ishana
¿Un bombón de infarto y encima buen tío? No me puedo creer que Ricky Reddy exista de verdad.
Después del desayuno, me acompañó a hacer la compra en el supermercado. Luego fue tan amable de llevarme a dar una vuelta y enseñarme los sitios de interés, que tampoco es que haya muchos.
La pregunta que tanto temía surge, como sabía que pasaría.
Me siento tan idiota por cómo lo traté que no dudo en soltarlo:
—Mi prometido me engañó con mi mejor amiga. Me enteré justo antes de la ceremonia y me largué.
Niega lentamente con la cabeza.
—¿Qué clase de imbécil hace eso?
Frunzo el ceño.
—¿Perdona?
—Me refiero a él, no a ti. Eres guapa, inteligente, divertida. No se me ocurre ninguna mujer más perfecta. Tiene que ser un imbécil de remate para hacerte eso.
¿Este bombón del críquet piensa que soy perfecta? Se me llena el pecho de calidez. Nadie me ha llamado nunca perfecta, y menos aún mi madre.
—Supongo que sí —digo, sin saber qué más decir.
Para frente a la cabaña y se gira para mirarme.
—Ishana, te mereces algo mucho mejor que un idiota como ese. Eres demasiado buena para alguien como él. Estoy seguro de que lo sabes, pero tenía que decírtelo.
Se me humedecen los ojos de forma inesperada.
—Es lo más bonito que me ha dicho nadie. Es solo que... bueno, él hizo que pareciera que no era para tanto.
—¿Qué? —Ricky me mira como si no pudiera creerlo.
—Sabía que habían salido un tiempo cuando estábamos en el instituto. Dijo que decidieron enrollarse otra vez porque él se iba a casar, para quitárselo de encima antes de que dejara de estar disponible.
Ricky me mira fijamente.
—¿De verdad te dijo eso?
Asiento.
—Dijo que no debería darle tanta importancia. Que estaba siendo sincero conmigo al contármelo antes de la ceremonia. Si hubiera querido, podría haberse callado y él y Surini podrían haber seguido viéndose en secreto. Pero sentía que no debíamos tener secretos entre nosotros.
Ricky niega lentamente con la cabeza mientras hablo.
—¡Increíble! ¿Qué esperaba que le dijeras?
Trago saliva, reviviendo esa horrible conversación.
—Dijo que si yo quería contarle lo de mis amantes del pasado, él no me juzgaría. Así podríamos empezar de cero y comprometernos a ser leales a partir de entonces.
Al mencionar «amantes del pasado», algo le cruza la mirada. Pasa en un instante, pero juro que casi parece... ¿celos? Es imposible. Acabamos de conocernos. ¿Por qué iba una estrella famosa del críquet a sentir celos de mí?
—¡Empezar de cero, y una mierda! La lealtad no empieza con un intercambio de votos, empezó cuando se enamoró de ti. O quizá no entiende cómo funciona el amor.
—Mi madre dice que el amor llega con el tiempo. Que aprendes a querer a alguien cuando lo conoces mejor. Que el amor a primera vista solo existe en las películas y los libros.
Ricky vuelve a negar con la cabeza.
—Ishana, seguro que tu madre quiere lo mejor para ti, pero se equivoca de lleno.
Cuando conoces a la persona adecuada, lo sientes de inmediato.
Desde ese momento, es como si tuvieras un anzuelo clavado en lo más profundo del corazón, conectado a esa persona.
Una vez que ese anzuelo muerde, ya no te suelta nunca.
Algo se remueve en mi corazón.
—Parece que hablas por experiencia.
Se encoge de hombros.
—Solo puedo hablar de Nani. En cuanto la vi, supe que estábamos destinados a estar juntos.
El corazón se me encoge de consternación.
—¿De verdad?
—Sin duda. Y eso no cambió ni una sola vez en los dieciocho años que pasamos juntos. Aunque ya no esté, la sigo queriendo igual.
La consternación se convierte en decepción. Sigue suspirando por el amor de su vida, puedo verlo en sus ojos, oírlo en su voz. Ahora soy yo la que se siente absurdamente celosa de esta Nani a la que nunca he conocido.
—Siento mucho tu pérdida, Rick.
Mira a través del parabrisas.
—Gracias, Ishana. La vida es preciosa. Nunca sabemos cuánto tiempo tenemos juntos.
Por eso elegimos ser leales. Cuando quieres a alguien, no soportas estar separado de esa persona ni un minuto.
Por eso engañar es algo tan rastrero. Le estás dando a otra persona esa intimidad especial que solo debería ser con la persona que has elegido.
Con nadie más. Al menos eso es lo que pienso yo.
Supongo que te parecerá que soy anticuado, pero es lo que soy.
—Yo pensaba que Virendra también era de los anticuados. Ahora ya no estoy tan segura. Desde luego lo parece. Creo que solo es fachada para engañar a la gente. Por dentro, es como cualquier otro tío.
Ricky resopla con impaciencia.
—Ginny, si no te importa que te lo diga, te has librado de una buena con ese tío. Desde luego no te merece.
—Gracias —digo. Noto que me arden las mejillas—. Creo que estoy de acuerdo contigo. Pero entonces, ¿por qué me siento tan avergonzada y culpable por haberlo arruinado todo?
Le cuento lo de mi padre, que se gastó sus ahorros de jubilación, lo de mis amigos y compañeros de trabajo que hicieron el viaje por mí, lo del apartamento, el trabajo, todos los planes que ahora se han ido al traste.
—Una parte de mí todavía piensa que quizá debería coger el coche y volver. Seguro que Virendra me aceptaría. Todavía podríamos seguir adelante con la boda.
Me mira como si estuviera loca.
—¿Harías eso?
Me muerdo el labio.
—Sería mucho más sencillo.
—¿Eso es todo lo que quieres? ¿Algo más sencillo?
—No quiero liarla. Y vaya si la he liado esta vez. Pero quizá todavía pueda arreglarlo.
Niega lentamente con la cabeza, con la mirada fija en el parabrisas.
—Ishana, sé que acabamos de conocernos. No me conoces. No tengo ningún derecho a decirte qué hacer con tu vida. Pero ¿puedo hacerte una sugerencia?
«¡Puedes hacer mucho más que sugerir, grandullón!»
En voz alta, digo:
—Por favor. Te agradecería cualquier consejo.
Se vuelve para mirarme con tal sinceridad y calidez que me pierdo en sus preciosos ojos marrones.
—Quédate el fin de semana. Piénsalo bien. Date tiempo para ver si esto es realmente lo que quieres hacer con tu vida.
Es como si pudiera oír lo que dice mi corazón.
—Eso era lo que tenía pensado cuando vine hasta aquí. Pero me viste, cinco minutos después de llegar. Me vine abajo. No creo que pueda sobrevivir a un fin de semana entero aquí sola.
Algo destella en sus ojos.
—Si me aceptas, me quedo. Dormiré en el sofá, por supuesto. Podría ayudarte a pasar el rato, escucharte si necesitas desahogarte. El lunes por la mañana, si todavía quieres volver, qué demonios, yo mismo te llevo.
La idea de pasar el fin de semana con este pedazo de hombre me pone la piel de gallina. Las palabras «ayudarte a pasar el rato» por sí solas sugieren posibilidades de lo más emocionantes. Oigo la voz de mi madre en mi cabeza, diciéndome que estoy loca por siquiera considerar esto. Cállate, mamá.
Pienso en la promesa que me hice: de ahora en adelante, voy a vivir la vida como yo quiera. A mi manera.
Le tiendo la mano.
—Trato hecho.
Nos damos la mano.
El contacto de nuestras manos desnudas es como una descarga eléctrica. De repente, vuelvo a tener ganas de que llegue el fin de semana. Puede que no sea una luna de miel, pero con lo que siento ahora mismo, bueno, digamos que todo es posible.