Atrapada por el lanzador (Romances deportivos picantes) Ricky
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Ricky

Siento el golpe de la pelota en mi mano cuando el árbitro grita: —¡Atrapada y eliminada! —Y luego añade—: ¡Hat Trick!

El estadio abarrotado enloquece.

Mis compañeros de equipo corren hacia mí, gritando de alegría.

Se suceden las palmadas en la espalda y los abrazos viriles.

La ceremonia de premios es jubilosa para todos menos para mí. Ni siquiera el trofeo de Jugador de la Serie me sabe a victoria hoy.

De vuelta en el vestuario, los jugadores solteros planean un fin de semana de fiesta desenfrenada. Se decepcionan, pero no se sorprenden cuando digo: —Lo siento, chicos, pero tengo que volver con Nani.

Me desean ánimo y me dicen que rezan por mí. El entrenador me aprieta el brazo y el dueño del equipo me da un abrazo. Todos saben cuánto estoy sufriendo, pero no pueden saber que me siento como si fuera yo el que se estuviera muriendo. La vida sin Nani me parece impensable.

La multitud en el aparcamiento ruge cuando salgo. Suelto un gemido, luchando contra el impulso de mandarlos a todos a paseo. Aprieto los dientes y paso rápidamente por una versión abreviada del ritual habitual de firmar autógrafos y estrechar manos.

Varios fans me piden que firme ejemplares de la revista deportiva nacional cuyo número actual lleva una foto mía en portada con el titular: El Mejor de los Mejores: Ricky Reddy.

Justo debajo aparece el valor en rupias de mi último contrato.

Tiene once cifras. Es como si otra persona hubiera firmado ese contrato.

Si ni siquiera toda esa fama y ese dinero van a salvar a mi Nani, ¿de qué sirve?

Cuando llego a casa, está acurrucada en el sofá con su manta favorita como siempre, viendo a los tertulianos repasar los momentos destacados del partido y mi hat trick ganador de la serie.

La mirada de sus ojos color chocolate cuando entro por la puerta casi me parte en dos.

Su paciencia y fortaleza me hacen querer ser mejor hombre.

Me arrodillo y la abrazo. Veo que aguanta a duras penas, y que solo estaba esperándome.

La enfermera que la cuida las veinticuatro horas me lanza una mirada triste que confirma lo que ya sé.

El trayecto al hospital se me hace eterno.

Cuando el doctor por fin termina de examinarla y revisa los resultados, la expresión de su rostro me dice todo lo que necesito saber.

Aun así, el anuncio me golpea como un mazazo.

Da igual lo preparado que creyera estar, el tiempo que llevara viviendo con esa certeza; cuando llega el resultado final, casi me destroza.

Es la muerte del último resquicio de esperanza que guardaba en mi corazón.

Cuando se ha ido, conduzco sin rumbo por las calles de Bengaluru durante horas.

Si me preguntas qué me pasa por la cabeza durante ese tiempo, no sabría decírtelo. Literalmente no tengo ni idea. Es como si alguien hubiera accionado un interruptor y mi cerebro se hubiera apagado sin más.

Lo único que recuerdo es cómo me siento.

Me siento fatal.

Como una auténtica y completa mierda.

¿Por qué, universo, por qué? ¿Cómo se supone que voy a vivir ahora?

El duelo me golpea bajo, como un pelotazo en las tripas.

¿Volveré a jugar al críquet alguna vez? Es la pregunta equivocada en el peor momento posible.

¿Volveré a amar alguna vez? Ahora mismo, diría que no. De ninguna manera. Nunca jamás. Creo que me llevará el resto de mi vida solo superar esta pérdida.

Cuando me doy cuenta, estoy conduciendo por la conocida carretera de montaña hacia la vieja cabaña familiar. Ni siquiera me lo cuestiono. Simplemente dejo que la memoria muscular tome el control y me lleve adonde quiera.

Es lo que me hace buen deportista, supongo. La capacidad de escuchar a mi cuerpo, dejar que me guíe adonde quiera. Hasta ahora, al menos, nunca me ha llevado por mal camino.

Casi nunca. Hubo una época en mi adolescencia en la que las cosas podrían haber sido muy distintas. Podría haber pasado al lado oscuro como tantos otros chicos a mi alrededor. Creo que mi ammamma lo vio. No quería que siguiera el camino de mi hermano y mi baba.

Por eso me dio el mayor regalo de todos, una cosita diminuta con grandes y hermosos ojos marrones, acurrucada en una caja de zapatos, mirándome con todo el amor del mundo.

Nani cambió mi mundo.

Durante los últimos dieciocho años, lo fue todo para mí. Mi mejor chica. El amor de mi vida. Mi amor eterno.

No soy ningún jovencito, pero todavía me faltan unos años para los cuarenta. Tengo mucha vida por delante.

Y ahora que se ha ido, no tengo ni idea de cómo seguir adelante.

Subo la última cuesta y veo la vieja cabaña de Ammamma.

La vista trae recuerdos tan dulces. De Nani y de mí juntos aquí arriba.

Interminables días de verano bañados por el sol.

Bañándonos desnudos en el lago. Pescando bajo el viejo puente.

Corriendo por estos bosques de noche en cueros.

Dándonos un festín de aperitivos asados bajo las estrellas.

Siento su presencia por todas partes aquí arriba.

Apago el motor y saboreo la tranquilidad del atardecer. Es como un bálsamo para mi corazón herido. Durante los próximos días, pienso quedarme aquí arriba y vivir como un ermitaño, aislado del mundo.

No tengo un plan claro, pero sé que no puedo volver a ese bungalow vacío en la ciudad. Ni siquiera el críquet, el deporte que amo desde niño, es suficiente sin Nani. Todo el éxito, el dinero, la fama y la gloria no pueden compensar mi pérdida.

Si hay algo que he aprendido de perder a Nani, es que no quiero volver a amar a nadie tanto. Porque tarde o temprano, lo perderé, de una forma u otra. Y eso duele demasiado. No. De ahora en adelante, Ricky Reddy vuela solo.

Subo los escalones y me sorprende un poco encontrar la puerta sin llave. Debe de ser cosa de mi hermanastra Sam. Siempre se olvidaba de cerrar con llave, incluso de niña.

Entro en la cabaña y me quedo paralizado.

¿Qué demonios?

Hay una mujer con un elaborado lehenga y pesadas joyas nupciales sentada en el suelo de mi cabaña, llorando a moco tendido.

La mujer más despampanante que he visto en mi vida.