Epílogo
Rancho Lazy Fork
—Ugh —gruñó Rachel mientras maniobraba torpemente entre varias cajas grandes—. Me siento como si fuera a reventar.
Se frotó el vientre hinchado con una mano y la espalda con la otra.
—Pues lo pareces —comentó Mason, levantando la vista de la cuna que estaba montando.
—Vaya, gracias.
Se colocó sobre la mecedora del rincón y se dejó caer con cuidado.
—Y tengo ganas de hacer pis cada diez segundos… y me duelen los pies —refunfuñó.
Mason le sonrió.
—Te doy un masaje en los pies en cuanto termine.
—¿Y la espalda? —preguntó ella, con el rostro iluminado.
Hizo una mueca y se removió en la silla, buscando en vano una postura cómoda.
—Te juro que es como si tuviera una cinta apretándome la parte baja de la espalda. Nunca me había dolido tanto.
Mason soltó un gruñido.
—A lo mejor ese pequeño diablillo viene antes de lo previsto.
—Ay, Dios, eso espero. Ya no aguanto más.
Gimió cuando otra pequeña contracción le recorrió el vientre.
—Me siento fatal. Solo quiero recuperar mi cuerpo.
Mason levantó la vista y le lanzó una mirada severa.
—Eres preciosa y lo sabes, Princesa. No me obligues a darte unos azotes.
—Guárdalo para cuando pueda disfrutarlo, ¿vale?
Rachel suspiró.
—Me alegro de que por fin hayamos terminado la cabaña —dijo mirando a su alrededor—. ¿Seguro que a Cody no le importa que convirtamos su habitación en el cuarto del bebé?
Mason se rio.
—Qué va. Prefiere quedarse con su habitación en la casa principal, lejos de nosotros.
Rachel resopló.
—Adolescentes. Ya verás cómo se derrite en cuanto vea a su hermanito o hermanita.
—Desde luego —coincidió Mason.
Gruñó mientras atornillaba la última pieza.
—Listo.
Colocó el pequeño colchón en su sitio y dio un paso atrás.
—¿Qué tal?
Rachel sonrió.
—Me encanta.
Se removió en el asiento.
—Solo prométeme que le pondremos un cojín a esta silla.
Acarició el reposabrazos de nogal.
—Es preciosa, pero está dura como una piedra.
Mason sonrió a su esposa, con su enorme barriga, y se acercó a darle un beso suave.
—Te lo prometo.
—¡Ay! —jadeó Rachel, llevándose las manos al vientre—. Me ha dado una patada en el riñón, la muy bribona.
—¿Ella? —preguntó él—. Ayer decías que era niño.
—Bueno, podría ser cualquiera de los dos —murmuró—. Alégrate de que no sean gemelos.
—Me hará feliz lo que venga, Princesa —dijo él con paciencia.
Se inclinó y le besó la frente.
Luego dio un paso atrás y echó un vistazo a la habitación.
—¿Qué más falta?
Rachel señaló hacia el otro lado de la habitación.
—Tengo que organizar y guardar la ropita y las mantas. Leah mandó dos cajas de conjuntos verdes y amarillos para revisar.
Mason se rio.
—¿Sigue enfadada contigo?
Rachel bufó.
—Supongo que lo estará hasta que nazca el bebé.
Negó con la cabeza.
—No me esperaba semejante berrinche por esto. ¿Por qué todo el mundo tiene esa necesidad de saber qué van a tener antes de tiempo?
Mason se encogió de hombros mientras empezaba a desmontar las cajas vacías.
—A mí también me gusta más así. Es lo natural. Ya lo sabremos cuando llegue el momento.
—¡Eso digo yo!
Rachel se levantó de la silla con esfuerzo y se quedó de pie jadeando, agarrándose el vientre.
—¡Dios mío! —exclamó, mirando sus pies mojados.
—¿Qué pasa?
Mason levantó la vista. Al ver los pantalones de yoga empapados, se levantó de un salto.
—¡Mierda!
—Creo que he roto aguas —dijo mirando al suelo—. Eso o me acabo de hacer pis encima.
Gimió cuando una fuerte contracción le atravesó el vientre.
—No. Viene el bebé —dijo Mason con calma, acercándose a ella.
La sujetó por debajo de los brazos y la sostuvo mientras la contracción le recorría el cuerpo.
Sacó el móvil y llamó a la casa principal.
—Ya es la hora. Acaba de romper aguas.
Rachel oyó una voz murmurando al otro lado.
—Sí. Vale —respondió Mason—. Recógenos en la cabaña. Estaremos en el porche.
Se guardó el móvil en el bolsillo y sonrió a su esposa.
—Mi madre viene con la camioneta. Vamos a cambiarte y al hospital. Nuestro hijo está en camino.
—Es niña —replicó Rachel mientras iba hacia su habitación contoneándose por el pasillo—. Nuestra hija es impaciente y se ha adelantado.
Mason resopló mientras la ayudaba a ponerse ropa interior limpia y un vestido cómodo.
—Si sale a su madre, será más tozuda que una mula.
Se incorporó y cogió la bolsa que habían preparado hacía solo unas noches.
La rodeó con el otro brazo y la besó con ternura, con el amor brillándole en los ojos.
—Vamos, Princesa. Vamos a tener un bebé.
* * *
Varias horas después, Mason acunaba a su hija en el hueco del brazo y contemplaba su carita.
Ella le devolvía la mirada con sus ojitos azules, que intentaban enfocar, mientras se chupaba el puño con entusiasmo.
Él le acarició la mejilla con el dedo y sonrió cuando ella giró la cabecita buscando.
—Eres una preciosidad. Algún día serás tan guapa como tu mamá —murmuró en voz baja para no despertar a Rachel—. ¿Cómo te vamos a llamar?
—Evelyn —dijo Rachel con voz exhausta—. Evelyn Grace.
—Deberías estar durmiendo, Princesa —la regañó Mason mientras se acercaba a la cama.
—Solo estoy descansando los ojos —respondió con una sonrisa cansada—. Además, noto que necesita mamar.
Tendió los brazos.
Mason colocó cuidadosamente a su hija en los brazos de su esposa.
—Evelyn Grace —murmuró—. Me gusta.
Se inclinó para besar el suave vello de su cabecita.
—¿Qué te parece, Evie? ¿Te gusta?
Se incorporó y miró radiante a dos de los tres amores de su vida mientras Rachel amamantaba torpemente a Evie.
—Pronto tendremos visitas. Mamá, papá y Cody están en la sala de espera, y Charlie y tu abuela deberían llegar en cualquier momento.
Rachel levantó la vista, con las cejas arqueadas.
—¿Ya están aquí? ¿Vinieron en avión?
—Eso parece. Charlie me dijo que tu abuela está respondiendo muy bien al nuevo tratamiento y que su médico le dio el visto bueno para volar.
Soltó una risita.
—Supongo que ninguno de los dos quería aguantar ese viaje tan largo en coche.
Rachel sonrió.
—Estoy deseando verlos.
Hizo una mueca y acomodó ligeramente a Evie.
—Imagino que Leah y Lucas también llegarán pronto, ¿no?
Mason asintió.
—Sí. Hablé con Lucas hace como una hora. Llegarán en un par de días. Tuve que enviarle a Leah un montón de fotos para que me dejara en paz.
Rachel se rio.
—Es agotadora.
—Ya lo creo —coincidió él—. Igual que tú y esta pequeña tan mona —añadió. Miró a su esposa y sintió cómo el pecho se le henchía de amor. Era increíble cuánto había cambiado su vida en el último año.
Rachel alzó la vista y vio algo en sus ojos. Frunció el ceño y un destello de preocupación le cruzó el rostro.
—¿Qué pasa?
Él negó con la cabeza, le tomó la mano libre y le besó la palma.
—Acabo de darme cuenta de que ha pasado un año desde que viniste y pusiste mi vida patas arriba.
—Vaya —respondió Rachel, asintiendo—. Tienes razón, ha pasado un año.
Se rio y señaló a la bebé en su pecho.
—Y ahora te he creado aún más caos.
Mason sonrió.
—Eres lo mejor que me ha pasado en la vida, así que sigue revolucionándolo todo, Princesa. Acepto todo lo que me eches encima.
Se inclinó y la besó suavemente en los labios.
—Para siempre.
* * *