Atardecer en Texas (Amor bajo el cielo del oeste nº 2) Capítulo 15
60%

Capítulo 15

Fort Worth, Texas

Un fuerte azote en el trasero hizo que Rachel saltara de la cama con un chillido. Jadeando, alzó la vista y se encontró con un sonriente Mason junto a ella, taza de café en mano.

—Llevo queriendo hacer eso desde el día que te conocí —dijo entre risas—. Aquí tienes, Princesa —añadió, ofreciéndole el café.

Rachel lo fulminó con la mirada un momento y luego aceptó la taza, dando un sorbo al café caliente.

—Mmmmm —dijo, saboreando ese primer trago. Miró a Mason por encima del borde de la taza—. Vas a pagar por eso. Lo sabes, ¿verdad?

Mason resopló y le dedicó una amplia sonrisa.

—Ya lo estoy deseando —señaló el reloj de la mesita de noche—. Venga, hay que ponerse en marcha. Tenemos un stand que atender hoy, ¿recuerdas?

Rachel abrió los ojos de par en par y se echó hacia atrás.

—¿Tenemos un stand que atender? —lo miró boquiabierta—. ¿Me vas a ayudar hoy?

Él se encogió de hombros.

—Pensé en echarte una mano cuando no esté en reuniones. Ayer estabas agotada. Tengo grandes planes para ti hoy y no quiero que estés exhausta cuando salgamos esta noche.

Un estremecimiento de emoción le recorrió la espalda mientras saltaba de la cama. Dio un sorbo al café mientras sopesaba sus palabras.

¿Planes para mí?

Eso sonaba prometedor y no pudo contener la emoción que le invadió el pecho.

Habían hecho el amor dos veces más durante la noche y le dolía todo el cuerpo del esfuerzo.

Hacía bastante tiempo que no practicaba semejantes acrobacias sexuales, y mucho menos tres veces en una noche.

Además, había sido sin duda el mejor sexo de su vida...

nunca... Estaba más que dispuesta a lo que este bombón tuviera planeado.

Otro azote le cayó en el trasero y fulminó con la mirada por encima del hombro al entusiasta macho que se lo había dado. Lo observó con recelo: un Mason alegre era algo que no había visto nunca, y eso la puso en guardia de inmediato.

Él se rio, sin inmutarse lo más mínimo.

—¡Venga, mujer! Hay que moverse. El desayuno está al caer.

Rachel se animó.

—¿Desayuno? —ante el asentimiento de Mason, añadió—: Ayer no desayunamos.

Él se encogió de hombros con indiferencia.

—Teníamos demasiado que hacer ayer por la mañana —hizo una pausa y le lanzó una mirada lasciva—. Además, creo que necesitas una comida contundente después de lo de anoche. Yo desde luego sí.

Rachel se sonrojó ligeramente y negó con la cabeza para sus adentros.

¿Qué demonios te pasa?

Ella no se avergonzaba: avergonzaba a los demás con su franqueza. Mason había logrado darle la vuelta a la tortilla. Era un pensamiento desconcertante.

Al oír que llamaban a la puerta principal de la suite, Rachel corrió a su habitación, sin importarle que estuviera completamente desnuda. Cuando salió, él estaba sentado en el sofá bebiendo café, con un desayuno completo dispuesto sobre la mesa de centro.

—Madre mía —exclamó—. ¡Menudo festín! ¿Eso son cruasanes? ¿Y fruta? ¿Y huevos con beicon? —le sonrió radiante—. Me estás mimando.

Mason asintió con una sonrisa.

—Les pedí que pusieran un poco de todo lo que tuvieran —señaló la mesa con orgullo—. Se han superado.

—Vaya, ya lo creo —respondió Rachel mientras partía uno de los hojaldres y le daba un mordisco. Cerró los ojos y gimió: sabía incluso mejor de lo que parecía. Cuando los abrió, se encontró a Mason inclinado hacia delante, con sus penetrantes ojos azules clavados en ella y la boca entreabierta.

Se sonrojó ligeramente.

—¿Qué pasa?

—Me encanta oírte hacer ese sonido —le dedicó una sonrisa seductora—. Anoche lo hiciste mucho.

Rachel se atragantó con el bocado, con los ojos ligeramente desorbitados. Mason nunca se andaba con rodeos, y desde luego disfrutaba sacándola de quicio, así que no entendía por qué su franqueza le resultaba tan chocante esta mañana. Simplemente, algo era diferente.

Dio un sorbo rápido de café para aclararse la garganta y lo miró; se le derritieron las entrañas ante su expresión sugerente. Ese hombre podía derretir el metal con esa mirada.

—¿Algún problema, Princesa? —preguntó con una sonrisa traviesa.

Lo miró fijamente, embelesada, y negó con la cabeza.

—No, en realidad no. Es que esta mañana me siento un poco rara. No sé cómo actuar contigo.

Él frunció el ceño.

—¿Te arrepientes de lo de anoche?

—No —negó con la cabeza enérgicamente—. No es eso en absoluto —hizo un gesto hacia él, que se recostaba en el sofá—.

Pareces diferente esta mañana. Creo que nunca te había visto tan relajado ni tan tranquilo.

Tu estado habitual ha sido gruñón y difícil, pero ahora me pides el desayuno —se encogió de hombros—.

Es que todo esto me resulta un poco raro. Nada más.

Él asintió, con los labios apretados.

—Es justo —se inclinó sobre la mesa de centro y le acercó el plato—. Sé que no he sido precisamente un caballero estos últimos dos meses, y estoy intentando compensártelo —la miró fijamente un momento, con intensidad—. ¿Me dejas?

Rachel tragó saliva y asintió en silencio, sin dejar de beber su café. Su confesión y su intento de enmendar las cosas la habían dejado sin palabras. Por una vez, no tenía una réplica mordaz.

Mason sonrió de oreja a oreja.

—¡Bien! —dio un bocado al beicon y se recostó en el sofá—. Te ayudaré un rato en el stand hoy y luego tengo una reunión con un par de rancheros esta tarde para ver su ganado. Me gustaría que vinieras conmigo.

Ella arqueó las cejas, sorprendida.

—¿Quieres que vaya contigo? —repitió.

—Ajá —dijo mientras masticaba—. Entiendes de caballos y sabes lo que quiero conseguir. Quiero tu opinión antes de cerrar ningún trato.

Rachel estaba atónita. Era la primera vez que él reconocía su experiencia con caballos, ¿y encima le pedía ayuda? Esta mañana no dejaba de volverse más extraña.

No se dio cuenta de que había estado con la mirada perdida hasta que él le pasó la mano por delante de la cara. —¿Estás bien? —preguntó—. No tienes que acompañarme si no quieres. Solo era una idea.

—No, me encantaría ayudar.

Negó levemente con la cabeza.

—Solo me sorprende que te interese mi opinión.

Él ladeó la cabeza y la miró con curiosidad. —¿Por qué dices eso?

Rachel resopló. —Bueno, durante un tiempo estuviste empeñado en echarme del rancho.

Mason negó con la cabeza y apretó los labios. —Creía que habíamos pasado página.

Su voz denotaba decepción.

Se le encogió un poco el corazón. Él tenía razón: era hora de pasar página y centrarse en los nuevos planes.

Lo miró con expresión contrita. —Tienes razón. Lo siento. Es agua pasada.

Dio otro mordisco al cruasán y le sonrió.

—Entonces, ¿a qué hora quedamos con los ganaderos?

* * *

Mason miraba por encima del hombro de Rachel mientras ella tecleaba en el portátil. —¿Cuántas reservas vendiste hoy?

Ella sonrió y giró la cabeza para besarle en la mejilla. —Hemos hecho quince reservas más. A este ritmo, tendremos citas hasta el otoño.

Mason se levantó y se llevó la mano a la mejilla, justo donde ella lo había besado. El gesto le llegó al corazón.

Ella alzó la vista y su rostro reflejó preocupación. —Mason, sé que no te gusta...

Él la calló con un beso rápido, sujetándole la cara con ambas manos. —No me preocupan las reservas.

—¿Entonces qué pasa?

Negó con la cabeza, confundida.

Él sonrió. —Me has besado.

Ella arqueó una ceja con elegancia. Era un gesto que le daban ganas de echársela al hombro y llevarla a la cama más cercana. —Y tú me has besado a mí. ¿Y qué?

Mason se encogió de hombros. —Eres mona.

Rachel se echó hacia atrás. —¿Soy mona?

—Sí —respondió—. Eres mona.

Señaló el ordenador con un gesto.

—Venga, termina con eso para que podamos irnos. ¡Tenemos citas pendientes, mujer!

Rachel suspiró y negó con la cabeza. Su fastidio era palpable, y él no pudo contener la risita que se le escapó. Ella frunció los labios aún más y le lanzó una mirada asesina de reojo. Dios, le encantaba provocarla y hacerla rabiar. Podría convertirse en su nuevo pasatiempo favorito.

Mientras esperaba, recogió el resto del material promocional y lo guardó debajo de la mesa.

—Creo que ya está todo con el stand.

Echó un vistazo rápido al espacio.

—¿Hay algo más que hacer antes de irnos?

Rachel levantó la vista de la pantalla y miró alrededor. Negó con la cabeza. —No. Creo que por hoy hemos terminado.

Suspiró, cerró el portátil y se levantó.

—Ahhhhh —dijo mientras estiraba la espalda y el cuello—. Un día más de esto y podremos volver a casa.

Mason no pudo resistir el impulso de tocarla y le puso las manos en los hombros. Ella gimió mientras él le masajeaba suavemente los hombros y el cuello. —Dios, tienes unas manos mágicas.

Él sonrió y se inclinó para susurrarle al oído. —Esta noche también lo dirás.

Rachel soltó una risita. —Ya tengo ganas, vaquero —dijo.

—Mmmmm —respondió—. Yo también.

Dio un paso atrás y le dio una palmadita en el trasero.

—Venga, vámonos.

Ella lo miró con recelo mientras se frotaba el trasero. —Disfrutas demasiado con eso.

—Sí.

Le dedicó una sonrisa maliciosa.

—Te encanta que te dé azotes. Admítelo.

Ella volvió a arquear la ceja. —Ni hablar.

Sabía que mentía. Se notaba en cómo reaccionaba su cuerpo cuando la tocaba: cómo se le entrecortaba la respiración, cómo arqueaba la espalda, cómo se le endurecían los pezones. Oh, sí, le encantaba y quería más... y él pensaba dárselo todos los días a partir de ahora. Ella aún no lo sabía.

* * *

—Por otro día de éxito.

Rachel alzó su copa con una sonrisa radiante. Mason alzó la suya y brindaron.

—Salud —dijo, y ambos dieron un trago a su cerveza.

Rachel se había quedado impresionada al enterarse de que los planes de Mason para la noche incluían un paseo con compras por Sundance Square, cena en el mejor asador de Fort Worth, y después copas y baile en otro enorme salón.

Aquello le parecía un cortejo a la antigua, algo que no había vivido en años.

El bar estaba lleno, pero él había conseguido una mesita al fondo, tranquila e íntima. Le asombraba que hubiera planeado todo aquello para ella. Era una faceta de Mason que no conocía, y estaba encantada.