Atardecer en Texas (Amor bajo el cielo del oeste nº 2) Capítulo 9 #3
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Capítulo 9 #3

Rachel resopló. —Mason ha sido un incordio monumental desde que llegué, pero tengo que admitir que disfruto mucho sacándolo de quicio.

—Apuesto a que eso no es lo único que le vas a sacar dentro de poco —dijo Leah con retintín.

Rachel se atragantó. —Leah, no acabas de decir eso.

Leah se rio. —¿A qué viene esa cara de sorpresa? La Rachel que yo conozco se habría lanzado a por ese tío hace un mes y lo habría tenido comiendo de su mano en un santiamén. —Miró a su amiga—. Entonces, ¿qué pasa?

Rachel suspiró. —Créeme, se me ha pasado por la cabeza una o dos veces. Pero es que... —Hizo una pausa, negando con la cabeza—. Es que no funcionaría.

—¿Por qué no?

—Leah, que a ti te saliera perfecto no significa que vaya a funcionar para todo el mundo —dijo Rachel, exasperada.

—Pues eso es exactamente lo que significa.

—No, no lo es. Significa que tendríamos un rollo y luego ¿qué?

Todo sería increíblemente incómodo, y no quiero ni imaginar lo que pensarían Alice y Burt.

Así que, por favor, déjalo —suplicó Rachel—.

Solo quiero centrarme en ti y disfrutar de este tiempo juntas.

—Rachel le lanzó una mirada traviesa, cambiando de tema—.

Tengo un día divertido preparado para mañana.

Leah frunció el ceño. —¿Qué tienes preparado?

—Hay unas cuantas señoras en el pueblo que me gustaría que conocieras. Van a organizarnos una merienda, un rato de chicas para todas —respondió Rachel.

* * *

Mason detuvo su caballo y señaló hacia el campo a su izquierda. —Este es nuestro último experimento de cultivo.

Lucas observó el campo con curiosidad. —¿Eso es lúpulo?

—Sí.

Mason sonrió de oreja a oreja.

—Se han adaptado de maravilla a este suelo y al calor de Texas.

—Impresionante —respondió Lucas—. Tu padre me comentó esta mañana que habéis diversificado mucho los cultivos. ¿Cuántas hectáreas tenéis aquí?

—Unas dos hectáreas de lúpulo —contestó Mason—. Pero las ampliaremos el año que viene. Esta cosecha ya está comprometida con una cervecería del pueblo.

Lucas asintió y le lanzó a Mason una larga mirada escrutadora.

—Leah me comentó que estabas pensando en cambiar el tipo de negocio.

Mason arqueó las cejas, sorprendido.

—¿Quién es Leah?

—Mi mujer —respondió Lucas—. Supongo que aún no la conoces, pero es la mejor amiga de Rachel.

—No, todavía no —respondió Mason.

Observó a Lucas con curiosidad.

—¿Es como Rachel?

Lucas ladeó la cabeza.

—¿A qué te refieres?

Mason se encogió de hombros.

—Terca, mandona, siempre metiéndose en tus asuntos.

No añadió guapísima, sexy a rabiar y con un cuerpo de escándalo.

Lucas soltó una carcajada.

—Esa es Rachel, sin duda.

Le sonrió a Mason.

—No, Leah y Rachel son muy distintas. Aunque Leah también tiene lo suyo —añadió.

Mason gruñó y contempló el campo.

—Me preocupa el futuro del ganado. Hay demasiado en juego y nos ponen demasiadas trabas para salir adelante. Quiero poder dejarle este rancho a mi hijo algún día. Pero al ritmo que vamos, en diez años no quedará nada.

—¿No está Rachel aquí precisamente para eso? —preguntó Lucas—. Para hacer crecer el rancho turístico y generar ingresos.

Mason casi gruñó, apretando los dientes.

—Sí, y ese es el problema. Es jodidamente buena en lo que hace. Con todo el dinero que está generando, mi padre ni se plantea cambiar nada.

—Quieres pasarte del ganado a los caballos de rodeo, ¿no? —preguntó Lucas.

Mason asintió.

—Sí, y en seis meses ya seríamos rentables si lo hacemos bien. Pero mi padre se niega a abandonar la tradición, y lo que hace Rachel solo está retrasando lo inevitable.

Lucas asintió, frunciendo los labios.

—Criar animales de rodeo es buena idea. ¿Has pensado en meterte también con los toros?

Mason lo meditó un momento y se encogió de hombros.

—Lo he pensado. Pero los toros necesitan otra infraestructura y gente que sepa manejarlos. Ahora mismo, podríamos pasarnos a los caballos sin tocar nada más del rancho.

—Entiendo tu frustración —dijo Lucas con empatía—. ¿Le has contado todo esto a Rachel?

—Sí —respondió Mason con un suspiro—. No sirvió de nada. Está de acuerdo conmigo en que los caballos de rodeo serían buena idea, pero eso no le ha hecho cambiar de opinión. La mujer está empeñada en ampliar el rancho turístico y a todos parece encantarles menos a mí.

—Vaya —dijo Lucas, desconcertado.

—¿Te sorprende? —preguntó Mason.

—Pues sí —respondió Lucas—. Rachel se crio en una granja de caballos en Kentucky. Yo habría pensado que entendería tu situación mejor que nadie.

—Bueno, sí que se compadeció de mí —aclaró Mason—. Por un momento. Pero luego lo dejó correr, diciendo que tenía un trabajo que hacer. Esa mujer me tiene loco desde entonces.

Resopló y miró a Lucas.

—Te juro que busca cualquier excusa para sacarme de quicio.

Lucas se rio.

—Eso sí suena a Rachel.

Mason suspiró mientras su caballo se removía inquieto bajo él.

—Me dijiste que llevas un servicio de rehabilitación. ¿Qué tal os va?

Lucas asintió.

—Estamos más liados que nunca, nos llegan caballos de todo el país. Leah nos tiene a tope ahora que está promocionando el negocio.

Mason gruñó, frunciendo los labios.

—Pues si no te importa, hay una yegua que me gustaría que le echases un vistazo.

—Claro, encantado —respondió Lucas sin dudarlo, y ambos hicieron girar sus caballos hacia el establo—. Oye, puede que haya una forma de ganarte a Rachel.