Atada al destino Capítulo 30 La cena con el diablo
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Capítulo 30 La cena con el diablo

(Perspectiva de Alistair Blake)

La soberbia de Borgia Ferrer era su peor enemiga.

Se sentaba al otro lado de mi mesa de caoba como si fuera el dueño del mundo, frotándose las manos ante la perspectiva de un nuevo flujo de millones.

Decidí que era el momento perfecto para lanzar el primer anzuelo de mi estrategia y poner a prueba sus nervios.

—Antes de cerrar el trato final, señor Ferrer...

¿qué le parece si organizamos una cena esta misma noche?

—le propuse, inclinándome hacia adelante con una calma gélida—.

Así podré conocer finalmente a mi prometida.

Desde que vino a buscarme la última vez no he tenido el placer, y considero imperativo que tengamos, al menos, una conversación cordial con ella antes del anuncio oficial de mañana. ¿No le parece lo correcto?

El viejo asqueroso prácticamente brilló de la codicia, aunque noté un sutil destello de pánico cruzar por sus ojos antes de recomponerse. Sus miradas reflejaban pura ambición.

—Si todo marcha en regla durante la velada, podremos firmar el contrato de inmediato, sin necesidad de esperar hasta la boda —añadí, rematando la oferta para que muerda el anzuelo—.

Llevaré a mi abogado personal a la cena.

Así, si todo está en orden entre nosotros, firmamos los documentos de una vez por todas.

—¡Me parece perfecto, señor Blake! —exclamó el viejo, forzando una sonrisa repulsiva—. Una idea brillante. Así podré invitar también al prometido de mi otra hija. Podremos hablar de negocios los cuatro en la mesa, como la gran familia en la que nos vamos a convertir.

—Perfecto —le respondi, conteniendo las ganas de romperle la mandíbula ahí mismo—. ¿A las seis en su residencia está bien?

—Sí, estará todo absolutamente listo para recibirlo —aseguró, poniéndose de pie y estrechando mi mano antes de marcharse a toda prisa. Sabía que correría a buscar a Alina.

En cuanto la puerta se cerró, miré mi reloj.

Eran casi las cinco de la tarde en Nueva York.

En Nueva Zelanda ya era de noche y mi gatita debía estar llegando al penthouse.

Marqué su número privado de inmediato. La pantalla parpadeó apenas un segundo antes de que escuchara su voz al otro lado, respondiéndome con el mismo entusiasmo limpio y contagioso del mediodía.

—¡Hola! —dijo, y sentí un vuelco extraño en el pecho.

—Cariño, ¿llegaste a casa? —le pregunté, dejando que mi voz se suavizara por completo.

—Sí —me respondió, y alcancé a escuchar el tintineo de unos cubiertos de fondo—. Estoy hablando con la señora Aria mientras como algo. Llegé con mucha hambre de la universidad. ¿Cómo estuvo tu reunión?

—Bien —mentí a medias, manteniendo el suspenso de lo que estaba a punto de desatarse en Manhattan—. Aunque faltaron algunos documentos por revisar. Debido a eso, cenaré hoy en la noche con su familia y mi abogado para finiquitar los detalles.

—Está bien —me respondió ella, completamente ajena a la tormenta que yo estaba pilotando y creyendo que me refería a la familia de mis futuros socios comerciales—. No comas muy tarde, ¿de acuerdo?

Me solté una risa baja, contagiado por su inesperada ternura.

—Sí, cariño. Tu hombre se cuidará solo —bromeé, escuchando cómo se le cortaba la respiración al otro lado—. Te mando un mensaje de texto en cuanto llegue a la casa aquí. Por cierto, tengo ropa limpia en el armario de mi habitación. Ocupa lo que desees, estás en tu hogar. Te escribo más tarde. Besos.

Colgué la línea antes de ponerme demasiado sentimental.

Recordar cómo la había visto esa mañana, envuelta en mi camisa de vestir, durmiendo en mi cama con mi olor impregnado por completo en su cuerpo...

me fascinaba. Quiero que sea siempre así.

Quiero que siempre huela a mí; de esa forma, todos los demás sabrán que ya tiene un hombre a su lado y que no está disponible para nadie más.

Cuando la besé antes de irme, fue un roce inocente, casi un juego, pero la verdad es que esos labios me tienen trastornado. Quiero devorarlos de todas las maneras posibles, y lo haré pronto. Muy pronto.

Por ahora, saber que todo está arreglado con su tutoría en la universidad me da la tranquilidad necesaria para enfocarme en la carnicería que daré aquí. Tomé el teléfono encriptado y marqué el número de mi contacto en los bajos mundos.

—George, necesito que dejes de lado tus registros falsos por hoy.

Ponte tu mejor traje de sastre —le ordené en tono seco—.

Esta noche serás mi abogado corporativo en la cena de los Ferrer.

Trae micrófonos ocultos de alto alcance, rastreadores satelitales y todo el equipo de escucha que tengas disponible.

Vamos a entrar al nido de la escoria y quiero registrar cada maldito parpadeo que den en esa casa.