LIAM
Había pensado mil veces lo que iba a hacer, y no me arrepentía absolutamente de nada. Había quedado con mi hermana y mi padre en las oficinas centrales de Hoteles Sinclair para poder cerrar este capítulo de mi vida.
—¿Estás seguro de esto?
Ray me apretó la mano antes de salir del coche y adentrarnos en el edificio de acero y cristal.
Él me acompañó a mi reunión “para darme apoyo moral”, como me había dicho y no podía más que agradecérselo.
Habían terminado sus conciertos en Europa y ahora comenzaba su recorrido por Estados Unidos.
Desde que hablamos en Los Cárpatos y aclaramos nuestros problemas, no habíamos vuelto a separarnos.
Iba a dar un paso importante para nuestro futuro.
Mi padre me había demostrado que no se detendría ante nada para intentar mantenerme controlado, como le gustaba decirme a menudo y yo le iba a demostrar que a mis treinta y cinco años no permitiría que nada, ni su empresa, ni él, me controlase.
A partir de hoy solo respondería ante mí mismo.
Y ante Ray cuando fuese necesario, ante nadie más.
—No voy a entrar en esa pecera —aclaró cuando llegamos donde estaba mi nueva oficina y había quedado con los dos miembros de mi familia. Se sentó en las sillas de la sala de espera — estaré aquí, pero si me necesitas pega un grito, o algo— y me guiñó un ojo con una sonrisa divertida.
—Allá vamos —me dije para darme valor.
—Señor Sinclair, lo están esperando en la sala de juntas.
—Gracias.
Me dirigí hacia allí con paso firme. Mi padre era un tiburón y no dudaría en hacerme trizas si le mostraba signos de flaqueza.
Si algún día tenía hijos, me dedicaría cada día a demostrarles que los quería y que eran lo más importante de mi vida.
¿En qué momento pensó mi padre que una familia se manejaba igual que con los negocios?
—Aquí estás —me recorrió con la mirada sin ocultar su desprecio— un presidente no puede venir en vaqueros— me soltó disgustado.
Yo había elegido mi ropa a conciencia. Tenía un mensaje que dar y hasta la ropa elegida debía ayudar a dejarlo claro.
—Cierto, un presidente no —miré a mi hermana y al abogado de la empresa— pero como hoy mismo dejo de serlo, pues ya no importa la ropa que me ponga. ¿Has traído los papeles que te pedí?
El abogado miró a mi padre con temor, pero aún así me acercó unos papeles que me apresuré a apartar de mi padre que hizo el intento de cogerlos.
—¿Qué cojones es eso? ¿Qué está pasando? ¿Liam? —miró hacia fuera y gruñó, gruñó, al ver a Ray sentado allí esperando— ¿Qué coño hace ese aquí? Le aclaré que no lo quería en mi empresa, joder.
—Ese que tú dices es mi pareja —le aclaré cuando fue a replicarme.
Cogí un bolígrafo y firmé las hojas sin mirarlas siquiera y luego se las pasé a mi hermana a la que apenas había mirado hasta ese momento— ¿estás lista?
—le pasé las hojas— y esto que estamos firmando es mi cese y el nuevo nombramiento de la nueva directora de Hoteles Sinclair.
—¿QUÉ? – los gritos de mi padre podían oírse hasta en la calle, pero ya no me impresionaban. Iba a dejar de estar bajo su yugo de una vez por todas— ¿te has vuelto loco? No puedes hacer eso.
—Ya está hecho —me dirigí a la puerta y me volví para mirar a Carla una vez más— y a ti que no vuelva a verte cerca de nosotros sin estar invitada ¿Te queda claro?
—Como el agua. Mucha suerte, y gracias.
—Acabaré contigo —me gritó mi padre fuera de sí— nadie te contratará en ninguna parte ¿me oyes?
—Bueno, si ocurre eso, siempre puedo vivir de mi novio. Es un cantante de éxito, ¿no lo sabías?
Salí de allí y tomé la mano de Ray, que me acompañó hasta el ascensor con una sonrisa de oreja a oreja.
—¿Vivir de tu pareja? Me gusta —me sonrió con esa sonrisa que alumbraba todo mi mundo.
—¿Necesitas a un médico a jornada completa?
—Si no fuera porque sé que empiezas el lunes en el hospital de Nueva York te tomaría la palabra. No me importaría tenerte todo el día conmigo como mi médico personal.
—¿En serio? —le sonreí siguiéndole la broma mientras entrábamos en el ascensor— ¿dónde te duele ahora?
—Aquí —me señaló los labios— quizás con un beso se me alivie.
Le besé con suavidad y lo abracé contra mí.
—También me duele la polla —me soltó conteniendo la risa— ¿me la besarás también para que se me alivie?
—Cuando lleguemos a casa veremos qué puedo hacer.
Su sonrisa se amplió aún más mientras se reacomodaba los vaqueros para tapar su creciente erección.
—Te tomaré la palabra.
FIN
MURCIA FEbrERO 2026