Asuntos pendientes RAY
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RAY

Un comienzo de gira siempre era una completa locura.

Hoy estábamos en Manchester, y ya habíamos estado en Londres y en Edimburgo.

Después de los conciertos en Reino Unido nos pasábamos a París dentro de una semana, y estaríamos en Europa de gira casi un mes entero.

Nos quedaba Roma, Múnich, Barcelona, Madrid y Viena.

Luego volvíamos a Estados Unidos a empezar la gira americana.

Habíamos apostado fuerte con mi vuelta a los escenarios, y tenía que reconocer que en todas partes me habían dado una acogida apoteósica.

Tanto cariño me abrumaba, y en cada concierto cantaba algún tema de mi antiguo grupo, cosa que hacía a mi corazón encogerse de dolor y de nostalgia.

¡Cuánto los añoraba, joder! Los echaba tanto de menos que me dolía el corazón.

Entre volver a los escenarios, que me recordaba a lo que había pasado meses atrás, y la pérdida de Liam, sí, ya me había dado por vencido al no haber tenido respuesta alguna después de meses intentando ponerme en contacto con él, me sentía triste y superado por las emociones que intentaba manejar como buenamente podía.

Avery se había empeñado en añadir al equipo que me acompañaba a todas partes, un psicólogo con el que tenía que hablar antes y después de cada concierto.

Aunque nunca lo reconocería en voz alta para que Avery no se creciera todavía más de lo que ya lo estaba, tenía que reconocer que había sido una buena idea ya que las charlas diarias evitaban que cayera de nuevo en la depresión de la que apenas acababa de salir.

Así que aquí estábamos, en el campo de fútbol del Manchester, donde terminaba la gira por Reino Unido, con el equipo de sonido, iluminación, etc.

mientras Avery hacía magia con el teléfono en la oreja solucionando un problema con no sé qué hotel que había surgido a última hora.

Lo que esta mujer hacía en el teléfono era magia pura.

Sea lo que sea que quieras, Avery te lo conseguía con solo unas llamadas de teléfono.

El estadio estaba a reventar. El murmullo de miles de personas juntas era ambrosía para mis sentidos.

Sentía una sensación de euforia que no me permitía estarme quieto.

Movía las piernas como si me pasearan mil hormigas por ellas.

Que Avery se paseara arriba y abajo no me ayudaba demasiado a calmarme y la fulminé con la mirada cuando me coloqué delante de ella para que parase de una vez y me empujó, literalmente, para sortearme y seguir con su incansable caminata de un lado a otro.

—Para ya que me estás poniendo de los nervios —le gruñí con mal humor.

Tapó el micro del auricular que llevaba en la oreja y me estudió con ojo clínico. Me removí inquieto en el sitio.

—¿Qué? —¿Por qué me miraba así?

—Estás guapísimo.

Y siguió con sus paseos. Qué rara estaba desde hacía unos días.

Nos habíamos adueñado del vestuario del campo donde estábamos esperando la hora para empezar el concierto.

Desde allí dentro se oía a la gente gritar entusiasmada y supe que había llegado el momento.

Nick, nuestro enlace con la discográfica entró con paso nervioso. Otro que no sabía estar tranquilo.

—Es la hora. ¿Estás listo?

Era un hombre pequeño y delgado como un palo de escoba.

Tenía el pelo de un naranja encendido y la cara llena de pecas.

Sus ojos azules eran amables y sonreía continuamente.

Teníamos una muy buena conexión desde que empecé a grabar con ellos.

No se habían rendido conmigo, y habían esperado a que me recuperara tras el accidente tanto física, como mentalmente.

Habían sabido, junto con Avery, que la música era mi vida y que no podía dejarla de lado demasiado tiempo.

—Vamos allá.

No me permití pensar en nada más que en la tarea que tenía entre manos, así que salí del vestuario con paso firme, y saludé a los miles de espectadores que gritaron entusiasmados al verme en el campo.

—¡Hola, Manchester! —grité en el micrófono.

Y los gritos de la gente al contestarme aliviaron un poco el dolor de mi corazón.