Asuntos pendientes RAY
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RAY

Por supuesto que comenzó a nevar de nuevo, incluso antes de que Liam volviese a la cabaña con una bolsa de deporte llena de lo que supuse era su ropa y sus artículos de aseo.

—Vaya mierda de tiempo hace otra vez —se sacudió los pies, llenos de nieve, en la puerta y Apolo, que se había ido con él, se me tiró encima cuando me vio agachado intentando encender la chimenea.

Con toda la fuerza que tenía me tiró al suelo, como no, pero estaba tan feliz por saber que Liam había vuelto para quedarse conmigo que aproveché y echamos una pelea a muerte, patas y colmillos contra manos y dientes.

Casi muero.

—Quita, ya —le dije cuando perdí el aliento— que me has pisado los huevos y eso es trampa.

—Apolo, déjalo, que para una vez que está trabajando…

No me ofendí porque oí la diversión en su voz. Además, era cierto que yo era un principito, como le gustaba llamarme, porque no sabía hacer nada y no me molestaba reconocerlo. Para qué.

—¿Qué has traído? —La curiosidad me podía. Me levanté e intenté quitarle la bolsa de deporte para ver lo que había. Parecía pesar demasiado para ser solo ropa.

—Estate quieto y ve a tapar la leña de fuera. He traído una lona para dejarla a resguardo antes de que apriete la ventisca que se está formando.

Lo vi sacar de la bolsa dos botellas de whisky, las que le llevé yo meses atrás.

—Anda…

Fui a cogerlas y pensé en las copas que me tomaría después de comer, mientras estábamos sentados delante de la chimenea…

—Deja eso y tapa la leña mientras enciendo la chimenea, que vamos a quedarnos helados aquí dentro.

—Siempre puedo calentarte —alcé las cejas repetidas veces hasta hacerlo reír.

Soltó la bolsa en el sillón y me sujetó por la ropa para acercarme a él. Era un poco más alto que yo y bastante más musculoso, por lo que me abarcaba por completo cuando me abrazaba y me encantaba sentirme así. Me besó con suavidad en los labios.

—Si empezamos ahora no te soltaré en todo el día —me dijo apoyando su frente con la mía mientras respiraba con suavidad.

Ese simple gesto hacía que las mariposas de mi estómago revolotearan nerviosas.

—No tenemos nada mejor que hacer en todo el invierno.

Miró la isla de la cocina y el montón de bolsas que había por el suelo con los alimentos que nos habían traído.

—Hay que colocar todo eso si no queremos que Apolo se zampe toda la carne y el pescado que hay por ahí. Y luego cuando se encienda la chimenea que sigues sin saber hacer bien —me dio un toque juguetón en la nariz— vamos a hacer a la brasa unos enormes chuletones que le pedí a Anka.

—¿Chuletones? —empecé a salivar solo de pensarlo.

—Chuletones. Así que date prisa y tapa bien la leña mientras enciendo el fuego. Luego haremos el resto.

Ninguno de los dos hicimos por soltarnos. Me sentía increíble allí abrazado a Liam, que me importaría quedarme así para siempre. Allí, en ese pequeño rincón del mundo donde nadie me conocía, ni se esperaba que hiciera nada más que vivir día a día sin presiones.

—Ray —separó la cabeza para poder mirarme a los ojos— si no me sueltas no podemos hacer nada.

Lo abracé un poco más antes de soltarlo.

—Me gusta estar así —reconocí con sencillez. Me asustaba lo mucho que me gustaba estar así con él.

—A mí también.

Y me abrazó con fuerza de nuevo. Si fuese un gato me hubiese puesto a ronronear.

—¿Cómo tengo que tapar la leña? —nunca había hecho nada parecido, así que quería hacerlo bien.

No me importaba pedir ayuda cuando no sabía hacer algo.

No me avergonzaba de que Liam supiese que era un inútil para la supervivencia y otras muchas cosas que se tenían que hacer en ese paraje olvidado, ya no, por lo menos.

Se rio bajito y me soltó mientras negaba con la cabeza, divertido.

—¿Sabes qué? Ponte mejor a guardar y ordenar la comida mientras yo me encargo de la leña. Tengo que asegurarme de que no se moja. No te ofendas, pero prefiero hacerlo yo.

—No me ofendo —tampoco me apetecía nada salir ahora que estaba empezando a nevar otra vez. Aunque la chimenea estaba apagada y hacía frío, nada que ver con el que hacía en el exterior que te congelaba las pestañas antes de parpadear dos veces.

Me di cuenta de que él se había cambiado de ropa y se había puesto una camisa y un forro polar gris oscuro encima.

Llevaba sus pantalones cargo lleno de bolsillos y unas botas de montaña rozadas por el uso que parecían cómodas.

Nada de zapatillas deportivas como me había traído yo.

Nunca me había puesto unas botas de montaña, con eso lo decía todo.

—¿Y mi chándal favorito? ¡No me digas que te lo has dejado en tu casa!

Había dejado que se lo pusiera porque era él, pero me gustaba tenerlo conmigo. Me puse nervioso solo de pensar que no lo traía consigo.

—Está en el macuto y las deportivas esas pijas también. Que, por cierto, no valen para este clima porque se mojan a la mínima…

—Ya, ya me sé la cantinela —no quería oírlo otra vez, aunque sabía que era verdad.

—En cuanto podamos, vamos a ir al pueblo a comprarte unas de estas —se señaló las botas.

—Ni muerto —Con eso lo decía todo. Se fue a tapar la leña riéndose a carcajadas. Tuve que sonreír a mi pesar.