RAY
Había estado tan acostumbrado al silencio del bosque, que de repente, tanto ruido de motosierras, coches y hombres hablando al otro lado de la puerta, me molestaba.
—¿Por qué tienen que hacer tanto ruido? —no pude mantenerme más tiempo callado. Liam me miró, sin decirme nada, aunque ya era la segunda vez que me quejaba del ruido que estaban haciendo.
—Bueno, posiblemente estén celebrando que por fin han podido salir de casa. El invierno en esta zona es muy duro para todo el mundo.
—Cualquiera diría que están en una fiesta.
Ahora habían añadido música, posiblemente de los coches que traían.
Liam volvió a mirarme y yo me agaché a acariciar al perro, que también parecía haberse contagiado de la actividad de los que habían venido a socorrernos porque no dejaba de gemir y dar vueltas inquieto.
—Ray…
Simulé no haberlo oído y no quise mirarlo por si podía ver en mi cara el verdadero motivo de quejarme tanto.
—¿Estás seguro de que nos han traído carne y helado? No pueden haberse olvidado del helado, es lo más importante.
—Solo tú comes helado cuando estamos rodeados de nieve por todas partes.
Bufé porque seguía sin entenderlo. El helado no tenía nada que ver con el tiempo que hiciera fuera. Era como comer hamburguesas o pizzas. No tenía nada que ver con el tiempo.
—Mira cómo lo están poniendo todo.
Desde que habían llegado y se habían puesto a quitar el hielo que bloqueaba la puerta de entrada, había empezado a filtrarse agua por debajo de la puerta. Al parecer habían echado ingentes cantidades de sal para derretir el hielo, y aunque lo sabía, no pude quedarme callado.
Date una puntadita en la lengua si no quieres que se dé cuenta de lo que de verdad te pasa.
¿Podía notar que no quería que se marchase a su casa y me dejase solo?
Me gustaba tener aquí tanto a Liam como al perro.
Los dos me habían ayudado mucho a sobrellevar este tiempo tan horrible.
Posiblemente, si me hubiese quedado solo, me hubiese muerto congelado, o de hambre, o me hubiese metido fuego a mí mismo en un descuido de los míos.
Liam me tomó una mano y tiró de mí para que lo mirase.
Estábamos sentados en el sillón, esperando a que terminasen de quitar el hielo de la puerta para poder salir por fin y al parecer, ya no me iba a dejar estar más tiempo sin decirle lo que me pasaba.
Pero me daba vergüenza decírselo. ¿Y si se reía de mí por no querer estar solo?
Apenas nos conocíamos y entendía que quisiese volver a su casa y a su vida.
Yo era un intenso, siempre lo había sido, y para él, que llevaba como un ermitaño unos pocos de años, seguro que estaba deseando marcharse a su casa y olvidarse de mí.
—Habla conmigo —me pidió bajito.
Rehuí su mirada.
—No sé lo que quieres decir.
—Dime porque estás tan molesto con la ayuda —me cortó antes de que me inventase cualquier motivo— y no me digas que es que son muy ruidosos ni nada por el estilo. Quiero que me digas la verdad. Nos lo contamos todo ¿recuerdas? Sin mentiras.
Habíamos acordado que lo que nos contásemos fuese cierto. Podíamos guardarnos información personal, al fin y al cabo, no éramos nada ni nos debíamos nada, pero nos habíamos pedido sinceridad, ante todo.
—No quiero quedarme solo —murmuré en voz baja, demasiado avergonzado como para reconocerlo en voz alta.,
—¿Piensas que cuando terminen me marcharé y daré lo nuestro por terminado? ¿es eso?
Asentí con la cabeza sin querer mirar la burla en sus ojos.
No me gustaba reconocer que lo necesitaba en mi vida. Había encontrado un amigo al que contarle cualquier cosa que se me pasaba por la cabeza y se me pasaban mil tonterías al cabo del día.
—¿De verdad piensas que quiero marcharme y olvidarme de ti como si nunca te hubiese conocido?
—No serías el primero que lo hace —ni seguramente el único tampoco.
Unos golpes en la puerta nos interrumpieron.
Liam se levantó para abrir.
—No hemos quitado todo el hielo, pero ya podéis entrar y salir. Toma—
El hombre mayor le tendió una pala— no sé cómo se os ha olvidado lo más importante en un sitio como este. Pareces nuevo.
Agradecí a Liam que no aclarase que el olvido había sido cosa mía.
Liam dejó la pala junto a la chimenea y llamó a Apolo para que saliera con él. El perro saltó el trozo de hielo que quedaba en la puerta y ladró mientras salía corriendo por la nieve.
Ya lo eché de menos. Me pregunté cuándo volvería a verlo.
Al final no había acordado nada con Liam sobre lo que iba a pasar a partir de ahora.
—Toma —Liam me llamó para entregarme las cajas de provisiones.
La dejé encima de la isla de la cocina y busqué el helado entre los víveres para meterlos en el congelador antes de que se descongelase, pero seguían entregándome una caja tras otra y me entretuve poniéndolas apiladas para colocarlo todo en cuanto tuviera un momento libre.
Y luego trajeron enormes sacos de comida para perros con las que no me quise hacer ilusiones, pero mi corazón comenzó a latir como una locomotora.
—Me gusta tu nuevo look —oí que le decían a Liam en la puerta. Me ofendí porque llevaba puesto uno de mis chándales favoritos, que le quedaba corto y más ajustado de lo que debería, porque Liam tenía una talla o dos más que yo.
—Sin comentarios —le oí decir.
—Ray —me llamó a mí— hay que ir a por leña, sal y haz el favor de ayudarnos.
Salí a enfrentarme con todos los que habían llegado en nuestro auxilio. Algunos de los hombres me conocieron y me saludaron encantados mientras yo les agradecía la ayuda.
—Este es Blake, el marido de Anka, la dueña de nuestras cabañas. Ellos se encargan del mantenimiento y de traernos los suministros necesarios.
—Así que tú eres el famoso que ha tenido a mi mujer tan preocupada durante todo este tiempo. Tu ayudante nos ha llamado un montón de veces preocupada por ti.
¿En serio Avery?
—Siento las molestias —me obligué a decir— es demasiado protectora.
—Deberías estar agradecido de tener a alguien así en tu vida —Blake miró el cielo— bueno, nosotros nos vamos que va a empezar a llover de un momento a otro —nos miró a Liam y a mí— os aconsejo que metáis la leña dentro.
—Sí, Ray se encarga —dijo mi vecino, mientras se alejaba a donde supuse que era su cabaña— bajad con cuidado y muchas gracias, Blake.
¿Ray se encarga de la leña? ¿A dónde coño iba?
Los hombres se repartieron entre la máquina quitanieves que habían traído y los otros coches y se marcharon con la misma rapidez con la que habían llegado.
—¿A dónde vas?
Liam se volvió y me guiñó un ojo.
—A por mi ropa y mis cosas de aseo. ¿no pensarás que voy a seguir poniéndome tus calzoncillos y tu ropa?
—¿Vas a volver? —no quería que mi voz sonara tan ilusionada como sabía que lo hacía.
—No vas a deshacerte tan rápidamente de mí, vecino. Ve a acarrear leña mientras vuelvo, anda.
—No tardes, por favor.