Asuntos pendientes
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RAY
—Estaré bien —le dije a Avery, mi representante, por… ¿quincuagésima vez? Tal vez más. Pero no parecía creerse que era capaz de sobrevivir un tiempo solo, sin que ella ni nadie más estuviese pendiente de mí como si fuese un crío pequeño.
No iba a saltarme la medicación. Si con ella apenas podía soportar el dolor que llevaba arrastrando desde el accidente, no quería pensar en lo que sentiría si dejaba de tomarla. Me daban escalofríos solo de pensarlo. Ya me gustaría poder quitarlas, pero sabía que por el momento iba a ser imposible.
—Avery… —¿cómo se lo decía para que dejara de agobiarse por mí?
Si por un instante pensaba que no iba a hacer todo lo que me llevaba casi una hora enumerando por teléfono, se subiría a un avión y vendría a buscarme.
Me arrastraría de vuelta al hospital, de donde, no se cansaba de repetir, no debería haber salido para venirme aquí, al culo del mundo, a encontrarme a mí mismo— … necesito hacer esto.
Ella me entendía, así que no necesité decir nada más. Suspiró, dándose por vencida.
No iba a echarme atrás. Cuando tomaba una decisión, era terco como una mula, y nada me haría cambiar de idea.
Había huido de la prensa. Se habían colado hasta la habitación del hospital privado donde había estado ingresado, y yo necesitaba curarme las heridas…
y la culpa que arrastraba desde el accidente, esa que no me dejaba respirar.
—¿Tenías que irte a Los Cárpatos? ¿En serio?
—oí su taconeo al otro lado del teléfono y me la imaginé dando vueltas por su despacho, desesperada porque no podía hacerme cambiar de idea— podrías haberte ido, no sé, a alguna playa de Las Bahamas, las Maldivas o un lugar así.
No a una zona aislada, sin nada a tu alrededor y…
¿sabes que va a haber una tormenta en los próximos días?
No puedo quedarme tranquila, aquí sentada.
Ni allí ni en ningún otro sitio. Ella no sabía lo que era estar tranquila y mucho menos, sentada. Es como esos muñequitos a los que les das cuerda y no paran.
—No puedo irme a un lugar así por miedo a que me reconozcan, ya lo sabes.
Estoy intentando encontrarme a mí mismo —me sinceré con ella.
Conocía mis peores secretos y siempre me sacaba de los líos en los que me metía.
Los paparazzi no me dejaban ni respirar, pero ella los mantenía a raya— no puedo seguir así, Avery.
Necesito…—la culpa me apretó la garganta, impidiéndome seguir hablando.
Intenté coger aire para calmarme, pero las costillas protestaron, y acabé gimiendo, sin saber si llorar aliviaría en algo el dolor que me desgarraba por dentro.
—No fue culpa tuya, Ray.
Eso decían todos. Desde ella, hasta mi terapeuta, pero el dolor por haber perdido a casi todo mi grupo en el accidente, no se me quitaba del corazón. Era mucho más intenso que el de mis heridas físicas, y de esas tenía unas cuantas.
—Ya, bueno… eso no consigue hacerme sentir mejor —miré a mi alrededor y me quedé tan sorprendido por las vistas que me olvidé de que estaba hablando por teléfono.
La cabaña, aunque tosca, era más grande que la mayoría de las que había visto por el camino.
Estaba sin pintar, pero me gustó cómo su tono oscuro se integraba por completo en el bosque que la rodeaba.
Tenía una puerta y dos ventanas orientadas al norte, a la carretera por donde acababa de llegar.
Di la vuelta para verla por detrás y me encontré con otra enorme ventana que daba a la montaña de los Cárpatos Occidentales.
Había una especie de cobertizo a un lado de la cabaña que supuse que era para guardar la leña y algunas herramientas, o vete a saber. Le echaría un ojo cuando dejara de estar a punto de desmayarme del dolor.
La cabaña, junto con el pueblo cercano, estaban en la parte alta de los Cárpatos. Un bosque de pinos comenzaba justo detrás de la cabaña y se perdía de vista según bajaba la ladera de la montaña.
Hacía un frío tan intenso que me dolían los ojos, y pensé que se me estaban congelando las pestañas.
Inspiré, todo lo hondo que me permitían mis costillas, que era muy poco, y llené mis pulmones con el olor a pino y a naturaleza.
Si la nieve tuviera olor, juraría que estaba en el aire y en el gris oscuro del cielo que amenazaba descargar en cualquier momento.
—La hostia puta... qué sitio más bonito.
Respiré de nuevo y me sentí como el único habitante del mundo.
Allí no se oía nada. Ni sirenas, ni tráfico, ni gritos. Solo el viento que jugaba con mis mechones largos de pelo y algunos pájaros piando.
—¿Qué pasa?... ¿Ray?
Me acordé de que ella seguía al teléfono y decidí que por hoy ya había hablado suficiente.
—Estoy bien. Esta casa es una pasada —reconocí, sonriendo, como si pudiese verme.
—¿Te gusta? —oí el alivio en su voz— Me dijeron que tenía un sitio privilegiado en la montaña, y más lujos que la mayoría. Espero que estés a gusto.
—Me encanta, Avery. Gracias —y para que no empezara otra vez a decirme lo preocupada que estaba, decidí terminar la conversación— estaré bien.
—Te llevarán comida todas las semanas, por si no quieres acercarte al pueblo.
Era una joya organizándolo todo.
—Gracias. Tengo que colgar.
Empezaba a hacerse de noche y hacía tanto frío que apenas sentía la mano con la que sujetaba el teléfono.
—Si cambias de idea o si necesitas algo…
—Te avisaré, ya lo sabes. Estaré bien.
—Cuídate, Ray, y recuerda que no fue culpa tuya.
—Adiós, Avery, un beso. — Colgué y metí el teléfono en el bolsillo de los vaqueros.
Saqué del bolsillo trasero el llavero que me habían dado de la casa. Tenía dos llaves y la puerta de la cabaña se abría con la más grande. La otra debía ser del cobertizo. Me prometí ir a echarle un vistazo mañana, después de haber descansado.
Empujé la maleta porque ya no podía cargar con más peso sin que mis costillas me atormentaran.Apenas me mantenía en pie.
El dolor de las heridas recorría mi cuerpo como un mapa de cicatrices.
Tras cerrar la puerta de madera de una patada, me dejé caer en el enorme sillón que había frente a una chimenea apagada para tratar de recuperar el aliento.
Haber estado tanto tiempo fuera, me había dejado helado y había hecho que mis dolores fueran insoportables.
—Ay, joder… —me obligué a respirar con cortas bocanadas de aire para intentar aliviar el conjunto de mis molestias.
No lo soportaba más— deja de autocompadecerte y enciende la chimenea antes de que se haga de noche —me dije en voz alta para intentar darme fuerzas y no quedarme allí tumbado, esperando que mis dolores mejoraran por arte de magia.
La cabaña estaba limpia y olía a… ¿naranja y… canela? Muy agradable.
La noche cayó mientras me obligaba a levantarme del sillón para encender la chimenea antes de quedarme allí congelado.
—¿Por qué hace tantísimo frío?
Agradecí que en el borde de la chimenea hubiese cerillas y pastillas para encender el fuego. Supuse que Avery les había dicho a los dueños de la casa que era un negado para cuidar de mí mismo, incluso encender fuego sin facilidades podía ser toda una odisea.
Me obligué a poner la leña, que estaba apilada junto a la chimenea por tamaño, dejando los troncos más grandes para poner encima. Incluso así necesité un buen rato para conseguir que el fuego se encendiera. Aproveché que estaba de pie para encender la luz y poder ver bien la cabaña.
Era lo primero que debía haber hecho, pero el cansancio y el dolor empezaban a nublarme el juicio.
Tenía una cocina abierta al salón con todo tipo de lujos. Microondas incluido y la nevera estaba llena de carne, pescados y verduras. Muy propio de Avery, intentando que comiera carne cuando yo intentaba dejarla. Miré las latas de cerveza y me estremecí solo de pensar en tocarlas.
—Gracias, Avery.
En el congelador también había pizzas, lasañas congeladas y helados. Había un frutero lleno sobre la isla que separaba la cocina del salón. Sí… bueno… la fruta era otra asignatura pendiente.
Me asomé a la puerta del fondo y vi una enorme cama de matrimonio y otra puerta que conducía al baño con una bañera con patas en forma de garra de león.
Miré la bañera con ansias, yo adoraba bañarme, pero en el estado en el que estaba me costaba la vida sentarme y levantarme, así que nada de bañarse por el momento.
Tenía que comer algo para tomarme los calmantes, pero ya no aguantaba más. Así que fui a la maleta para tomarme dos de las pastillas en vez de una como me había indicado el médico y me tumbé en el sillón, esperando a que me hicieran efecto para poder cenar algo.
Me quedé frito con el calor de la chimenea y las pastillas.