CAPÍTULO 41
Callum O’Brien
Jensen tiró a su compañero de equipo al suelo, apretando el brazo contra su cuello, mientras yo intentaba entender qué acababa de pasar.
El juego se paralizó; nadie comprendía aquello.
En el hockey, las trompadas son normales, pero que un jugador usara el palo o los patines para agredir a otro estaba prohibido, sobre todo por encima de la línea de los hombros.
—¡¿Te has vuelto loco, joder?! —gritaba Jensen, impidiendo que su compañero se levantara.
—¡Suéltame, tengo que hacer esto! —le gritó de vuelta.
Lo miré con los ojos abiertos de par en par, pensando en la tragedia que habría sido si el maldito hubiera conseguido golpearme la cabeza con el palo.
Quería sacarme del partido, que me atendieran los paramédicos, pero, dependiendo de cómo me hubiera dado el palo, podría haber sufrido daños graves.
Se me heló la sangre al sentir cómo se formaba el pensamiento en mi cabeza.
Había sido mi padre. Había pagado para que ese jugador me lesionara.
—¿No lo sabías? El hombre que te contrató para tirarme lo han detenido, no vas a cobrar nada —dije, recuperando el sentido tras el shock.
—¿Qué? —se quedó blanco como el papel.
—Número 73, queda expulsado —avisó el árbitro.
Jensen se apartó de encima de su compañero; el hombre se levantó desorientado, intentando alegar que aquello no había sido un error, algo que no debería haber pasado.
Patiné hasta alejarme, volviendo a la zona de mi equipo, mientras el número 73 salía de la pista abucheado.
Busqué a Lotte con la mirada, encontrando sus ojos preocupados fijos en mí.
Saludé a mi ratoncita, indicándole que estaba bien.
—¿Estás bien? —preguntó Inaki.
—Tío, el muy cabrón lo hizo de la nada —dijo Scotty, tocándome los hombros—. Perdona por no ayudar, estaba demasiado lejos.
—No fue culpa tuya —lo tranquilicé.
—El Lins es un hombre de honor —dijo Mackenyu—. Ni siquiera dudó en defenderte, soltó el palo y se lanzó contra su propio compañero.
—Tienes razón —comenté, girándome para mirar a mi cuñado—. Tengo que darle las gracias; ahora vuelvo.
—Ve —me animó Wayne.
—Eso lo entendemos, luego le invitamos a una copa al tío —asintió Jacques, conforme.
Patiné despacio, todavía intentando entender lo que había pasado. Al verme, Jensen y sus hermanos se acercaron.
—¿Estás bien? —quiso saber Grant.
—Tío, nosotros podemos matarnos entre nosotros, pero nadie puede tocar a mi cuñadito —dijo Craig, apretándome el hombro—. O nuestra hermana nos mata. Solo lo hago por ella —me reí de su comentario gracioso.
—No sabíamos que iba a hacer eso —dijo Jensen—. Te garantizo que Radcliffe no va a intentar lo mismo —se refería al otro defensa.
—Gracias por esto, Jensen —le tendí la mano.
—En el hockey, la competición tiene que ser justa, incluso en las peleas libres —sonrió, estrechándome la mano.
Me di cuenta, en ese segundo, de que Jensen sería un capitán excelente en una liga profesional.
Sonreí, atrayéndolo para un abrazo, feliz de jugar con mi cuñado y de descubrir ese lado protector suyo conmigo.
Lotte siempre hablaba de cómo la cuidaban sus hermanos, pero nunca pensé que eso se extendería también a mí.
Entendí que yo sería capaz de hacer lo mismo por cualquiera de ellos.
Somos rivales sobre el hielo, pero, en la vida, nos habíamos hecho buenos amigos gracias a Lotte.
—Vamos a cerrar este partido —anuncié—. Tengo una copa que llevarme a casa.
—Ni en sueños, O’Brien —rio Jensen.
Volví con mi equipo, nos reunimos para una última charla antes de que se reanudara el partido.
—Tenemos cinco minutos hasta que el jugador suplente salga del banquillo de penalizaciones y se una al equipo. Aprovechemos ese intervalo para abrir un gol más de diferencia y asegurar nuestra victoria.
—¡Sí, capitán!
Volvimos a nuestras posiciones, lanzaron el disco y atacamos con fervor para aprovechar los cinco minutos de ventaja. Craig se puso en la defensa; el desgraciado era un muro auténticamente inquebrantable. Hizo falta el ataque combinado de Inaki y Mackenyu para que yo pudiera pasar y marcar el gol.
Jensen no perdió el tiempo. Cuando consiguió la posesión del disco, avanzó hacia nuestra zona. Patiné a toda velocidad, chocando mi hombro contra el suyo, impidiéndole lanzar. Aun así consiguió tirar el disco, pero Jacques lo detuvo, evitando el gol.
Jacques le pasó el disco a Wayne, que consiguió llevárselo a Inaki, y marcamos otro gol. Di la orden de aguantar el marcador, para que no marcaran ningún gol. Los minutos parecieron durar una eternidad. El defensa de la Dnort entró al hielo, pero no logró causar gran impacto.
El árbitro pitó, indicando el final del partido.
Miré el marcador: habíamos ganado por una diferencia de dos puntos.
Habíamos ganado…
¡Habíamos ganado!
Era una victoria en el Frozen Four. Después de tres años de derrotas. Una victoria de verdad, una victoria conseguida con nuestro esfuerzo, una victoria sin la exigencia de salvar a mi familia. Fue una victoria.
—¡HEMOS GANADO! —bramé, levantando los brazos, temblando con la adrenalina invadiéndome las venas.
Me rodearon mis compañeros, mientras la música de campeones estallaba en el estadio y la afición vibraba, celebrando con nosotros aquel momento.
Reí a carcajadas al verme levantado en el aire, las cintas naranjas saliendo de los bastones, estallando para celebrar la conquista.
Mi mirada se cruzó con la de Jensen; mi cuñado se quitó el guante, levantando el pulgar, los ojos negros llenos de orgullo.
Craig y Grant también sonreían, dejándome disfrutar de aquel momento sublime.
Giré el rostro, buscando a Charlotte. Ella saltaba contra la valla de contención, gritando mi nombre, los ojos brillantes de felicidad.
Les pedí a los chicos que me dejaran bajar, patiné hacia ella, abrí la puerta, pisando con cuidado el suelo para no caerme.
Me quedé contra la valla baja, y Lotte saltó, agarrándome del cuello con alegría.
—¡Felicidades, Callum!
—He ganado, ratoncita —la apreté entre mis brazos.
Me quité el casco, tirándolo al suelo, tiré de Lotte por encima de la valla, la cogí en brazos, y volví a la pista, patinando, mostrándole a todos a mi chica y nuestra victoria arrolladora.
Lotte reía a carcajadas en mis brazos. Le besé la boca, notando un sabor distinto, la conquista mezclada con nuestro amor.
Lotte vibraba, llenándome de besos cálidos.
—Esta victoria es nuestra —le dije, sin poder dejar de besarla.
—Te lo has merecido, jugaste con muchísima garra. Fue un partido intenso, demostraste tu valía, Callum —me miró llena de felicidad.
Lotte tenía razón. Nadie podía discutirlo: habíamos ganado limpiamente, jugando con garra y fervor, incluso con el rival intentando ganar con todas sus fuerzas, a pesar del desgraciado que había intentado tirarme. Esa victoria era nuestra.
—Ven, Callum, hora de recibir la copa —llamó Inaki.
Llevé a Lotte hasta la puerta y la dejé a salvo sobre el suelo firme.
Sabía que acabaría cayéndose si pisaba el hielo con las botas.
El equipo se reunió en el centro de la pista, con el director de la NCAA dando un discurso por el micrófono sobre la importancia del hockey universitario y de la formación de atletas.
Sonriendo, patiné, deslizándome sobre el hielo, hasta arrodillarme en el centro entre mis compañeros.
Los chicos me palmearon los hombros con saludos cálidos.
Jensen se acercó trayendo la copa de campeones para hacer la entrega oficial. Me dedicó una sonrisa. Me levanté animado, alisándome los rizos que me caían sobre los ojos.
—No me puedo creer que de verdad hayáis ganado el partido —a pesar de sus palabras, la sonrisa en su cara era enorme.
—Te lo advertí, y ahora vas a perder el puesto de delantero —me burlé, divertido.
—Eso está por ver —había ferocidad en sus ojos.
Me reí; sabía que no sería tan fácil conseguir el puesto. Jensen era un delantero excelente.
—Enhorabuena por la victoria, Cast —dijo en voz alta, mirando a mis compañeros de equipo.
Jensen extendió la copa. Sostuve el enorme trofeo, con el nombre de los campeones grabado en la base.
Apenas podía creérmelo. Tenerlo entre mis manos hacía más real mi victoria, la conquista de ese título, el resultado de todo nuestro esfuerzo recompensado por fin y reconocido en cadena nacional por miles de personas apasionadas por el hockey.
Y, frente a mí, mi mayor rival sonreía orgulloso.
No había rabia ni resentimiento. Jensen estaba feliz por mí, y me sentí más unido a mi amigo por recibir su apoyo.
Levanté la copa por encima de la cabeza; mis compañeros se acercaron celebrando, armando ruido. Empezamos a dar la vuelta a la pista, mostrándole al público nuestra conquista. La Dnort aplaudía, Craig y Grant silbaban, celebrando con nosotros.
—¿Me lo parece a mí o los trillizos parecen contentos? —preguntó Inaki, a mi lado.
—Están contentos —reí.
—Quien los vea reírse así pensará que fueron blandos con nosotros —se quejó Mackenyu—. Estoy dolorido entero por culpa del maldito Craig.
Me reí a carcajadas, dándole la razón. Sabía que me quedarían algunos moratones por culpa del partido, sobre todo por mi pelea a puñetazos con Jensen.
Terminamos nuestra vuelta de celebración y el fotógrafo oficial de la NCAA empezó a hacernos fotos con la copa.
Dejé el trofeo con los chicos y fui a buscar a mi ratoncita.
Lotte se moría de risa cuando la cogí, sentada en mi hombro izquierdo; en el derecho, le pedí a Inaki que pusiera la copa, para hacer una gran foto.
—Esta foto se va a usar en un cuadro, así que esmérate —le advertí al fotógrafo.
—Estás loco —rio Lotte.
—Y tú me quieres.
—Te quiero muchísimo.
Nos hicimos la foto y, después, dejé que volviera con el público, donde la esperaba mi familia para salir de la arena. Cargando la copa, fuimos hacia el vestuario armando ruido. La arena parecía temblar con nuestra celebración.
—Casi nos mata —Inaki se subió al banco, hablando alto para llamar la atención—.
Fueron entrenamientos infernales, con la promesa de que ganaríamos el Frozen Four.
Sé que algunos de vosotros dudasteis. Muchos quisieron matarlo cuando nos hizo cambiar de posiciones.
Fue un camino duro, difícil, pero hoy mirad esto —cogió la copa, levantándola—.
¡Cumplió su promesa, nos llevó al Frozen Four y ganamos!
¡Después de tres años perdiendo de manera vergonzosa contra los mismos tíos a los que acabamos de vencer ahora!
—Yo todavía no me lo puedo creer —tomó la palabra Mackenyu—.
Joder, ya había aceptado que terminaría mi último año como atleta de la NCAA sin conseguir ganar ni una sola vez.
Llegar a las finales y perder siempre contra los mismos tíos era un infierno.
¿De verdad estoy despierto? ¿Esto no es un sueño? —rio.
—Es real, tío —Wayne le apretó el hombro—. ¡Mira ese trofeo!
Miré la copa en la mano de Inaki, sonriendo, entendiendo todo lo que decía mi equipo.
Ellos también habían pasado por dificultades para llegar hasta aquí.
No era solo yo quien sufría queriendo ganar.
A lo largo del camino, había conseguido librarme del maldito de mi padre; el hijo de puta podía pudrirse en la cárcel, que a mí no me importaba.
Empecé la temporada desesperado por ganar, por salvar a mi familia y mi carrera. Y hoy, ellas habían visto el partido, animándome, sin miedo, sin ataduras, solo nosotros siendo felices.
Mi tío y Rob dieron discursos hablando de cómo nos habíamos esforzado para alcanzar la victoria y, al final, nos dejaron ir a ducharnos. A pesar de estar en Las Vegas, tendríamos una celebración con la gente que había viajado con nosotros. Nos esperaba una fiesta.
Me miré al espejo, viendo las marcas rojas en el torso y en la mejilla.
Seguro que se pondrían moradas. Me arreglé el pelo, dejando los rizos más sueltos, sacudí la cabeza espantando las gotas de agua y me vestí: chaqueta del equipo, vaqueros y zapatillas negras.
Me puse perfume, sabiendo quién me esperaba fuera.
Salí de la arena junto con el equipo; los chicos se fueron hacia el autobús y yo fui a buscar a mi ratoncita.
Ella sonreía preciosa, el pelo rubio suelto, las medias grises combinando con la falda y las botas negras.
Lotte rio a carcajadas al cruzar la mirada conmigo y corrió, lanzándose a mis brazos.
La hice girar en el aire, hundiendo la nariz en su cuello, compartiendo con ella mi felicidad arrolladora por aquel momento espectacular.
—Sabía que ganarías —sonrió Lotte, emocionada.
—Contigo animándome, nunca perdería.
La besé completamente enamorado. Lotte era el amor de mi vida y, con su apoyo, nada podría derribarme. Todavía tenía un gran futuro en el hockey. Apenas estaba empezando mi carrera.