Asumiendo el Riesgo (Los reyes del hielo 1) CAPÍTULO 37 #2
90%

CAPÍTULO 37 #2

Se me estremecían los músculos cada vez que recordaba ese momento en que lo anunciaron.

Los gritos de mis compañeros celebrando que habíamos llegado al Frozen Four.

Mi felicidad por estar tan cerca de alcanzar mi objetivo.

Todo mi esfuerzo, mi determinación por llevar a mi equipo a la final.

Estábamos a punto de recoger el fruto juntos, como un equipo, unidos de una forma que, hace un año, jamás habríamos imaginado que fuera posible.

Sonriendo, cargaba con mi mochila por el aparcamiento, caminando deprisa para escapar del frío de finales de invierno.

Pronto sería primavera. Inaki y Mackenyu iban juntos a una fiesta; yo prefería ir a buscar a Lotte a la residencia para pasar un rato de mimos en mi casa.

Entré en el coche, tirando la mochila en el asiento de al lado.

Sonó el móvil; arranqué el motor mientras sacaba el aparato del bolsillo del pantalón. Vi el nombre “cuñado número 1” y fruncí el ceño; Jensen no solía llamarme.

—Dígame —contesté.

—Hola, ¿puedes hablar? Lejos de Lotte, a ser posible.

—Estoy solo en el coche. ¿Qué pasa?

—¿Tu padre se llama Stanley O’Brien?

Se me heló la sangre al mencionar al hijo de puta. Nunca les había comentado el nombre de mi padre a los hermanos de Lotte.

—Joder, ¿ha hablado contigo?

—He recibido una llamada tentadora, para ser sincero —oí una puerta cerrándose y a Jensen dejándose caer en una silla, suspirando pesadamente.

—¡Mierda! ¿Qué quería el desgraciado?

—Voy a ser sincero: si hubiera recibido esa oferta antes de que salieras con Lotte, la habría aceptado sin pensarlo mucho. Pero las cosas son diferentes ahora, y tengo que protegerte, igual que cuido de mi hermana.

—Te lo agradezco, pero cada vez estoy más nervioso. ¿Qué quería, Jensen?

—Una propuesta tentadora —notaba que Jensen dudaba a propósito antes de hablar—. Tu padre se enteró de la deuda del mío, de la cárcel… Tiene un dosier sobre toda mi familia, y eso es una mierda, Callum.

—¡Joder, joder, joder! —grité, dándole un golpe al volante.

—Y solo empeora. Esa fue solo la parte en la que dejó claro que sabía quién era yo. Stanley me mandó fotos del hombre que arruinó la vida de mi padre, el país donde vive ese desgraciado actualmente, lo que hace para sobrevivir y escapar de la policía. Tu padre sabe muchísimas cosas, Callum.

—¿Quería un acuerdo? ¿A cambio de revelar el paradero del sinvergüenza para limpiar el nombre de tu padre?

—Más que eso. Ofreció pagar las deudas de mi familia, además de la cárcel para Denver Potter.

Eso era todo lo que Lotte quería: ver a sus padres libres de deudas, al desgraciado de Potter en la cárcel por el crimen que cometió, limpiar el nombre de Luke para que pudiera volver a sus tiempos de gloria como cirujano.

Sin embargo, Stanley nunca haría eso sin un propósito detrás, sin algo con lo que negociar.

—¿Qué pidió a cambio? —insistí en la pregunta que Jensen dudaba en responder.

—Que en la final del Frozen Four te hiciera suficiente daño como para que nunca más volvieras al hielo.

El móvil casi se me cae de la mano.

Siempre supe que mi padre era cruel. Un hombre dispuesto a cualquier cosa con tal de conseguir lo que quería.

Pero nunca fue agresivo físicamente conmigo, con mi hermana ni con mi madre.

Y esas palabras de Jensen solo demostraron cuánto quería el hijo de puta que estuviera lejos del hielo, asumiendo su legado.

Lo odiaba.

Pero, en ese segundo, me di cuenta de que mi padre nunca me quiso, ni siquiera pensó en mí como un hijo.

Yo era solo un legado que debía seguir su voluntad, sin importar lo que tuviera que hacer para obligarme a obedecer.

Si Stanley estaba dispuesto a eso, supe que ya no podía confiar en nuestro contrato.

Nunca me daría a Summer ni aceptaría mi independencia.

Me sequé con furia la lágrima que me caía, el peso de la verdad aplastándome por dentro. Me mordí el labio, intentando controlarme, sabiendo que no podía seguir luchando solo contra Stanley. Era demasiado fuerte para que yo lo combatiera solo con mis armas.

—¿Qué le respondiste? —pregunté, por fin, cuando conseguí recuperarme.

—Pensé en negarme, pero me di cuenta de que, si estaba tan desesperado por hacerte dejar el hockey, era mejor mantener esa carta en mis manos.

Le dije que aceptaba, solo para evitar que contactara con otro jugador del equipo.

Si alguno de mis compañeros recibiera una oferta de contrato con un equipo de la NHL, no dudaría en hacerte daño.

—Tienes razón.

—Grabé la conversación y, cuando dijo tu nombre, me di cuenta de que tener esa prueba sería útil. Puedo mandártela, si quieres.

—Quiero.

—Lo siento mucho, Callum. Sabía que tu padre era un capullo, pero no imaginaba que fuera de ese nivel. Pagarle a alguien para hacerle daño a su propio hijo es algo muy retorcido; no podemos dejar que gane.

Apoyé la cabeza en el respaldo del asiento.

—No sé cómo luchar contra él. Tenemos un acuerdo, pero ahora veo que no va a servir de nada.

—¿No hay nadie a quien puedas pedirle ayuda?

—Al único al que mi padre teme es a mi abuelo. Puso a sus hijos a pelearse por la sucesión. Estoy seguro de que mis tíos también deben de estar haciendo barbaridades.

—¿Pero crees que tu abuelo apoyaría a tu padre si mandara a alguien a darte una paliza?

Me quedé dudando, pensativo, analizando esa posibilidad.

Mi abuelo siempre fue un hombre honrado, preocupado por los negocios y por la familia.

Quería un heredero, alguien que continuara con su empresa sin llevar el patrimonio a la quiebra.

Nunca se metió en mi relación con mi padre, pero yo tampoco le pedí ayuda ni le conté lo que estaba pasando.

¿Existiría la posibilidad de que me ayudara?

—Solo lo sabré hablando con él.

—Usa la grabación; puede ser tu única oportunidad de librarte de ese maníaco.

—Gracias por esto. Sé que la propuesta era tentadora.

—No puedo mentir, todavía me tienta. La situación de mis padres es una mierda, y me siento culpable por necesitar tanto solo para poder jugar. Pero no voy a avergonzar a mi familia aceptando una propuesta tan baja como esa. Y, sobre todo, hacerle daño a mi hermana. Lotte nunca me lo perdonaría.

—Tus padres no te culpan, lo sabes, ¿verdad?

—Lo sé, pero no cambia mucho lo que siento —Jensen suspiró, pesado—.

No se lo digas a Lotte, pero hemos estado trabajando por las noches para poder cubrir nuestros gastos.

Mis padres ni se lo imaginan, y les mentimos sobre lo que necesitamos para la universidad para no preocuparlos.

Tu padre sabe todo esto; investigó cada aspecto de nuestras vidas y actuó como un maldito cobarde.

Jensen confiaba en mí.

Aquel que había sido mi mayor enemigo conseguía abrirse, contar verdades que lo atormentaban. Se había convertido en algo más que un cuñado; éramos amigos, y a veces lo único que necesitamos es desahogarnos con alguien sobre las mierdas que nos llenan la cabeza.

—Voy a encontrar la manera de solucionar lo del desgraciado, no te preocupes.

—Sé que sí. Si necesitas algo, avísame.

—Lo haré, pero, tío, ¿cómo conseguís trabajar y seguir siendo tan buenos sobre el hielo? —intenté aliviar un poco el ambiente tenso.

—El entrenador nos consiguió un trabajo de técnicos en una escuela juvenil de hockey. Nos turnamos para poder estudiar y cumplir con las obligaciones del equipo.

—Ah, Lotte ya me dijo que dabas clases.

—Le dije que era solo durante las vacaciones, para que no se preocupe cuando le mando dinero.

—Siempre pensáis en lo mejor para Lotte —sonreí, admirando cuánto se querían los hermanos por encima de todo—. ¿Animado para la final?

—Un montón. Voy a destrozaros la cara en el hielo.

—¿Con la forma en que estáis jugando, como auténticos amateurs? Vamos a ganar en el primer set.

—Ni en tus sueños, Callum.

—En mis sueños pasa todo el tiempo.

—Es el único sitio donde eso puede ser real.

Solté una carcajada; Jensen se rio al otro lado y seguimos con las pullas hasta que el ambiente tenso se relajó.

Nos despedimos, y arranqué, sabiendo que no podría ver a Lotte hoy.

Iría a casa de mi abuelo. Esta mierda con Stanley ya había ido demasiado lejos.

No sabía si conseguiría la ayuda del patriarca O’Brien, pero tenía que intentarlo.

O correría el riesgo de hacerme daño de verdad en el próximo partido. Nada garantizaba que Jensen fuera el único con el que había hablado Stanley.