Asumiendo el Riesgo (Los reyes del hielo 1) CAPÍTULO 36 #3
87%

CAPÍTULO 36 #3

Sabía que lo que habíamos hecho estaba mal. Una auténtica depravación. Pero el desgraciado se lo merecía; ya que no podíamos hacer nada contra él, ese gesto rebelde sería nuestra venganza, y no conseguía arrepentirme.

—Créeme, nunca va a dejar que nadie se entere de esto —Callum confirmó lo que ya me imaginaba.

Terminamos de arreglarnos. Fui al espejo a retocarme el maquillaje; aproveché los productos de Zaya para arreglar lo que se me había corrido en la cara.

Tenía tantas cosas caras que me sentí tentada a llevarme al menos una barra de labios.

Me reí sola de mi propio pensamiento. Salimos del cuarto como habíamos entrado: arreglados y compuestos. Seguimos de vuelta hacia el salón.

Al vernos pasar por la puerta, Stanley nos miró severo, viniendo hacia nosotros con Zaya.

—¿Dónde estabais?

—Por ahí —respondió Callum, tranquilo.

—¡Te dije que te quería a mi lado para el discurso de año nuevo!

Stanley tenía una forma de hablar. Su voz era grave, pesada, pero la expresión relajada, a pesar de los ojos severos.

Alguien acostumbrado a discutir en público sin nunca llamar la atención de los demás.

Por eso Summer siempre se escondía detrás de la pierna de Callum cuando aparecía su padre; debía enfrentarse a esa mirada y ese tono rabiosos varias veces al día.

Sentí ganas de gritarle al maldito, por atormentar a esa niña inocente y obligar a Raylla, que quería a sus hijos con todo el corazón, a mantenerse lejos de ellos, y por presionar a mi novio para que fuera el salvador de la familia.

Odiaba a Stanley; no merecía la riqueza que tenía. Mientras mis padres vivían preocupados por las facturas, ese maldito derrochaba dinero siendo una persona horrible.

—Lo siento —Callum se limitó a responderle.

—Escúchame bien, Callum —se acercó, sentí la amenaza flotando en el aire—. Si no quieres que tu contrato con los Red Wings se filtre y te expulsen por incumplir las normas de la NCAA, te sugiero que pongas una sonrisa en esa cara y te comportes.

—¡Fuiste tú! —acusé, en shock al darme cuenta de que mi novio tenía razón; había sido su padre quien filtró la información y perjudicó a mi hermano—. ¡Por tu culpa, mi hermano casi pierde su carrera! —di un paso adelante, subiendo el tono de voz.

—¡Contrólate en mi casa! —me miró, irritado. No me dejé intimidar.

—Eres una mierda de persona —escupí las palabras, apretando los dedos de Callum para mantenerme calmada y no meterle la mano en la cara al miserable.

—Adelante —respondió Callum, llamando la atención de su padre—.

Cuéntale a todo el mundo que me han fichado los Red Wings, ponlo en un periódico.

Hazlo, y sentiré placer exponiendo ante los medios y ante quien quiera escucharme el tipo de hombre que es Stanley O’Brien.

O mejor, puedo contárselo todo a mi abuelo; estoy seguro de que le encantará que su hijo lo avergüence.

—No te atreverías, tengo a tu hermana, y no quieres verla infeliz.

—Estoy cansado de tus amenazas. Llevas intentando perjudicarme desde que nací.

Conseguí el contrato, ya he cumplido con una parte de nuestro acuerdo, voy a ganar el Frozen Four y tendrás que devolverle la custodia de mi hermana a mi madre.

Pero no pienses que voy a seguir aceptando tus chantajes ni que perjudiques a otras personas.

Si le haces algo a Raylla o intentas fastidiar mi contrato, iré personalmente a hablar con mi abuelo y te expondré, avergonzando tu preciado apellido.

—¿Todo bien por aquí? —el abuelo de Callum escogió el momento perfecto para aparecer.

Stanley suavizó la expresión, sonriéndole a su padre.

—Todo bien, solo charlando con mi hijo.

—¿Dónde estabais? —se volvió hacia nosotros, ignorando a su hijo.

—Viendo los fuegos artificiales del primer piso —respondió Callum.

—Cosas de jóvenes enamorados —se rio suavemente—, pero no volváis a desaparecer —su petición disfrazada de orden—. Quiero a la familia unida esta noche; hace tiempo que no estamos así, todos juntos. ¿Entendido?

Stanley asintió, escuchando las palabras de su padre sin cuestionarlas. Callum y yo hicimos lo mismo, y el resto de la noche fue un largo aburrimiento, escuchando conversaciones interminables que no me interesaban lo más mínimo. Al menos Stanley nos dejó en paz.

Cuando terminó la fiesta, salimos del salón sin despedirnos de nadie. Subimos a mi coche y Callum suspiró aliviado.

—Por fin se acabó esto —murmuró, quitándose la pajarita.

—¿Estás bien?

—Sí.

—¿Crees que te va a perjudicar por lo del contrato?

—Mi padre es astuto; va a encontrar otra forma de fastidiarme, pero no voy a dejar que me afecte. Todavía me queda una larga temporada por delante, y ese capullo no puede ganarme.

—Eres el mejor —incliné el torso, besándolo—, y sé que vas a ganar.

Callum sonrió, besándome con intensidad.

Mientras nos alejábamos, vi a su padre en la ventana, mirándonos. Los ojos fríos delataban que Stanley no iba a rendirse; iba a intentar fastidiar a Callum. Solo que no sabía cómo ni qué táctica usaría esta vez. El maldito era un demonio ambicioso, capaz de cualquier cosa.