Asumiendo el Riesgo (Los reyes del hielo 1) CAPÍTULO 28
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CAPÍTULO 28

Callum O’Brien

Conseguimos avanzar bien en la eliminatoria. El Cast estaba destrozando a sus rivales con la técnica que yo había creado. No podían prever nuestros movimientos; cada partido era diferente y, con eso, la victoria era aplastante.

Entré en el despacho de mi tío con la sangre caliente después de otra victoria más, esta vez contra la Universidad de Florida.

Bowman llevaba su gorra con el símbolo de nuestro equipo.

Con una sonrisa despreocupada en la cara, me señaló con el dedo y podría jurar que mis piernas se convirtieron en gelatina antes incluso de que dijera nada. Sus ojos brillaban de felicidad.

—¡Lo has conseguido, chaval! —me señaló.

—Necesito que seas más concreto antes de que me emocione —me senté, o me habría caído al suelo.

Bowman soltó una carcajada, dando palmadas.

Se puso de pie. Me ardían los ojos, imaginando sus próximas palabras.

Ya habíamos hablado otras veces sobre el ojeador, sobre cómo mi tío me estaba ayudando a convertirme en el objetivo de investigación del profesional que podría cambiarme la vida en el hockey.

—Está fascinado con tu técnica de juego y, cuando le conté que la estrategia actual la habías montado tú, Callum, el tío se volvió loco. ¡Quiere quedar el sábado!

—¡Dios mío! —me llevé las manos a la cabeza, con los ojos llenándose de lágrimas, el alivio estallando en mi pecho, extendiéndose por cada célula.

Un peso de años empezaba a desaparecer. Podía respirar, coger aire hondo sin miedo a caer al abismo. No podía creerlo: por fin ese momento estaba llegando. Ahogué un sollozo, hundiendo la cara entre las manos. Mi tío rodeó la mesa y me abrazó fuerte.

—¡Lo has conseguido, chaval! Vas a firmar con un equipo de la Six y a liberar a tu familia de ese cabrón.

No había palabras para ese momento, solo emociones: la libertad y el peso desapareciendo de mi corazón.

Abracé a mi tío, llorando como un crío, permitiéndome ese momento sentimental.

Él me dio unas palmaditas en la espalda, me besó la cabeza y se irguió, mientras yo sorbía por la nariz, controlando la respiración.

—¿Lo he conseguido?

—Lo has conseguido —sonrió, orgulloso.

Llevaba años luchando por esto, peleando con el cabrón de mi padre para conseguir hacer realidad mi sueño de ser jugador profesional de hockey.

Cuando todo salía mal y el mundo estallaba a mi alrededor, era sobre los patines, con un stick en la mano, persiguiendo un disco negro, donde encontraba un propósito, un motivo para seguir adelante y continuar luchando.

No quería trabajar en la empresa de tecnología del cabrón, ser su heredero, heredar aquella maldición de empresa y todo lo malo que había significado en mi vida: mi madre llorando desesperada, apartada de sus hijos, los años de soledad, mi hermana pequeña olvidando lo que era el cariño de una madre, desesperada cuando me fui de casa por negarme a cumplir su voluntad.

El maldito acuerdo de ganar la temporada para entrar en un equipo de la NHL, a cambio de que él devolviera la custodia de mi hermana a mi madre.

Y, si perdía, tendría que cambiar de carrera, centrarme en tecnología y asumir el legado de los O’Brien.

Odiaba cada cosa relacionada con ese hijo de puta, sobre todo cómo esa maldita empresa ejercía influencia en mi carrera, impidiéndome ser drafteado, alejando a agentes y ojeadores.

Si no fuera por mi tío, no habría conseguido ninguna oportunidad; alguien que creyera en mí, sin miedo a sufrir represalias por parte del hijo de puta.

El desgraciado podría trabajar con los servicios de inteligencia de la Casa Blanca, pero jamás conseguiría controlarme.

Sentado en esa silla, mirando al único hombre que me había apoyado en todo este camino, y solo gracias a él había podido entrar en el Cast.

—¿Estoy libre de él? —pregunté, casi como un niño con miedo a soñar.

—Hemos dado el primer paso —me apretó la mandíbula—. Con esta racha de victorias, pronto jugaremos los playoffs y conseguiremos ganar el Frozen Four, y podrás jugar al hockey y tu hermana podrá vivir con tu madre. Será el fin de este infierno, Callum.

Sonreí, dándole la razón. Me puse de pie, abrazando a mi tío, celebrando aquella victoria silenciosa. Nadie podía saber que un ojeador estaba interesado en mí y preparando mi fichaje. No tenía ni idea de qué equipo era; mi tío no podía decirlo, solo hacer de intermediario.

—Vete a casa a descansar. Esta semana te llevaré a cenar para celebrarlo —avisó, dando la vuelta para sentarse en su silla—. Puedes invitar a tu novia.

—Te va a encantar conocer a Lotte —le prometí.

Con una sonrisa enorme, salí de su despacho y volví al vestuario. Mis compañeros se quitaban la ropa, otros se duchaban, haciendo ruido, animados por nuestra reciente victoria.

—¿Habéis visto cómo lo he dejado en el hielo al cabrón? —Nikita se jactaba de nuestro tanto de la victoria, conseguido gracias a su excelente defensa—. El entreno nuevo de Lera está haciendo maravillas con estas bellezas —se besó el bíceps.

Tenía razón, había ganado unos cuantos kilos de músculo tras el nuevo entrenamiento.

Pensaba que Lera solo quería matarme para asegurarse de que me portaba bien y no le hacía nada a su querida amiga.

Sin embargo, el resultado muscular era innegable y me hacía desear el entreno, acabando con su ventaja de amenazarme.

—Mañana os quiero a todos en mi casa —avisé—. Haremos una maratón intensiva, analizando los partidos de los trillizos para descifrar cómo se comunican y acabar con ellos en la final.

—¿Sabéis? —Inaki llamó la atención con su comentario—. Tuve una leve esperanza de que perdieran al principio de la eliminatoria por la lesión de Craig, pero los cabrones lo dejaron en el banquillo para que no estorbara.

—Les entró miedo —dijo Mackneyu— de cómo les metimos presión; podría haber pasado lo mismo en el primer partido de la eliminatoria y perder.

—Nos aseguraremos la victoria si conseguimos descifrar cómo se comunican. Después de los amistosos, nos tienen fichados, no podemos flaquear —avisé—. Empezaremos una nueva formación el lunes. Quiero explotar más a los suplentes.

Vi cómo se animaba la cara de los suplentes. De momento no habían jugado mucho; eran nuestra carta bajo la manga para la victoria y, con la final cada vez más cerca, cada uno se había entregado de manera férrea a nuestro equipo, abrazando la causa, deseando la victoria aplastante.

Seguimos hablando. Fui a ducharme para encontrarme con mi novia.

Lotte había visto todos los partidos con entusiasmo, pero algo pasaba con mi chica.

Se había peleado con sus hermanos, y el del medio no le hablaba.

Le di espacio para que decidiera contarme qué había pasado, pero Lotte siempre se escabullía del tema, dolida, escondiéndose.

Decidí no insistir; eran cosas de hermanos y debía respetarlo.

Ayer, cuando llegué, estaba hablando con el mayor —al que siempre llama Tontorrón número 1, Tontorrón número 2, el del medio y príncipe, al tercero.

Solo con eso ya sabía cuál era su hermano favorito.

¿Tendría mi hermana motes para mí? La echaba de menos como un loco.

Estaba deseando que llegara su cumpleaños; sería dentro de 15 días.

Pasaríamos la Navidad juntos en el chalé, donde estoy planeando la visita sorpresa de mi madre sin que el hijo de puta se entere.

Él nunca pasaba las fechas señaladas con nosotros.

Me puse ropa de abrigo. El otoño había traído una brisa que cortaba la cara al ir en moto.

Lotte se quejaba del frío y había empezado a usar el coche.

Como buen caballero, le cogí las llaves y conduje yo por ella.

Conmigo, mi chica no tenía que preocuparse de conducir, sobre todo con este frío.

Cuando cayera la primera nevada, tendría que cambiarle los neumáticos del coche por unos de invierno.

Sé que ella no tiene dinero para eso y prefiero hacerlo sin avisarle.

Los chicos se vinieron conmigo; mantenían el coche de Lotte impecable, sobre todo el desastroso de Inaki, después de que le tirara del pelo por pisar con el zapato lleno de barro la alfombrilla del coche.

Lotte lo hizo lavar el vehículo tres veces en un mes para que aprendiera la lección.

Aparqué frente al garaje, junto al coche de Mackneyu.

Bajamos con sonrisas enormes en la cara.

Lotte había vuelto con Anna después del partido; mi chica estaba agotada de la semana de exámenes.

Entramos y me sorprendió oír voces en el salón.

Anduve y llegué al arco, donde se juntaba la entrada con el salón.

Me reí al ver a Lotte con una mascarilla verde en la cara, una diadema rosa peluda en la cabeza, con mi camiseta de la universidad puesta, mientras hablaba con Anna, que tenía la cara parecida a la de su amiga.

—¿Qué es esto?

—Han invadido nuestra casa unos alienígenas —dijo Inaki.

—¿Noche de chicas? —Mackneyu pasó por mi lado, cogiendo unos aperitivos de la mesa.

—¡Amor! —Lotte se puso de pie, estirando la cara para besarme.

Fruncí el ceño, con cautela acercando la boca a la suya y apartándome rápido; no quería mancharme.

—Hemos hecho lasaña —avisó Anna—. Podéis serviros, bestias del hielo.

—Somos los Reyes del Hielo, un poco de respeto —pidió Inaki.

—Vosotros tres y los trillizos encajáis bien con ese título —soltó Lotte sin pensar.

—¡Para nada! —exclamó Inaki—. Esos tíos no están a nuestro nivel.

—Tienes razón, están un nivel por encima —provocó Anna.

—Anna, quedas expulsada de esta casa —avisó Mackneyu.

—¿Qué historia es esa, Lotte? —entrecerré los ojos, molesto.

—Es algo de lo que estábamos hablando —señaló a Anna— sobre lo increíble que sería que jugarais en la NHL en el mismo equipo, sería como el equipo más imbatible.

—Podríais ganar las Olimpiadas —añadió Anna— o cualquier otro torneo.

—Sería un infierno —respondió Inaki—. Primero —levantó el dedo— uno de nosotros perdería su posición, no quiero formar parte de la defensa, yo soy un ala.