Asumiendo el Riesgo (Los reyes del hielo 1) CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

Callum O’Brien

Entrenador Bowman:

¿Te digo que te centres en la temporada y tú vas y declaras que vas a echar a patadas a cualquiera que se acerque a tu chica?

Chaval, te voy a arrancar la piel en el hielo en el entrenamiento del lunes.

Si tienes tiempo para salir con chicas, tienes tiempo para entrenar.

Y los mensajes seguían, con amenazas cada vez más espeluznantes. ¿Y lo peor? Lotte ni siquiera era mi novia. Había impuesto una ley en el campus para que nadie hablara mal de ella y para que los tíos se mantuvieran alejados. ¡Y ELLA NI SIQUIERA ES MI NOVIA!

Hundí la cabeza en la almohada, gimiendo, sabiendo que el entrenador me iba a masacrar en los próximos partidos. El móvil vibró con un mensaje; sonreí como un idiota al ver el nombre de Lotte.

Lotte:

Subiendo al avión, nos vemos pronto.

Yo:

Estaré en el aeropuerto cuando llegues.

Te echo de menos.

Joder. Tiré el móvil debajo de la almohada, sabiendo que estaba siendo un blando.

Lotte se mantenía firme insistiendo en que no podíamos salir juntos por mi carrera.

Yo la quería y haría lo posible para convertirla en mi chica de forma oficial.

El móvil vibró, y me reí como un loco al leer el mensaje donde decía que me echaba de menos.

—Ay, Callum, deja de hacer ruido, joder —se quejó Inaki, dando golpes en la pared—, quiero dormir, ¡demonios!

—Vale, vale —respondí.

Me tumbé, mirando al techo, pensando en mi chica volando durante 5 horas y 48 minutos hasta que volviéramos a estar en la misma ciudad.

Lo correcto sería dormir, pero no podía dejar de pensar en ella.

Lotte subió una foto a Instagram, sentada en la terraza de la casa de sus padres con un vaso de latte en la mano, sonriendo feliz, con el pie de foto «en casa». La ubicación marcaba San Francisco.

Le hice una captura a la foto y la guardé en la galería.

Abrí los ajustes y la frase «establecer fondo de pantalla» brilló ante mis ojos.

Estaba tan guapa con el vestido azul, luciendo las piernas pálidas, la bota blanca de caña corta con suela marrón, los dientes brillando en una sonrisa que le llenaba la cara.

Guardé la foto y, sonriendo como un idiota, me fui a dormir con la deliciosa sensación de que la vería al despertar.

Sonó el despertador. Me desperté de un sueño ligero, fui al baño a cepillarme los dientes y lavarme la cara.

Hacía frío, pero las ganas de oler bien para Lotte fueron más fuertes.

Aguanté el agua caliente y la horrible sensación de salir de la ducha caliente al cuarto helado.

Me puse una camiseta de manga larga, pantalones y mi chaqueta del equipo de hockey, y sacudí la cara para espantar el frío.

Con las llaves de la moto, bajé las escaleras.

Llegué al aeropuerto media hora antes, le mandé un mensaje avisándole y me senté frente a una cafetería, pidiendo una taza de café.

Seguí su vuelo por la web de la aerolínea.

Cuando aterrizó, pedí otra taza de café calentito para llevar y esperé en la zona de llegadas.

Mi chica cruzó las puertas, los ojos verdes buscándome.

Al encontrarme, vi nacer una sonrisa preciosa en sus labios rojos.

Lotte llevaba una mochila en la mano. Di grandes zancadas hacia ella, abrí los brazos envolviéndola en un abrazo cálido y lleno de nostalgia. Hundí la nariz en su cuello frío, adorando el aroma dulce. Parecía vainilla con algo floral, tal vez rosas rojas.

—Te he echado de menos —le besé el cuello, subiendo la caricia por su piel, sintiendo cómo crecía la excitación, las ganas de besarla en la boca casi ahogándome.

—Yo también te he echado de menos —suspiró, apartándose; estaba sonrojada, las lentes un poco empañadas.

—¿Traes equipaje? —arqueé una ceja, cogí su bolso y le entregué el café.

—¡Gracias! —suspiró—. Estoy hambrienta. ¿Podemos ir a comer algo?

—Ven —entrelacé nuestros dedos.

Ella levantó una ceja, preguntando sobre nuestra mano unida.

Me encogí de hombros, llevándola conmigo hacia la cafetería.

Lotte se rio, intentó soltar la mano, pero no la dejé, apretando los dedos alrededor de los suyos.

Esa mujer necesitaba entender que me pertenecía, y eso no estaba en discusión.

Lotte pidió unos bollitos rellenos; aproveché para comer algo, pronto tenía que ir a entrenar.

—¿Y la maleta? —señalé la mochila.

—Mi madre, fuimos a comprar abrigos nuevos para el invierno. Se emocionó y compró un montón de ropa —sonrió con una felicidad radiante, de quien adoraba que la mimaran.

—¿Y tus hermanos? ¿Pudiste saciar la nostalgia?

—¡Sí! De mi padre también. Fue maravilloso poder ir a casa el fin de semana.

—Me moría de ganas de verte. La próxima vez, llévame contigo.

Lotte se rio, negando con la cabeza mientras masticaba su bollo relleno.

—¡Te mereces una paliza! Todavía no me creo que declararas que soy tu chica e impusieras una ley en el campus. ¡Es ridículo, parece cosa de personaje de novela!

—¡Señal de que tomé una decisión estupenda! —la señalé—. Las mejores historias de amor pasan en los libros, ¿no?

—¿De dónde has sacado eso? —Lotte se rio como si hubiera dicho una tontería enorme.

—Me lo dijo mi madre una vez. Es escritora, por cierto.

—¿En serio? ¿Cómo se llama?

—Firma como Raylla Cover, autora de romantasía y algunas novelas contemporáneas en los últimos dos años.

—¡Dios mío! ¡Eres el hijo de Raylla Cover! —se llevó la mano a la boca—. Esa mujer es un fenómeno literario; ha conseguido tres series en plataformas de streaming seguidas para sus libros. Vaya, ¡Callum!

Sonreí orgulloso de mi madre. Si no fuera por los libros, ni me imagino qué habría pasado con ella en la época de la depresión.

Por muy famosa que fuera, no podía plantarle cara a ese hijo de puta y recuperar a mi hermana.

La fama no valía nada cuando te enfrentabas a alguien del nivel de ese desgraciado.

—¿Quieres un autógrafo suyo?

—¿Autógrafo? Tío, ¡quiero una foto! —se rio—. Hace años que Raylla no va a eventos. Volvió a las entrevistas hace pocos meses. ¿Qué pasó?

—Una época complicada —apreté los labios, sin querer exponer el dolor de mi madre.

—Ah, lo entiendo —Lotte sonrió con un punto de tristeza, volviendo a comer.

—Es… muy complicado —suspiré; no sabía si podía compartir aquello con Lotte. Pero ¿y si ella conseguía traerme consuelo para la herida abierta que llevaba años quemándome el corazón?

—Si quieres hablar, te escucho, pero si no puedes, que sepas que aun así puedo consolarte.

Sonreí, adorando cada vez más a la chica que tenía delante.

La dejé terminar de comer, acabé mi comida y me levanté, pagando la cuenta.

Lotte sonrió, encantada con mi gesto de caballero.

Guiñé un ojo, cogí su mochila, entrelacé nuestros dedos y volvimos a caminar.

Al llegar a mi moto, pasé las correas de la mochila sujetándola contra mi pecho.

Subí, y mi chica encajó en mi moto como si hubiera sido hecha para ella.

Hice el trayecto disfrutando de las manos de Lotte agarradas a mi cintura.

La ciudad despertaba a nuestro alrededor, el sol saliendo tímidamente entre las nubes.

Aparqué cerca del parque, sabiendo que necesitaba aliviar lo que sentía en el pecho o acabaría explotando.

La sentí moverse, desconfiada. Lotte bajó de la moto y yo hice lo mismo, dejando los cascos y su mochila encima.

Entrelacé nuestros dedos, llevándola hacia el banco que había enfrente.

Me senté y la atraje hacia el calor de mi abrazo, inspirando el olor de su pelo.

—Nunca me he enamorado —confesé—. Me he liado con muchas mujeres, no puedo negarlo, pero nunca he amado —me giré, mirando sus ojos curiosos—. ¿Sabes lo que es eso?

—Sí, pero creo que en mi caso es más bien culpa de mis hermanos —se mordió el labio—. Es difícil crecer con tres hombres hablando mal de los chicos; en algún momento empecé a creer que ninguno de la vida real valía la pena.

—Me pasó algo parecido —me giré de lado, apoyando nuestras piernas juntas, y le sostuve la barbilla—. Vi la peor cara del amor, presencié un matrimonio deshaciéndose y la desgracia cayendo sobre una familia por culpa del amor. Para mí, aquello parecía una maldición, algo que iba a estorbarme.

—¿Fue con tus padres? —preguntó, sus ojos analizando con cuidado mi cara.

—Sí, su matrimonio no funcionó. Mi madre pasaba mucho tiempo sola; lo que se dice mi padre viajaba muchísimo y, cuando estaba en casa, no nos hacía mucho caso.

Tengo una hermanita de 6 años —viajé en los recuerdos del pasado—.

Yo tenía 16 años cuando se divorciaron, pero las peleas llevaban años pasando.

La chispa de la separación fue cuando mi padre descubrió que Raylla había tenido un lío durante unos meses.

Observé a Lotte apretando los labios, y su expresión cambió a tristeza. Me rodeó la cintura, abrazándome fuerte, consolando mi dolor.

—No la culpo, hasta yo deseaba tener otro padre.

Pero el cabrón usó eso para hacerle daño a mi madre.

Consiguió nuestra custodia y una prohibición de visitas.

Raylla intentó recurrir —todavía lo intenta—, pero no lo consiguió.

Cuando cumplí 18 años, me fui de casa; mi hermana se quedó.

A veces consigo verla, la llevo a pasear y hacemos videollamadas con nuestra madre.

Es el único contacto que tienen —miré fijamente nuestras manos—.

Mi madre ama a sus hijos y, por eso, aguantó un matrimonio condenado a la ruina, pero, en un momento de debilidad, se enamoró de otro y, cuando nos perdió, casi sucumbió a la depresión.

—Callum… lo siento muchísimo.

—Ver el amor destructivo de mis padres y luego lo que provocó su separación por la traición y el amante de ella abandonándola en su peor momento me hizo endurecerme frente a las relaciones, no creer que la pasión sea algo bueno.

Al menos, nunca he visto su lado bueno —suspiré, guardándome mis otros secretos.

Esos eran demasiado feos para decirlos, y no era de eso de lo que quería hablar con Lotte.

Deseaba hacerle entender lo especial que era para mí y el motivo por el que no podía resistirme a los sentimientos que habían nacido entre nosotros.

La quiero como mía. Sin importar el tiempo que lleve, voy a hacer que se dé cuenta de lo sincero de mis sentimientos.

—No quiero hacerte daño, Callum, es solo por eso que me resisto tanto —dijo, mirándome con los ojos enrojecidos, casi llorando—. Eres muy importante para mí, adoro tu amistad y siento que voy a explotar cada vez que me llamas tu chica, pero no quiero herirte.

—No lo entiendo, ¿por qué sigues repitiendo eso?

Lotte tragó saliva; parecía sentir miedo. Desvió la mirada, observando los alrededores, buscando una salida a mi pregunta.

—Porque soy una ratita cobarde —murmuró—. Y no quiero que veas cómo renuncias a tu sueño o pierdes el Frozen Four por mi culpa. Quiero mucho contártelo, Callum, pero tengo miedo, y eso hace que me cierre cada vez más.

Había verdad en sus ojos, tan pura y tan fuerte que me hacía dudar si merecía saber los motivos detrás de su vacilación.

—¿Y si simplemente dejáramos que pasara? —le sostuve la cara—. Estoy loco por ti, Lotte, y nada va a cambiar eso. Sigues pensando que vas a estorbar mi temporada, pero no será así. Solo sé mía, y si por casualidad sentimos que la relación está afectando mi rendimiento en el hielo, lo dejamos.

—No lo dejarías con tanta facilidad —protestó, pero por fin conseguí ver sus ojos brillando, gustándole la idea, cediendo ante mí.

—Te estoy dando mi palabra, y nada vale más que ella.

—¿Y cómo mediremos si tu rendimiento ha bajado? Entiendo de hockey, pero a este nivel es mucha responsabilidad.

—Cuando el entrenador Bowman suelte el primer sermón.

—Siento que me estás dando largas —se mordió el labio, indecisa.

—Charlotte, ¿quieres estar conmigo? —pregunté con total sinceridad.

El corazón casi se me sale por la boca, de lo fuerte que latía en mi pecho, esperando la respuesta de Lotte.

—Quiero.

Joder, ¡por fin dijo que sí!

—Entonces deja de dudar, ya me perteneces, ratita.

Sin dejar que me respondiera, hundí la mano en sus mechones rubios, acerqué mi cara a la suya y la besé con intensidad.

Joder, apenas podía creer que estaba besando a Charlotte Bailey.