Asumiendo el Riesgo (Los reyes del hielo 1) CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

Charlotte Lins

—Estáis en mi fraternidad. ¡Hablando mierda de mi chica! ¡Al próximo que oiga esparciendo rumores lo expulso de todas las actividades relacionadas con el hockey y le prohíbo cualquier contacto con los jugadores! ¡Es una orden del capitán y se va a cumplir! Nadie. Habla. Mal. De. Mi. Chica. ¡Joder!

Era mucho que procesar, pero ese fragmento no se me iba de la cabeza mientras veía a Callum en medio de un corro de gente en la fiesta, declarando ante toda la universidad que yo era su chica. Si ni siquiera nos habíamos besado todavía… ¿Y ya era suya? ¿Cómo?

Si mis hermanos veían eso, estaba totalmente jodida.

—Caramba, hija, ¿este es Callum? —dijo mi madre, espiando el vídeo por encima de mi hombro—. Guapísimo y celoso.

—¡Mamá! —me puse roja como un tomate. Me hundí en el sofá, escondiéndome bajo la manta para que no me viera, mientras escribía rápido pidiéndole explicaciones a Lera, sin entender qué estaba pasando.

El corazón me latía desesperado en el pecho.

Dejé Boston creyendo que Callum y yo teníamos algo empezando tímidamente, una chispa que necesitaba alimentarse para convertirse en un gran incendio.

El miedo a cómo mi secreto podría afectar a nuestra relación me convirtió en una ratita miedosa, como él me llamaba, echándome atrás, queriendo quedarme solo en la amistad, permanecer a salvo.

Pero ahora Callum lo estaba volviendo todo arriesgado, peligroso, y sabía que me odiaría cuando se enterara de lo de mis hermanos.

La rivalidad entre ellos no era nada sana, como debería ser en el deporte.

Deberían competir solo sobre el hielo y, fuera de él, ser amigables entre ellos, sin intercambiar insultos y promesas de muerte horrible.

No tenía ni idea de cómo iba a escapar de esa situación.

Pero sabía una cosa: mi corazón idiota estaba soltando fuegos artificiales al ver el vídeo, la intensidad en sus ojos azules, la cara llena de rabia, el pecho hinchándose al coger aire segundos antes de dictar su sentencia.

Callum realmente se había enfadado por lo que decían de mí, que, según Lera, eran rumores sobre que estábamos juntos por culpa de mi coche en su casa.

Anna también me había mandado mensajes queriendo saber la verdad sobre la situación.

No sabía cómo responderles; Callum era solo un buen amigo y mi alumno particular. No había nada entre nosotros, más allá de esas ganas ardiendo, pidiéndome besar sus labios dulces y conseguir meterme en su vida sin causar un gran desastre cuando descubriera la verdad.

—¡CHARLOTTE! —Jensen entró gritando en el salón.

Mierda, mierda, mierda.

Me hundí en el sofá, encogiéndome, queriendo escapar de mi hermano y de la bronca que venía a continuación.

—¿Qué haces ahí, Cha Cha? —preguntó Craig, tirándome de la pierna para sacarla de la manta.

—¿No lo oíste llamarte? —quiso saber Jensen.

—¡Puedo explicarlo! —levanté las manos.

—¿Estás sorda o qué? —preguntó Grant, dejándose caer en el sofá—. Aquí tienes tu polo —me metió la bolsita en la mano.

—¿Para qué tanto alboroto por un polo? —preguntó mi madre, sentándose a mi lado. Noté que me tapaba el móvil.

—¿Cuándo no arman jaleo estos brutotes? —se quejó mi padre, sentado en su silla, tomando helado.

—Te quejas, pero te mueres de ganas de vernos cuando estamos lejos —dijo Jensen, tirándose al suelo.

—No pueden vivir sin nosotros —completó Craig, tumbándose en el suelo y tomando su helado.

—Si pudieran, se habrían quedado solo con Charlotte y nos habrían tirado a la basura —bromeó Grant.

—Odio cuando decís eso —se quejó mamá—. Ya os lo he dicho decenas de veces: quiero a cada uno de mis hijos, y nunca ha sido un problema la diferencia de edad entre vosotros y Charlotte.

—O el hecho de que tuviéramos trillizos —completó mi padre—. Dios nos bendijo con ese regalo, y estamos más que agradecidos por nuestra familia.

—Ay, papá, confiesa que alguna vez quisiste darnos en adopción —dijo Jensen, estirándose para darle una patadita al pie de nuestro padre.

—A vosotros, yo no —dije, acomodándome y chupando mi polo de menta.

—La princesita de mamá nunca sería dada en adopción —se burló Craig.

—¿Y vosotros todavía queríais escaparos de la adopción? Mira que sois morbosos —respondió Grant—. Nuestros padres nos quieren, no importa si en algún momento quisieron deshacerse de nosotros.

—Elegí el hockey en vez de la adopción, pero a veces creo que tomé la decisión equivocada —nuestro padre puso cara de puro desespero, arrancando carcajadas.

Era normal entre hermanos ese rollo de decir que uno era adoptado o iba a ser dado en adopción.

A veces, a Craig le gustaba fastidiarme, diciendo que me habían encontrado en un contenedor de basura.

De pequeña me lo creí y pasé el día llorando, hasta que mi madre llegó a casa y me enseñó fotos de mi embarazo y mi nacimiento, demostrando que había venido de ella.

Yo sabía, y nunca dudé, que nuestros padres nos querían. Pero era divertido meterse con ellos con el rollo de la adopción.

—Mamá, pero en serio, ¿qué sentiste cuando descubriste que estabas embarazada de Charlotte? —preguntó Jensen.

—Me moría de miedo de que fuera otro niño —solté una carcajada, encantada de ver cómo mis hermanos abrían la boca, exasperados—.

Os quiero, pero aguantar a cinco hombres en una casa con una sola mujer habría sido todo un reto.

Poder contar con mi princesa es un verdadero alivio y una felicidad —me abrazó los hombros, besándome la cabeza—.

Mi princesita vino exclusivamente para mí.

—¿Y nosotros, para quién vinimos? —quiso saber Craig.

—Para mí —respondió mi padre sin dudar, con una sonrisa orgullosa.

—Vives tirándonos de la oreja —se quejó Grant.

—Y vosotros destrozándome la casa —respondió Luke.

—Tiene razón —señaló Craig, risueño, a nuestro padre.

—Siempre fue mi sueño tener un chaval parecido a mí —dijo mi padre, mirando a cada uno de los chicos—, y una princesa a la que proteger juntos. Me tocaron tres hombres de honor y una chica preciosa. ¿Cómo iba a quejarme de mi familia? El caos forma parte de nuestro día a día.

Hice un ruidito de “aaay” con mi madre, mientras los chicos se le echaban encima a nuestro padre. Solté una carcajada al ver al mayor asfixiándose con los tres brutotes robándole el aire.

—¡Fuera de aquí! —gritó—. ¡Socorro!

—Somos tu sueño, no puedes escapar de nosotros —dijo Jensen, besándole la mejilla.

—Esto parece una pesadilla —le murmuré a mi madre. Ella se rió bajito, pidiéndome que me callara.

—Aprovecha que están distraídos y ve a hablar con tu novio.

Me puse roja de vergüenza por cómo se refería a Callum. Cogí el móvil, deslizándome con calma fuera del sofá. Subí las escaleras hasta mi cuarto y cerré la puerta con llave, sin querer que ninguno de los chicos me pillara.

Revisé las notificaciones: decenas de mensajes sin leer, mi Instagram explotando de seguidores nuevos. Sin saber cómo lidiar con aquello, fui en busca del único que podía explicarme la situación.

Llamé a Callum, pero rechazó la llamada, mandándome un mensaje diciendo que me llamaría en un momento.

Me senté en el sillón bajo la ventana, mirando la calle silenciosa.

No era uno de los mejores barrios de la ciudad, pero era lo que mis padres podían pagar.

Odiaba pensar en la situación de mi abuela y en mi abuelo cuidándola solo; la última vez que los vi fue en la Navidad de hacía dos años.

Mañana los llamaría para hablar con ellos, saber cómo estaban y ofrecerles cariño virtual para que ella mejorara de la lesión.

Hipotecar la casa no era una buena idea, pero al menos mi padre había conseguido dinero para saldar la hipoteca de la casa de mis abuelos y aliviarle la conciencia a mi madre.

Sabía que, incluso después de que los chicos se hicieran profesionales, tardarían en pagarlo todo del todo.

Por ahora, lo más importante era asegurarse de que mis padres no perdieran la casa.

Mi familia vivía en números rojos desde hacía tanto tiempo que ya nos habíamos acostumbrado.

Había sido una suerte tremenda poder dejar la tienda de mascotas y trabajar como profesora particular de Callum.

Necesitaba ese dinero y no podía arriesgarme a que algo saliera mal.

Y eso incluía una relación entre nosotros.

Si no funcionaba y él rompía conmigo, o yo lo mandaba al paseo, ¿qué pasaría con mis clases?

En medio de esos pensamientos, oí que sonaba el móvil.

Deslicé el dedo por la pantalla, contestando la llamada de Callum, sabiendo que había mucho de qué hablar sobre ese vídeo y lo que estaba pasando, y sobre todo sobre nuestra relación y mi futuro dándole clases.

—Hola —sonaba jadeante.

—¿Todo bien? —me enderecé como si eso fuera a ayudarme a oírlo mejor.

—Está toda esta locura en la fraternidad.

—Me he enterado, ¿tienes algo que decirme, Callum?

—Depende. ¿Qué sabes exactamente?

—¡Callum! —subí el tono de voz y me arrepentí al instante, encogiéndome contra la ventana, con miedo de que los chicos me hubieran oído.

—Vale. Está bien —podía oír el sonido de la fiesta de fondo. A lo mejor estaba encerrado en un cuarto o en el baño—. Vieron tu coche aparcado en mi garaje desde ayer y empezaron a esparcir rumores sobre nosotros.

—¿De qué estamos juntos?

—Más o menos. Eso provocó una especie de revolución entre las chicas, liderada por la capitana de las animadoras, Chelsea. Esas chicas están locas, me acusaban de traición y un montón de cosas.

—Y me llamaban zorra e inventaban un montón de cosas sobre mi reputación —supuse cuando se quedó callado.

—Más o menos, pero no dejé que siguieran hablando mal de ti.

—¿Y para defenderme, declaraste a los cuatro vientos que soy tu chica?

—Eres mi chica —fue tajante.

—Callum, nunca acepté ser tu chica.

—No hace falta que lo aceptes. Eres mía y nada va a cambiar eso.

Quise gritar, pero no de rabia ni con ganas de darle en su preciosa cara simétrica.

Quise gritar por la euforia que me consumía entera.

Nadie, nunca, me había dicho que me deseaba de esa forma tan posesiva, sin dudas, con la certeza de que sería suya sin importar mi resistencia.

Callum de verdad me deseaba, y mi corazón idiota dio un salto como si estuviera de fiesta.

—Sí, soy tu profesora particular —intenté mantener la mente en su sitio mientras los sentimientos flotaban por el cuarto.

Me levanté, mordiéndome los labios, esperando su respuesta. Me tumbé en la cama, escondiéndome bajo el edredón suave. Ahogando nuestra conversación, riéndome como una tonta enamorada de la posesividad de Callum. Ese hombre no me iba a dejar escapar de él, de eso estaba segura.

—Lotte, eres mi profesora, mi amiga y mi chica. Deja de huir, ratita. Desde que te vi por primera vez sobre ese hielo, supe que serías mía, y nada va a cambiar eso.

—¿Y si no me gustas? Estás siendo un prepotente —lo provoqué.

—Sigo insistiendo hasta conseguir tu “sí”. No vas a escaparte de mí.

—Callum… ¿Y si las cosas no salen bien? No puedo perder este trabajo, y no quiero… —Mentirte y ver la decepción en tu mirada cuando descubras que soy hermana de tus enemigos.

Me tragué la última frase, hundiendo esa inseguridad en el fondo de mi corazón.

—Te prometo que seguirás siendo mi profesora particular hasta que nos graduemos. Pase lo que pase, no voy a decepcionarte.

Hundí la cara en la almohada, ahogando las ganas de gritar.

No era él quien iba a decepcionarme. Soy yo quien lo va a lastimar.

No sabía cómo hacer que aquello funcionara.

La rivalidad entre los chicos era profunda, y Callum parecía poseído por unas ganas demoníacas cada vez que hablaba de ganar la temporada.

Para él, la victoria significaba su carrera.

¿Y si perdía por mi culpa? ¿Una distracción? No podía arriesgarme.

Pero quería tanto seguir con él.

—Tu entrenador se va a poner furioso cuando se entere de ese vídeo.

—Ya me están llegando sus mensajes, de hecho —rio suavemente—. Puedo conseguirlo, Charlotte. Ganar el Frozen Four y tenerte para mí.

Hundí la cara en la almohada, soltando un gritito mientras oía a Callum riéndose de mí, sabiendo que me estaba ganando la conversación.

El problema era ese corazón mío, latiendo con fuerza y con ganas de volver a Boston, de quedarme entre sus brazos, sintiendo su olor amaderado mezclado con el hielo impregnado en su piel por las horas pasadas en la pista.

—Te odio —murmuré, vencida.

—Y yo me muero de ganas de verte. Vuelve pronto a mí.

—Serás galán barato, debería darte una paliza por declarar que soy tuya delante de toda la facultad —levanté la cara—. Si me hubieras hecho eso aquí en persona, te habría despellejado vivo.

—Te habrías puesto furiosa con los rumores y te habrías peleado con todas las chicas que hablaban mierda.

—¡Ah, habrían probado mi mano! ¿Quiénes se creen que son para esparcir rumores sobre mí? Siempre fui calladita, buena estudiante y evité los problemas. Ya me estás metiendo en líos, Callum, así no se puede.

—Prometo que no va a volver a pasar —lo oí sentándose o tumbándose en alguna superficie, soltando un suspiro pesado—. Dejé el recado bien claro: nadie se va a meter contigo.

—¿Y qué idea fue esa de ordenarles a los hombres que se mantengan alejados de mí?

—Lotte, ya lo dejamos claro; eres mi chica y ningún tío se va a acercar.

—No soy tu chica —insistí, sin ceder fácilmente—. Y puedo estar con quien quiera, señor capitán del hockey. No pienso obedecer ese decreto.

—La decisión es tuya, pero que sepas que, antes de que tus labios toquen a algún imbécil, le rompo la cara y lo expulso. Y entonces tú serás la culpable del trágico final de mi carrera en el hockey.

—¡Eres increíble! —casi grité—. Pareces mis hermanos mayores. Si hubiera sabido que eras un bruto como ellos, no habría aceptado darte clases.

—Solo estás inventándote excusas para huir de tus locas ganas de estar conmigo.

—No flipes, Callum —reí, sabiendo que era verdad.

No quería decir que “sí”, porque sabía todo lo que implicaba esa decisión. Si existiera una manera de estar juntos sin hacernos daño al final, sería el escenario ideal, pero eso parecía cada vez más una fantasía lejos de la realidad.

—Lotte, ¿puedes al menos relajarte? No te pongas nerviosa. Sé que te gusto y eso está claro. Acepta tus sentimientos y seamos felices, ¿trato hecho?

—No es tan fácil. Si te arruino la temporada, me vas a odiar y nunca podrás perdonarme.

—Charlotte Bailey, ¿qué tengo que hacer para convencerte de que seas mi novia?

—Prométeme que, pase lo que pase, vas a ganar el Frozen Four y te vas a hacer profesional. No puedes, bajo ningún concepto, dejar que nuestra relación te líe la cabeza y te distraiga.

—Eso es fácil, Lotte. Nada va a distraerme, te lo prometo.

¿Pero cómo confiar en eso si Callum no sabía toda la verdad?

Y yo, como una tonta, me veía soñando cada vez más con estar a su lado y convertirlo en mi primer novio, aun sabiendo que arriesgaba mi corazón en esa apuesta.