Asumiendo el Riesgo (Los reyes del hielo 1) CAPÍTULO 13 #2
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CAPÍTULO 13 #2

Me mordí el labio, controlando la avalancha de palabras que quería soltar en ese momento.

—Tú también fuiste la primera a la que quise contarle la novedad de la que me enteré. Diría que estamos empatados.

—¿Es buena noticia?

—Muy buena, ¿y la tuya?

—No tanto —volvió a suspirar—. Pensaba que mis padres estaban logrando librarse de las deudas millonarias, pero las cosas se complicaron otra vez y van a tener que hipotecar la casa.

La acababan de comprar; hace cinco años que perdimos la anterior.

Mi madre dijo que todo estaba bien, pero solo tengo ganas de llorar de pena y poder consolarlos. Es horrible.

—Hipotecar la casa es una putada —me apreté la muñeca, sin saber qué decir—. ¿Es una deuda muy grande?

—Enorme —noté cómo se le extendía la tristeza—. Pensaba que las cosas iban mejor con el nuevo trabajo y el bonus que le dieron a mi padre, pero parece que no. Estoy triste y me siento culpable por gastar su dinero en venir a visitarlos.

—¿Qué tal si lo piensas así: tus padres te echaban tanto de menos que, sea cual sea la deuda, valía la pena pagarla para que os pudierais ver? No te pongas triste, Lotte, alégrate del sacrificio que hacen; es una muestra de cuánto te quieren.

La línea se quedó en silencio unos segundos. Miré alrededor, viendo cómo pasaban los coches deprisa, y a lo lejos la vía del tren. Lotte soltó un suspiro profundo antes de dejarme oír su vocecita bajita.

—Tienes razón. Voy a dejar de darle vueltas y a disfrutar del día con ellos. Total, solo tengo hoy y mañana.

—Mándame un mensaje siempre que puedas —pedí, necesitando más de ella.

—Después de cenar, mi padre se reúne con los chicos y yo me quedo con mi madre haciendo dulces. Ahí sí podré escribir; los chicos son unos pesados y me roban el móvil. No quiero acabar matando a uno por leer nuestros mensajes.

—Para ser hombres hechos y derechos, tus hermanos son unos pesados —protesté, sabiendo que era por su culpa que no habíamos hablado mucho por mensaje.

Lotte se rio, y sentí todavía más ganas de tenerla cerca.

—Son unos pesados sin límites —la sentí más ligera—. Gracias por escucharme.

—No importa dónde esté. Cuando me llames, lo dejo todo para atenderte.

—¿Por qué? Si no somos nada más que amigos —noté cómo le cambió la voz al decirlo, casi con un regusto amargo.

—Lotte, eres mi chica, y me da igual que lo niegues. Nada va a cambiar eso.

La línea se quedó en silencio durante largos minutos. Sonreí, sabiendo que la había dejado descolocada.

—Idiota posesivo, pareces mis hermanos marcando territorio.

—Ya te avisé, antes de que te fueras, que te iba a hacer mía. No he cambiado de idea.

—Bueno, yo tampoco.

—Pequeño detalle.

—Idiota.

—Mi ratita.

—¡Serás mierdecilla de hormiga!

Solté una carcajada, sintiendo la risa recorrerme entero. Lotte también empezó a reír, aliviando el ambiente entre nosotros, demostrando que estábamos bien.

—¿Dónde estás? Oigo ruido de coches.

—Estaba conduciendo, paré para atenderte.

—Dios mío, eso es peligroso. Vuelve a casa y luego me llamas. ¡Chao!

No me dio ninguna oportunidad de decirle que podíamos seguir hablando. Colgó, dejándome con ganas de seguir charlando. Me puse el casco y los guantes después de guardar el móvil, arranqué la moto y seguí camino a casa, deseando volver a hablar con mi ratita testaruda.

Aparqué en la calle, dejando la moto al lado del coche de Lotte.

El garaje estaba lleno con los aparatos de gimnasio de Mackenyu y no pude meter el coche.

Me bajé, bloqueé la moto, caminé pisando el césped hasta llegar al primer escalón de la pequeña escalera que daba acceso al porche.

La casa, de madera y pintada de azul clarito, era acogedora y perfecta para nosotros.

Aunque faltaba un inquilino, Inaki, Mackenyu y yo nos las arreglábamos para cubrir los gastos y mantener el sitio entero.

Subí al cuarto esperando la llamada de Lotte.

Me quité la chaqueta, los guantes y dejé el casco en el escritorio.

Me arranqué las zapatillas, me tiré en la cama y abrí su Instagram, pero no había publicado nada del viaje.

Empecé a buscar entre sus seguidores si encontraba la cuenta de sus hermanos para conocer a su familia.

Había algunos hombres, pero ninguno tenía fotos con Lotte, y no logré encontrar a sus padres.

Fruncí los labios, frustrado por no recordar el nombre de los hermanos.

Una vez mencionó el de uno, creo que era Greg, Graig, Caim, algo así. Pero como no había nada parecido en Instagram, supe que mi sospecha estaba equivocada.

Recibí su llamada mientras me arreglaba para la fiesta. Me acababa de poner la chaqueta del equipo cuando vi su nombre parpadeando en la pantalla. Contesté mientras me ataba las zapatillas.

—¿Conseguiste librarte de los posesivos?

—No te lo imaginas —se reía bajito—. Mi padre expulsó a los tres después de que rompieran un cuadro peleándose en el salón. Estoy descansando tranquila en mi cuarto.

—¿Por qué se peleaban?

—Ni idea. Solo oí el ruido y, cuando corrí a ver, el mayor estaba empujando al pequeño contra la pared, y un cuadro cayó al suelo. Conociendo el pedazo de hijos que tiene, mi padre los echó a los tres.

Me reí a carcajadas; Lotte contaba la historia con tanta naturalidad que le quitaba peso a una pelea entre hermanos. Parecía algo habitual, un día más en la familia Bailey.

—Tienes la fiesta hoy, ¿no? —preguntó, después de que dejara de reírme.

—Me estaba arreglando.

—Ah, no te voy a entretener, ve.

—No hay prisa, el capitán siempre llega el último.

Lo dije, pero sabía que había que hacer la presentación del equipo. Lotte se rio, y nos pusimos a hablar de cómo era pasar el día en California y las diferencias entre los estados. Hablar con ella era agradable, tranquilo, y me daba ganas de pasarme horas al teléfono.

—¡Callum! —Inaki invadió mi cuarto—. Tío, ¿qué haces todavía aquí? Vamos, que todo el mundo te está esperando en la fraternidad.

Mi amigo llevaba la chaqueta del equipo, con una expresión de pura rabia.

—Un momento —le levanté el dedo—. Tengo que colgar.

—Ya me di cuenta. Inaki parece a punto de matarte.

Me reí a carcajadas, sabiendo que era verdad.

Me despedí de Lotte, con ganas de alargar nuestra conversación.

Guardé el móvil y seguí a mi compañero de equipo y gran amigo.

Se pasó todo el camino quejándose de que ya estaba en la fraternidad cuando notaron que yo llegaba tarde, y lo mandaron a buscarme.

Riendo, me subí a su coche, sabiendo que iba a beber y que no volvería conduciendo.

El riesgo de un accidente y de arañar mi preciosa moto me hacía aceptar que me llevara cualquiera.

Llegamos a la fraternidad, y las miradas que recibí, los cuchicheos que se extendían por todo el sitio, me hicieron notar el ambiente cargado.

En pocos segundos me di cuenta de que aquella no iba a ser una fiesta normal.

Estaba pasando algo raro, solo que no sabía el qué.

Y cuando oí que mencionaban el nombre de Lotte, se me reventó una vena en el cerebro y lo supe:

No me iría de allí sin partirle los dientes a algún gilipollas.